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– Piérdete. Déjame en paz.

Sin embargo, eso no había sino exacerbado el deseo de Yugao. La siguiente vez que lo siguió, tomó precauciones para que no la avistara entre el gentío de las calles. Pasó días siguiéndolo por todo Edo. Desde una distancia segura lo vio encontrarse y charlar furtivamente con hombres extraños. Tenía curiosidad por saber a qué se dedicaba, y una noche lo descubrió.

Era una fría y húmeda velada de otoño. Yugao lo siguió a través de la niebla que pendía sobre la ciudad, por caminos casi desiertos, hasta un barrio cercano al río. Se paró una manzana más abajo de un salón de té brillantemente iluminado y se ocultó en el umbral de una tienda cerrada para la noche. Ella se escondió doblando la esquina. Temblorosa en la gélida humedad, lo vio vigilar el salón de té. Clientes entraban y salían. Pasaron horas; luego salieron dos samuráis del establecimiento y caminaron calle abajo hasta pasar por delante de Yugao. Él salió del umbral con paso sigiloso en pos de ellos.

A Yugao se le aceleró el pulso porque sabía que estaba a punto de suceder algo emocionante. La niebla era tan espesa que a duras penas veía lo suficiente para seguirlos a él y los samuráis. Eran sombras que se disolvían aunque no le llevaran más de veinte pasos de ventaja. Sus voces le llegaban flotando. No distinguía lo que decían, pero el tono era apremiante, temeroso. Apretaron el paso hasta romper a correr. Yugao se lanzó en su persecución, pero no tardó en perderlos. Luego oyó un grito apagado proveniente de un callejón entre dos almacenes. Se asomó.

Un golpe de brisa que soplaba desde el río despejó la niebla. Un cuerpo yacía en el suelo hecho un ovillo. Más adentro, dos figuras se golpeaban en un violento abrazo. Oyó un grito de dolor. Una figura cayó con un ruido sordo. La otra se quedó inmóvil. Yugao ahogó un grito de asombro. ¡Él había estado al acecho de esos samuráis, y acababa de matarlos a los dos!

En ese momento la vio.

– ¿Qué haces aquí? -exigió saber.

Yugao se dio cuenta de que iba a matarla: no quería testigos. Sin embargo, no huyó. Su fuerza y atrevimiento la sobrecogieron. Su deseo de él floreció en un hambre desenfrenada. Privada casi de pensamiento consciente, avanzó hacia él y se abrió las vestiduras para enseñarle su cuerpo desnudo.

Él dejó caer la espada. La agarró y la tomó contra la pared del almacén, mientras sus víctimas yacían muertas allí al lado. La brutalidad de los asesinatos y el peligro de que los sorprendieran los excitó a los dos hasta una pasión salvaje. Por vez primera Yugao experimentó placer con un hombre. No le importaba que fuera un asesino. Cuando llegaron al climax, soltó un grito de triunfo porque por fin se lo había ganado.

Al día siguiente, le preguntó por qué había matado a esos hombres.

– Eran el enemigo -fue lo único que le sacó.

Más adelante se informó sobre los asesinatos gracias a los cotilleos del salón de té. Los dos samuráis eran vasallos del caballero Matsudaira, que había dictado la orden de que cualquiera que tuviese información sobre los crímenes debía comunicarla. A Yugao no le importaba que buscaran a su amante por un delito tan grave. Si acaso lo admiraba más por atreverse con un enemigo tan poderoso como el caballero Matsudaira. No le importaba el motivo. Le gustaba que combatiera a la gente que lo había agraviado. Se enorgullecía de tener a un hombre tan valiente.

Sin embargo, pronto quedó claro que no lo tenía. Después de aquella noche se encontraron muchas veces, siempre en posadas baratas, y él le enseñó los rituales sexuales que le gustaban, pero fuera del dormitorio le hacía el mismo caso omiso de antes. Nunca le daba muestras de afecto. Desesperada por su amor, Yugao había adoptado medidas extremas.

Pero su actitud lo había enfurecido, en lugar de complacerlo. Entonces él se había marchado sin más. Yugao quedó destrozada. Y después llegaron más calamidades. Su padre fue degradado a hinin y la familia se mudó al mísero poblado. Ella lo había buscado a menudo en vano.

La guerra había cambiado su suerte.

Un mes después de que terminara la batalla, Yugao despertó en mitad de la noche para oír una voz al otro lado de la ventana, siseando su nombre. Era la voz que había anhelado oír. Saltó de la cama y corrió afuera. Lo encontró tumbado en el suelo, sangrando de heridas gravés, medio muerto. Yugao nunca supo qué le había pasado ni cómo la había encontrado; él no se lo contó. Lo que importaba era que había regresado a ella. Lo metió dentro y lo acostó en el cobertizo donde su hermana Umeko entretenía a los hombres. Umeko no estaba nada contenta.

– Esa es mi habitación -dijo-. ¡Saca de ahí a ese matón enfermo y mugriento!

Su padre se puso de parte de Umeko; siempre lo hacía.

– Si nos pillan escondiendo a un fugitivo, tendremos problemas -le dijo a Yugao-. Voy a denunciarlo a la policía.

– Si lo haces, les diré que no has parado de cometer incesto -contraatacó Yugao-. Te alargarán la condena.

Su amenaza mantuvo callados a su padre y a Umeko. Durante todo ese invierno había escondido a su amante y lo había cuidado hasta devolverle la salud. Cuando estuvo bien, empezó a salir por las noches. Nunca explicó para qué, pero Yugao sabía que había retomado su guerra contra el caballero Matsudaira. A veces regresaba a la mañana siguiente; a veces desaparecía durante días. Yugao esperaba, temerosa de que no regresara. La aterrorizaba que lo hubieran matado. La última vez, cuando llevaba un mes fuera, se puso a buscarlo en los lugares donde antes se citaban. Al final lo encontró, pero él se mostró más enfadado que contento de verla. Aunque su frialdad la había hecho llorar, él la había rechazado:

– Tengo trabajo. Serías una molestia. Si te vuelvo a necesitar, acudiré a ti.

– Por favor, deja que me quede contigo -había suplicado ella-, por lo menos un rato.

Se había desvestido para intentar seducirlo. El desenvainó su espada y le rebanó el pezón izquierdo. Sin parar mientes a sus chillidos de horror ante la sangrienta herida, le gritó:

– ¡Vete y no vuelvas, o la próxima vez te mataré!

Por fin había insuflado en Yugao auténtico miedo. Con el corazón roto, ella lo había obedecido, pensando que su relación había terminado para siempre. Regresó a la choza, donde no había hallado comprensión en su familia.

– Que se vaya con viento fresco -dijo su padre.

– Eres demasiado fea para conservar a un hombre -se mofó Umeko.

Su madre se había reído de su dolor:

– Te lo tienes bien merecido.

– ¡Algún día pagaréis por el modo en que me tratáis! -les había gritado Yugao en un arrebato de furia.

Ya no podían hacer daño a nadie. El incendio que la había liberado le había ofrecido una nueva esperanza de pasar la vida con él. Sin embargo, en ese momento, después de haber dado por fin con su amante, se le escapaba una vez más de las manos. Lo vio ponerse la ropa, mientras decía:

– No tendría que haber dejado que me trajeras aquí. La policía registrará los sitios e interrogará a las personas que tuvieran alguna relación contigo. No puedo arriesgarme a que te encuentren y de paso me atrapen.

Mientras él miraba por las rendijas de las persianas para ver si alguien rondaba por el exterior, Yugao sintió un brote de pánico.

– Si no te gusta este sitio, nos iremos a otra parte -dijo, aunque odiaba la idea de dejar ese lugar. Empezó a vestirse deprisa, una prenda interior y un quimono baratos que había robado de una tienda.

El desprecio de su mirada la cortó como un cuchillo.

– No nos vamos juntos. No pienso pasear de un lado a otro un peso muerto peligroso. Va siendo hora de que nos separemos.

– ¡No! -Horrorizada, Yugao se aferró a él-. ¡No permitiré que me dejes! -Él se la quitó de encima con una exclamación exasperada y le dio la espalda, pero ella se apretó contra su cuerpo-. ¡No después de lo que he hecho por ti!