– ¿El qué? -preguntó el anciano mientras se pasaba el arnés por el hombro y se echaba el cofre a la espalda. Ni siquiera tenía la respiración agitada por la pelea. Parecía más molesto por la intromisión de Hirata que por el ataque recibido.
– ¿Cómo has podido derrotar a cinco samuráis en buena forma? -dijo Hirata.
– No los he derrotado yo. -El sacerdote le lanzó un vistazo rápido con el que pareció calibrarlo, grabarlo en su memoria y luego desentenderse de él-. Se han derrotado solos.
Hirata no comprendió la críptica respuesta, pero reparó en que acababa de presenciar la prueba de que ese yamabushi en verdad poseía los poderes místicos de los que se había reído hacía un momento. También cayó en la cuenta de que tal vez fuera el hombre que andaba buscando.
– ¿Eres Ozuno?
El sacerdote se limitó a asentir.
– ¿Y tú eres?
– Soy el sosakan-sama del sogún -respondió Hirata, y dio su nombre-. Te estaba buscando.
Ozuno no parecía sorprendido, ni siquiera interesado. Daba la misma impresión que otros monjes solitarios y distantes.
– Si no vas a hacer otra cosa que mirarme, proseguiré mi camino.
– Estoy investigando un crimen -dijo Hirata por fin-. Tu nombre salió a colación como alguien que tal vez pudiera ayudarnos. ¿Conoces a Kobori Banzan?
Una emoción se agitó tras la imperturbable mirada de Ozuno.
– Ya no.
– ¿Pero lo conociste?
– Fue mi discípulo.
– ¿Tú le enseñaste el arte del dim-mak?
Ozuno sonrió con desdén.
– Le enseñé a luchar con la espada. El dim-mak es sólo un mito.
– Eso creía yo. Pero recientemente cinco hombres han sido asesinados por el toque de la muerte. -Seis, si Sano era la próxima víctima, pensó Hirata-. He visto pruebas. Tu secreto ha sido desvelado.
El desdén desapareció del rostro de Ozuno, que adoptó la expresión del samurái herido en la batalla que mantiene la compostura a fuerza de voluntad.
– ¿Crees que Kobori es el asesino?
– Sé que lo es.
Ozuno se hincó de rodillas ante una lápida. Por primera vez parecía tan frágil como cualquier anciano. Con todo, pese a su visible agitación, no aparentaba sorpresa ni desconcierto, como si una predicción se hubiera cumplido.
– Tengo que atrapar a Kobori -dijo Hirata-. ¿Sabes dónde está?
– No lo he visto en once años.
– ¿No habéis tenido ningún contacto desde entonces? -Hirata le sintió decepcionado, pero pensó que encontrar a Ozuno había sido un golpe de suerte, aunque no fuera para la investigación.
– Ninguno. Repudié a Kobori hace mucho tiempo.
El nexo entre maestro y discípulo era casi sagrado, e Hirata sabía que el repudio era un acto extremo de censura por parte del maestro y una tremenda deshonra para el pupilo.
– ¿Por qué?
Ozuno se levantó y miró a lo lejos.
– Corren muchas ideas falsas sobre el dim-mak. Una es que se trata de una única técnica. Sin embargo, pertenece a un amplio abanico de artes marciales místicas que incluyen el combate con armas y el lanzamiento de hechizos. -Su estupor al enterarse de que su antiguo discípulo era un criminal buscado había disipado su reserva. Hirata comprendió que le estaba revelando cosas que muy pocos mortales habían oído-. Otra idea falsa es que el dim-mak es una magia maligna inventada para que la usaran asesinos. Esa no era la intención de los antiguos que la desarrollaron. Pretendían que el toque de la muerte se usara de forma honorable, en defensa propia y en la batalla.
– Tenían que haber supuesto que podría usarse para matar con fines ilícitos -objetó Hirata.
– Ciertamente. Por eso sus herederos han conservado el secreto de su conocimiento con tanto celo. Formamos una sociedad secreta cuyo objetivo es preservarlo y transmitirlo a la siguiente generación. Hacemos un voto de silencio que nos prohibe usarlo salvo en casos de extrema emergencia o revelarlo salvo a nuestros discípulos cuidadosamente seleccionados.
– ¿Cómo los seleccionáis? -preguntó Hirata.
– Observamos a los jóvenes samuráis entre los vasallos de los Tokugawa, los séquitos de los daimios y los ronin. Deben poseer un carácter firme además de talento natural para el combate.
– ¿Pero a veces se cometen errores? -dedujo Hirata.
Ozuno asintió apesadumbrado.
– Encontré a Kobori en una escuela de artes marciales de la provincia de Mino. Era el hijo de un clan respetable pero empobrecido. Poseía una habilidad superior para las artes marciales y una déterminación fuera de lo común. Nuestro adiestramiento es extremadamente riguroso, pero Kobori parecía la reencarnación de un antiguo maestro.
– ¿Qué salió mal?
– Yo no era el único que se había fijado en su talento para el combate. Llegó a conocimiento del chambelán Yanagisawa, que también buscaba buenos guerreros entre la clase samurái. Mientras Kobori se estaba entrenando conmigo, le ofrecieron un puesto en el escuadrón de élite de Yanagisawa. Al cabo de poco llegó el incidente que provocó la ruptura entre nosotros.
Un doloroso recuerdo cruzó las facciones de Ozuno.
– Es de sobras conocido que esos soldados de élite eran asesinos que mantenían a Yanagisawa en el poder. ¿Habéis oído hablar de rivales que fueron oportunamente asaltados y asesinados por salteadores de caminos?
– Esa fue siempre la historia oficial -dijo Hirata-, pero todo el mundo sabe que esas muertes fueron asesinatos ordenados por Yanagisawa. Sus soldados de élite eran demasiado listos para dejarse atrapar y nunca cometieron un descuido que los incriminara a ellos o al chambelán.
– Kobori también era listo, y experto en el arte del sigilo. Un día oí que un enemigo de Yanagisawa había caído fulminado sin motivo aparente. Se supuso que había muerto de un ataque repentino. Pero yo tenía otras sospechas. Le pregunté a Kobori si había administrado a aquel hombre el toque de la muerte. El no negó que hubiera usado nuestro arte secreto para cometer un asesinato a sangre fría. En realidad, se jactó de ello. -La expresión de Ozuno se ensombreció de desaprobación-. Me dijo que había aprovechado su saber para un fin práctico y bueno. Le dije que su deber era aprender las técnicas y enseñárselas algún día a un discípulo, nada más. Pero él contestó que eso no tenía sentido. La verdad era que se había dejado seducir por la emoción de matar y el prestigio que le aportaba trabajar para Yanagisawa. Le dije que no podía seguir estudiando conmigo y sirviendo a Yanagisawa al mismo tiempo.
– ¿Y él escogió a Yanagisawa?
Ozuno asintió.
– Dijo que ya no le interesaba nuestra sociedad, ni yo. Ese día lo repudié y lo expulsé de la sociedad secreta.
– ¿Y aquélla fue la última vez que lo viste?
– No. Lo vi una vez más. Nuestra sociedad tiene un método para tratar con los descarriados. Para impedir que hagan mal uso de nuestro saber secreto, o lo difundan, los eliminamos.
– ¿Los matáis, quieres decir?
– Los muertos no cometen maldades ni cuentan secretos -explicó Ozuno-. Al faltar a su voto, Kobori se condenó a muerte él solo. Se lo hice saber a todos. Todos éramos responsables de desembarazarnos de Kobori, pero la principal responsabilidad era mía porque había sido mi pupilo.
– Entonces, ¿por qué sigue vivo?
Ozuno parecía disgustado.
– Le enseñé demasiado bien. Cuando fui por él, luchamos. Me hirió y escapó. -Con un vistazo a su pierna coja, Ozuno prosiguió-. Los demás miembros de la sociedad secreta jamás han conseguido acercársele lo suficiente para matarlo. -Su disgusto se ahondó en mortificación-. Ahora soy responsable de esos nuevos asesinatos que ha cometido. Es un pecado que me perseguirá durante un millar de vidas.