Выбрать главу

– Deben de haberse dado cuenta de que llamaban la atención y ahora van por separado -dijo Sano-. Mis hombres están registrando todos los barrios, empezando a partir del Pabellón de Jade, y advirtiendo a todo jefe de vecindario y centinela de puerta que estén ojo avizor. -Sintió una oleada de agotamiento y lo invadió el desánimo. Esa búsqueda de vastas proporciones era como pretender encontrar dos granos malos de arroz en un millar de sacos-. Hemos venido a casa para sacar más hombres a la calle.

– Bueno -dijo Reiko-, me alegra que hayáis pasado por casa, porque han llegado unos cuantos mensajes urgentes para ti. El caballero Matsudaira ha enviado a sus recaderos tres veces esta mañana. Quiere verte, y se está impacientando.

El ánimo de Sano descendió en picado. Sabía muy bien cómo reaccionaría Matsudaira al enterarse del episodio de esa noche.

– ¿Algo más?

– Ha llegado uno de tus detectives, Hirata-san -dijo Reiko-. Ha encontrado a ese sacerdote que andabais buscando.

Sano estaba tan cansado que tuvo que pararse a pensar antes de recordar el sacerdote al que se refería.

– Ozuno -dijo-. El santón errante que tal vez conozca la técnica secreta del dim-mak.

– ¿Dónde está? -preguntó Hirata a Reiko.

– En el templo de Chion, del distrito de Inaricho.

Dos días atrás, cuando Sano había oído hablar por primera vez del sacerdote, Ozuno se le había antojado crucial para la investigación, pero a esas alturas había perdido importancia.

– Ahora que sabemos quién es el Fantasma, no necesitamos que nos lo diga.

– Todavía podría ser útil -dijo Hirata-. Dos expertos en artes marciales que comparten el secreto del dim-mak, ambos en Edo, por fuerza tienen que conocerse. Ese sacerdote puede ayudarnos a encontrar al Fantasma.

– Tienes razón. Ve al templo de Chion y habla con Ozuno. Yo ampliaré la búsqueda de Yugao y Kobori y luego me las veré con el caballero Matsudaira. -Sano se preparó para lo peor. A lo mejor, si tenía suerte, caía muerto antes de que el primo del sogún pudiera castigarlo.

– Yo todavía pienso que la amiga de Yugao, Tama, sabe más de lo que me contó ayer -comentó Reiko-. Le haré otra visita.

El sector conocido como Inaricho colindaba con el distrito del tempío de Asakusa. Hirata y sus detectives atravesaron calles atestadas de peregrinos religiosos. Las tiendas ofrecían altares budistas, rosarios, palmatorias, estatuas, jarros de flores de loto de metal dorado y tabletas con nombres para funerales. Resonaban los gongs en los modestos templos que habían proliferado en Inaricho. El acento rústico de los peregrinos, las voces de los vendedores ambulantes y el humo de los crematorios coloreaban la luminosa tarde.

– El templo de Chion está por aquí cerca -dijo Hirata.

Pasaban por delante de uno de los muchos cementerios del distrito cuando una visión inusual llamó la atención de Hirata: un anciano avanzaba por la calle cojeando de la pierna derecha y ayudado por un cayado de madera. Tenía el pelo largo, gris y enmarañado, y un rostro adusto muy arrugado y bronceado. Llevaba un gorro negro y redondo, un quimono corto y astroso, pantalones anchos con estampado de símbolos arcanos y calzas de tela. De su cinto pendía una espada corta. En los pies calzaba unas raídas sandalias de paja. A la espalda llevaba un cofre de madera colgado del hombro por un arnés decorado con borlas naranjas.

– Es un yamabushi -dijo Hirata, al reconocer al anciano como un sacerdote de la reducida y exclusiva secta Shugendo que practicaba una arcana mezcla de budismo y sintoísmo con toques de hechicería china. Todos se detuvieron para observar al sacerdote.

– Los templos de su secta están en las montañas de Yoshino. Me pregunto qué hace tan lejos de allí -dijo el detective Arai.

– Debe de estar de peregrinaje -supuso el detective Inoue. Los yamabushi eran conocidos por realizar largos y arduos viajes a antiguos lugares sagrados, donde efectuaban extraños rituales que pasaban por sentarse bajo cascadas frías como el hielo en un intento de alcanzar la iluminación divina. Corría el rumor de que eran espías de los enemigos de los Tokugawa o trasgos disfrazados de humanos.

– ¿Es cierto que los yamabushi tienen poderes místicos? -preguntó Arai mientras el sacerdote se acercaba renqueando-. ¿De verdad pueden expulsar a los demonios, hablar con los animales y apagar fuegos con la pura concentración mental?

Hirata rió.

– Bah, no son más que viejas leyendas. -Aquel yamabushi no era sino un tullido como él, pensó con pesadumbre.

Cinco samuráis salieron pavoneándose de un salón de té delante del cementerio. Llevaban los emblemas de distintos clanes de daimios, e Hirata los reconoció como el tipo de jóvenes disolutos que se escaqueaban de sus deberes para deambular en pandillas por la ciudad buscando jaleo. En sus tiempos de agente de policía había arrestado a muchos como ellos por pelearse en las calles. En ese momento la pandilla avistó al yamabushi. Se abrieron paso entre la multitud de transeúntes y se arremolinaron en torno a él.

– Oye, viejo -le dijo uno.

Otro le cerró el paso.

– ¿Adonde crees que vas?

El yamabushi se detuvo con expresión impasible.

– Dejadme pasar -dijo con voz ronca y extrañamente resonante.

– No nos digas lo que tenemos que hacer -le espetó el primer samurái.

Él y su panda empezaron a zarandear al sacerdote y a burlarse de él. Le arrancaron el arnés del hombro y el cofre cayó al suelo. Los samuráis lo levantaron y lo lanzaron al cementerio. El yamabushi permaneció impertérrito, apoyado en su bastón.

– Marchaos -dijo con calma-. Dejadme en paz.

Su aparente falta de miedo enfureció a la pandilla. Desenvainaron sus espadas. Hirata decidió que ya se habían divertido bastante. En otro tiempo hubiera rescatado al sacerdote y ahuyentado a los gamberros por su cuenta, pero en ese momento le dijo a los detectives:

– Poned paz.

Arai e Inoue desmontaron de un salto, pero antes de llegar a los bravucones, uno de ellos lanzó una estocada al sacerdote. Hirata se encogió al anticipar el sonido del acero cortando carne y hueso, el chorro de sangre. Sin embargo, la espada del matón se estrelló contra el cayado de madera, que el sacerdote alzó con un movimiento tan rápido que Hirata ni siquiera lo distinguió. El matón lanzó un grito de sorpresa, pues el impacto lo mandó dando tumbos hacia atrás. Cayó cerrando el paso a Inoue y Arai, que corrían en ayuda del sacerdote. Hirata se quedó boquiabierto.

– ¡Matadlo! -chillaron los demás gallitos.

Furiosos, atacaron al yamabushi con sus espadas. El bastón del anciano detuvo hasta el último golpe con una precisión que Hirata rara vez había visto, ni siquiera entre los mejores guerreros samuráis. Un torbellino de cuerpos en brusco movimiento y espadazos rodeó al sacerdote mientras los atacantes trataban de derribarlo. El giraba en el centro, con su brazo y su cayado convertidos en un borrón de movimiento, sus rasgos adustos atentos pero distendidos. Sus oponentes intentaron lanzarse contra el bastón. Uno cayó inconsciente de un golpe en la cabeza. Otro salió despedido hacia el cementerio, donde se estrelló contra una lápida y quedó tumbado entre gemidos. Los otros tres decidieron que aquello era demasiado para ellos y huyeron aterrorizados, magullados y ensangrentados.

Hirata, Inoue y Arai contemplaron la escena estupefactos. De los espectadores congregados para presenciar la pelea surgían murmullos de asombro. Elyamabus entró renqueando en el cementerio para recuperar sus posesiones. Hirata bajó trabajosamente de su montura.

– Llevad a esos samuráis heridos a la puerta de vecindario más cercana. Ordenad a los centinelas que llamen a la policía para que los arresten -le dijo a los detectives. Luego se dirigió hacia el sacerdote-. ¿Cómo has hecho eso?