Estaba consumido, todo huesos y carne marchita. Un vendaje de algodón blanco le envolvía la pierna derecha desde los dedos hasta la rodilla. Estaba manchado de sangre y pus de una herida que Sano identificó como fuente tanto del olor infecto como de la agonía de aquel desdichado. Los detectives lo depositaron sobre la cama, donde quedó postrado, impotente y sollozando.
– ¿Este es el Fantasma? -preguntó Hirata, escéptico.
Sano no podía creer que aquel inválido fuera el asesino que había aterrorizado al régimen. Acuclillado junto a la cama, dejó la lámpara en el suelo y lo examinó más de cerca. Su largo pelo sucio y greñudo estaba despejado en la coronilla, otrora tonsurada: era un samurái. Fukida sostuvo en alto la espada que había sacado del agujero. Era de costosa factura, con la empuñadura envuelta en seda negra y decorada con incrustaciones de oro, un indicio de elevada condición social.
– ¿Quién eres? -le preguntó.
Sus ojos hundidos, subrayados por sombras oscuras y húmedos de lágrimas de dolor, ardieron de hostilidad hacia su captor.
– Sé quién sois -susurró entre jadeos y gemidos-. Sois el chambelán Sano, perro amaestrado del caballero Matsudaira. Adelante, matadme. No os diré nada.
Por lo menos se había identificado como miembro de la oposición, pensó Sano. Entonces el prisionero sucumbió a otra convulsión.
– ¡Ayudadme! -gritó-. ¡Haced que pare! ¡Por favor!
Hirata se acuclilló junto a Sano y mostró al prisionero un frasco negro laqueado.
– Esto es opio. Alivia el dolor. Responded a las preguntas del chambelán Sano, y os lo daré.
El hombre miró con furia y anhelo el vial. La pálida piel se le empapó de sudor a medida que remitían los espasmos. Asintió débilmente.
– ¿Quién eres? -repitió Sano.
– Iwakura Sanjuro.
Ese nombre aparecía en la lista del general Isogai.
– Es del escuadrón de élite de Yanagisawa -explicó Sano a sus hombres, antes de seguir preguntando-. ¿Cómo te hirieron?
– Un disparo -respondió él con voz entrecortada-. Durante nuestro último ataque contra las tropas del caballero Matsudaira.
La herida se había infectado y le había extendido el veneno por la sangre, dedujo Sano; en ese momento padecía la fiebre que provocaba convulsiones, consunción y la muerte.
– ¿Cuándo fue eso?
– En el tercer mes de este año.
Hacía un mes.
– ¿Cuánto tiempo llevas enfermo?
– No me acuerdo. -Iwakura hizo un gesto de dolor y gimió-. Una eternidad.
Sano miró a Hirata y dijo:
– No es el Fantasma.
– Está demasiado débil para haber seguido y matado al jefe Ejima o el coronel Ibe -corroboró Hirata-. Y desde luego no podría haber allanado vuestro complejo y escapado anoche.
Con todo, pese al desánimo que invadía a Sano, su cautivo no era necesariamente un callejón sin salida. Le preguntó por el paradero del resto de los soldados fugitivos de Yanagisawa, citando a cada uno por su nombre. Iwakura dijo que uno estaba muerto; cuatro más se habían escondido en las provincias el invierno anterior y no los veía desde entonces.
– ¿Qué hay de Kobori Banzan? -preguntó Sano.
Iwakura gimió y la garganta se le contrajo.
– Aquí.
– ¿Aquí? -repitió Sano, extrañado-. ¿En El Pabellón de Jade -Intercambió miradas con Hirata y los detectives, preguntándose si alguno de los hombres a los que habían retenido era el último de los siete fugitivos, y por fuerza el Fantasma.
– No ahora -aclaró Iwakura-. Nos escondíamos en esta habitación, pero él se fue.
– ¿Cuándo?
– Ayer. O anteayer. -El delirio nublaba los ojos de Iwakura-. No me acuerdo.
Sano rogó que Kobori fuera el Fantasma: de lo contrario, no sabía quién podría ser el asesino ni dónde buscarlo.
– ¿Conoce Kobori la técnica del dim-mak?
Transcurrieron unos instantes en los que Iwakura cerró los ojos con fuerza y libró una silenciosa batalla contra el dolor. Sano le dijo a Hirata:
– Dale un poco de opio.
Hirata vertió unas gotas de la poción en la boca del cautivo. Al poco Iwakura se relajó y el dolor cesó. Sano repitió su pregunta. Iwakura respiró hondo.
– No lo sé -contestó a la pregunta de Sano-. Lo mantenía en secreto. Pero ayer… o cuando fuera… -Se le nubló la vista mientras su mente divagaba-. Antes de irse, le pedí que me matara. Me muero, no sirvo para nada. Quería que me degollara y acabara con mi sufrimiento. Me dijo que no podía hacer eso, que supondría problemas.
Una muerte así hubiese parecido un asesinato, lo que habría despertado las sospechas de la policía en aquella habitación, algo que no interesaba a Kobori.
– Pero dijo que podía ayudarme. Me tocó la cabeza y luego dijo que moriría pronto y que parecería natural.
Sano le acercó la lámpara a la cabeza. Allí, en la piel delgada y cerosa cercana a la sien, empezaba a distinguirse una moradura en forma de huella dactilar. Sano maldijo para sus adentros su mala suerte. ¡El asesino se le había escapado por muy poco!
– ¿Adonde ha ido Kobori? -preguntó.
– No lo sé. Una mujer vino a verlo y se fue con ella.
Sano arrugó el entrecejo.
– ¿Qué mujer?
Iwakura tembló y gruñó, presa de otra convulsión.
– Creo que la llamó Yugao.
Esa era la confirmación de que Yugao y el Fantasma estaban juntos, tal como Reiko había sugerido. Exhaló un rápido silbido, maravillado de que la investigación de su mujer hubiera supuesto un vuelco para la suya. Aun así, cuando presionó a Iwakura para que recordara si la pareja había dicho algo que indicara adonde pensaban ir, el hombre respondió con un rechinar de dientes:
– Os he dicho todo lo que sabía. ¡Dadme más opio!
Sano asintió en dirección a Hirata, pero de repente Iwakura experimentó una nueva sacudida. Se puso rígido, se le cerraron los ojos y la vida lo abandonó. El toque de la muerte había hecho efecto. Contemplando el cadáver, Sano pensó: «Pronto podría pasarme esto mismo.»
– Con que sólo hubiéramos llegado un día antes… -se lamentó Hirata.
– Pero al menos sabemos quién es el Fantasma -dijo Sano, con el ánimo alto a pesar de la decepción-. Es una gran ventaja. Y sabemos que él y Yugao están juntos. Una pareja es más fácil de encontrar que un hombre solo.
Capítulo 27
Era más de mediodía cuando Sano y Hirata regresaran al castillo. Mientras recorrían a caballo los pasajes, el sol brillaba pero volvían a acumularse nubes más allá de las distantes colinas. El tufo estancado del río enrarecía la brisa. El castillo no estaba tan desierto como el día anterior; los funcionarios iban escoltados por soldados mientras atendían a sus asuntos. Sin embargo, se los notaba apagados cuando hacían sus reverencias a Sano al cruzarse con éclass="underline" el miedo al toque de la muerte seguía presente en el castillo. Avistó al capitán Nakai cerca de un puesto de control. Sus miradas se encontraron y Nakai pareció disponerse a hablar, pero Sano apartó la mirada de su sospechoso original, embarazoso recordatorio del enfoque erróneo que había adoptado su investigación al principio. Cuando él y sus hombres llegaron al complejo, Reiko salió de la mansión a recibirlos.
– ¿Qué ha pasado? -Tenía la cara radiante de alegría al ver a Sano con vida-. ¿Los has encontrado?
Sano vio esfumarse su expresión expectante ante el desánimo de sus caras.
– Tenías razón sobre Yugao y el Fantasma. Pero llegamos demasiado tarde.
Le contó lo sucedido en El Pabellón de Jade.
– ¿Has pasado toda la noche buscándolos?
– Sí. Interrogamos al resto de los clientes de la posada, pero Kobori no habló con nadie el tiempo que estuvo allí y nadie supo decirnos adonde podrían haber ido él y Yugao.
– Los centinelas de tres puertas de barrio cercanas al Pabellón de Jade vieron pasar ayer a una pareja que encajaba con su descripción -añadió Hirata-. Pero no hemos encontrado ningún otro testigo que los recuerde.