Él giró sobre los talones y la miró. El aire que los separaba vibraba con todas las cosas que Yugao había hecho para ganarse su amor, además de cuidarlo y cobijarlo. Casi olía a sangre acre.
– Nunca te pedí que lo hicieras -dijo él con los ojos encendidos de cólera.
– ¿Pero no te alegras? Eran el enemigo.
– Fuiste descuidada y podrían haberte atrapado. Había gente capaz de relacionarte conmigo. La policía nos habría arrestado a los dos por conspiración aunque actuaras por tu cuenta.
– Pero no lo hicieron. El destino está de nuestra parte. Nos protegió.
El sacudió la cabeza, y una risa incrédula surgió de su boca en un siseo.
– ¡Dioses misericordiosos, estás loca! ¡Cuanto antes me libre de ti, mejor!
Se ciñó las espadas a la cintura y llenó un morral con sus mudas de ropa y algunas posesiones más.
– ¡Espera! -exclamó Yugao, frenética. Dado que su amor y lo que le debía no iban a detenerlo, a lo mejor las razones prácticas lo hacían-. Has dicho que el chambelán y sus tropas te buscan. Y ya han hecho redadas en escondrijos que has usado. ¿Adonde vas a ir?
– Eso es asunto mío. -Sin embargo, sus manos vacilaron mientras hacía el nudo del hato.
Yugao explotó su ventaja.
– Tendrías que permanecer oculto una temporada. El chambelán pensará que has huido de la ciudad. Dejará de buscarte en Edo. Hasta entonces, éste es el lugar más seguro que tienes.
Un ceño ensombreció las facciones del hombre. Yugao lo notó luchar contra la lógica, resistirse a sus argumentos. Insistió:
– A lo mejor encuentras alguna cueva donde esconderte, pero ¿quién te llevará comida? Tus camaradas están muertos o desperdigados por todo el país. ¿Quién más tienes para ayudarte si no yo?
Con un repentino estallido de ira, él lanzó su fardo a la otra punta de la habitación. Se hincó de rodillas con una expresión que helaba la sangre. A Yugao no le importaba que odiara depender de ella para sobrevivir. Tras arrodillarse a su lado, lo abrazó y apoyó la mejilla en la suya, aunque él se mantuvo rígido entre sus brazos.
– Todo saldrá bien -lo consoló-. Juntos destruiremos a nuestros enemigos. Entonces seremos felices, como marca nuestro destino. Confía en mí.
Capítulo 26
El Pabellón de Jade no merecía ese elegante nombre. Era una posada destartalada, sobre el muro de contención del río Nihonbashi, que atendía a los viajeros escasos de recursos y a los jornaleros que trabajaban en las barcazas. Tenía cuatro alas construidas con tablones, cubiertas por una raída techumbre de juncos y unidas por pasadízos techados.
Unos escalones de piedra bajaban del terraplén hasta el río, cuyas negras aguas se agitaban en la noche. A lo largo de la ribera había ancladas casas flotantes. Con la proximidad de la medianoche, la niebla se fue aclarando, hasta dejar a la vista la luna atrapada como una boya de cristal en una red de pesca rasgada.
Sano, Hirata, los detectives Marume, Fukida, Inoue y Arai y seis guardias se acercaron a la entrada del Pabellón de Jade, situada en una callejuela bordeada de puestos de comida y comercios de artículos náuticos, todos oscuros y desiertos. Los veinte soldados que Sano había traído rodeaban la posada. Sobre la entrada ardía una linterna, pero la puerta estaba cerrada. Sano llamó. Un posadero calvo y rechoncho asomó la cabeza.
– Si buscáis habitación, lo lamento, señores -dijo-. Las mías están todas ocupadas.
– Buscamos a un fugitivo -dijo Sano-. Ábrenos. Y no hagas ruido.
Él y sus hombres cruzaron la puerta y un pasadizo que llevaba a un jardín de matas y arbustos mojados y descuidados. El olor a letrina, pescado y basura contaminaba el aire. Todos los edificios que alojaban a los huéspedes tenían delante una galería. Sano y sus hombres desenvainaron sus espadas y avanzaron por ellas. Empezaron a abrir puertas de sopetón, gritando:
– ¡Esto es una redada! ¡Todo el mundo fuera!
Se oyeron gritos y revuelo en las habitaciones. Salieron dando tumbos hombres vestidos en camisón o desnudos por completo, parpadeando de sueño y miedo. Hirata y los detectives los alinearon en las galerías. El resto de los soldados irrumpió en el jardín, llevando a rastras a los que habían tratado de escapar por las ventanas.
– Decid vuestros nombres en alto -ordenaron Hirata y los detectives. Los clientes obedecieron, con las voces mezcladas en una cacofonía de pánico.
De una habitación no había salido nadie. Sano se asomó a una oscuridad que se antojaba vacía. El posadero aguardaba en el jardín, sosteniendo una lámpara. Sano lo llamó.
– Pensaba que habías dicho que todas las habitaciones estaban ocupadas.
– Lo estaban, mi señor.
Sano le arrebató la lámpara y entró en la habitación. Un hedor a enfermedad y descomposición le asaltó el olfato. En el suelo había un colchón cubierto por una colcha sucia y arrugada. Las moscas zumbaban alrededor de un orinal lleno y una bandeja con una vianda de arroz, té y sopa, todo frío y rancio. Sano se agachó y tocó el colchón.
Hirata apareció en la puerta.
– Los hombres que hemos atrapado son tripulantes de las barcazas del río. Si el Fantasma está aquí, esta habitación tiene que ser la suya. -Echó un vistazo al cuarto vacío y su cara reflejó la misma decepción de Sano-. ¿Se ha ido?
– Estaba aquí hace un momento. La cama todavía está caliente. -Sano sintió una demoledora frustración por haber estado tan cerca y aun así haber perdido a su presa.
– Pero ¿cómo puede haberse escapado? -Hirata escudriñó la habitación-. Sólo hay una puerta; si hubiera salido por ella, lo habríamos visto. Y las persianas están cerradas por dentro. No puede haber…
Sano alzó la mano para interrumpirlo al oír un leve sonido.
– ¿Qué es eso?
Se quedaron los dos inmóviles, escuchando. Sano lo oyó de nuevo, un resuello que acababa en gemido. Miró a Hirata, que asintió.
Esperaron. El jaleo de fuera remitió y Marume y Fukida se asomaron a la puerta. Sano les advirtió con un dedo en los labios. De nuevo oyeron el resuello y el gemido. Sano señaló el armario empotrado en la pared. Marume y Fukida cruzaron la habitación de puntillas. Se plantaron uno a cada lado del armario, empuñando las espadas. Sano casi oía el pulso de sus compañeros acelerándose al compás del suyo, los notaba contener el aliento. Fukida abrió la puerta corredera del armario.
Estaba vacío. Los estantes contenían velas, ropa de cama, prendas dobladas y otros artículos normales. En ese momento se oyó de nuevo la trabajosa respiración, esa vez más nítida. Sano inspeccionó el suelo del armario. Un tablón estaba torcido. Marume lo alzó y lo tiró a un lado. Debajo había un agujero de unos cinco pasos de lado y cuatro de profundidad. Al inclinarse sobre él, los abofeteó una vaharada de hedor a orina, sudor y podredumbre. Sano iluminó el agujero con la lámpara.
Un rostro demacrado les devolvió la mirada con ojos temerosos. Pertenecía a un hombre que yacía aovillado sobre un costado, vestido con ropajes oscuros. Inhalaba resuellos y exhalaba gemidos. En la mano temblorosa sostenía una espada, que blandió hacia los hombres.
– Suelta el arma -dijo Sano, mientras apuntaban al hombre con sus armas-. Sal de ahí.
El hombre tuvo una convulsión. Se estremeció y sus extremidades dieron sacudidas. Cerró los ojos con fuerza, apretó los dientes y profirió un gritito agónico.
– ¿Qué te pasa? -preguntó Fukida.
El hombre no respondió. Sus espasmos remitieron; se le quedó el cuerpo inerte y soltó la espada. Se desplomó boqueando.
– Parece muy enfermo -dijo Sano-. No creo que suponga ningún peligro para nosotros. Sacadlo.
Marume y Fukida tiraron del cuerpo con cautela por el borde del agujero. Cuando lo agarraron y empezaron a levantarlo, el hombre chilló:
– ¡No! ¡No me toquéis! ¡Duele!