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– A lo mejor puedes expiarlo en ésta. -Hirata empezaba a ver una solución a sus propios problemas, que en ese momento encajaba con su caza del asesino-. ¿Puedes explicarme cómo abordar la captura de Kobori una vez lo encontremos?

– Debes llevar contigo a tantos soldados como puedas -dijo Ozuno-. Y prepárate para que muchos de ellos mueran mientras él se resiste al arresto.

Esa solución obvia no satisfacía a Hirata.

– ¿Qué hay de luchar en un duelo contra él?

– Todo el mundo tiene un punto débil. Yo nunca pude encontrar el de Kobori, pero es tu única esperanza de derrotarlo en un combate directo. Sugiero que no lo intentes.

– ¿Me enseñarías alguna de tus técnicas secretas para usarla contra él?

Ozuno lo observó con ceño.

– Imposible. Mi voto me lo impide.

– Se perderán más vidas a menos que me proporciones recursos para protegerme, a mí y a mis tropas. -Hirata quería aprender los secretos que permitían a un hombre cojo y endeble derrotar a cinco samuráis fornidos.

– De acuerdo -cedió Ozuno a regañadientes-. Te mostraré varios puntos vulnerables donde golpear a Kobori si te acercas lo suficiente.

Tomó la manó de Hirata y tocó dos puntos del hueso de su muñeca.

– Aplica una fuerte presión aquí para sacarle el aliento de los pulmones y debilitarlo. -Arremangó a Hirata y le dio un leve pellizco en el antebrazo, entre dos músculos-. Agárralo por aquí y obstruirás su flujo de energía. Eso lo derribará. Entonces podrás asestarle el golpe mortal.

Tocó a Hirata en el lado derecho de la garganta, justo por debajo de la barbilla.

– Un golpe fuerte aquí le detendrá el riego sanguíneo. -Situó el dedo sobre un punto del pecho de Hirata, y luego otro-. Pégale aquí y le pararás el corazón. -Después le abrió las vestiduras y señaló un punto cerca del ombligo-. Una patada fuerte en el núcleo de su espíritu lo matará al instante.

Fascinado, Hirata escuchó con atención. Sin embargo, recordó el ataque de aquellos bandidos cuando se dirigía al depósito de cadáveres y las incontables batallas a espada que había librado. Unas técnicas de combate cuerpo a cuerpo no lo ayudarían en situaciones parecidas.

– ¿Puedes enseñarme algún movimiento con la espada, como los que has empleado contra esos bravucones que te han atacado? -pidió.

– Oh, por supuesto. En unos instantes te transmitiré las habilidades que lleva años dominar -dijo Ozuno, retomando su anterior actitud desabrida. Clavó en Hirata su intensa mirada-. Sospecho que tu ansiedad por aprender mis secretos surge de algún propósito que va más allá de tu búsqueda de Kobori.

– Tienes razón -reconoció Hirata, avergonzado de que Ozuno hubiera leído con tanta facilidad sus intenciones. Se hincó de rodillas entre las tumbas e inclinó la cabeza-. Ozuno-san, me gustaría mucho estudiar artes marciales con vos. ¿Me aceptaríais como pupilo, por favor?

Ozuno emitió un sonido burlón.

– No aceptamos al primero que nos lo pide, así sin más. Ya te he hablado de nuestro sistema para escoger discípulos.

Hirata insistió:

– Vuestro sistema falló cuando escogiste a Kobori. Yo soy un mejor candidato.

– Eso dices tú -replicó Ozuno-. Eres un completo desconocido. No sé nada de ti salvo lo que veo, y lo que veo es que eres brusco e impertinente.

– Tengo buen carácter -dijo Hirata, ansioso por convencer-. El chambelán y el sogún responderán de mí.

– El que alardees de tus méritos es señal de una naturaleza vanidosa-refunfuñó Ozuno-. Además, eres demasiado viejo. Tu personalidad está formada. Siempre escogemos muchachos que podemos moldear de acuerdo con nuestro estilo de vida.

– Pero yo poseo una habilidad y experiencia en el combate que los niños no tienen. Parto con ventaja.

– Más probable es que hayas aprendido tantos errores que haría falta años para reeducarte.

Pero Hirata no cejó: aquélla era su gran oportunidad y no pensaba dejarla pasar.

– Por favor -suplicó, poniéndose en pie con dificultad y agarrando a Ozuno por el brazo-, necesito que me adiestréis. Sois mi única esperanza de poder volver a luchar. A menos que aprenda vuestros secretos, siempre estaré indefenso, seré un blanco fácil para los ataques, el objeto de todas las burlas. -Abrió los brazos para que Ozuno viera mejor la ruina lisiada de su cuerpo. Al borde de las lágrimas, avergonzado por suplicar, añadió-: En estas condiciones no podré cumplir mi deber hacia mi señor y mi sogún. Si no me ayudáis, ¡perderé mi honor además de mi medio de vida!

Ozuno lo contempló con implacable desprecio.

– Quieres conocimiento por los motivos erróneos. Quieres aprender unas técnicas, ganar peleas, satisfacer tu orgullo y obtener recompensas materiales, en vez de honrar y preservar nuestras venerables tradiciones. Tus necesidades no son asunto mío. Desde luego no te cualifican para entrar en nuestra sociedad. -Hizo un gesto de impaciencia con la mano-. Pero esta conversación carece de sentido. Aunque fueras el candidato ideal, no te adiestraría. Juré abandonar la enseñanza cuando Kobori se torció. Nunca volveré a arriesgarme a crear otro asesino amoral.

Aunque el tono del sacerdote daba a entender que su decisión no tenía vuelta atrás, Hirata estaba demasiado desesperado para rendirse.

– Pero el destino me ha traído hasta vos -exclamó-. Estáis hecho para ser mi maestro. ¡Es nuestro destino!

– ¿Destino, eh? -Ozuno se rió con sarcasmo-. En fin, si lo es, supongo que no puedo rehuirlo. Te ofrezco un trato: si nos encontramos otra vez, empezaremos nuestras lecciones.

– De acuerdo -dijo Hirata. Edo era lo bastante pequeño para saber que volvería a ver al sacerdote.

Ozuno sonrió con sorna al adivinarle el pensamiento.

– Pero no si yo te veo primero -dijo, y sin más salió cojeando del cementerio. En la calle, se mezcló con un grupo de peregrinos y desapareció.

Capítulo 28

Reiko llamó a la puerta de la mansión donde trabajaba Tama, la amiga de Yugao. Abrió una mujer de pelo gris y cara de pocos amigos.

– ¿Qué queréis?

– Quiero ver a Tama -dijo Reiko, con tanta premura que le tembló la voz.

– ¿Os referís a la doncella de la cocina? -La curiosidad agudizó la mirada de la mujer-. ¿Quién sois? -Después de que Reiko se presentara, se mostró más cortés y dijo-: Lo siento, Tama no está.

Reiko sintió una terrible decepción. Si Sano estaba condenado a morir pronto, encontrar a Yugao tal vez fuera lo último que pudiera hacer por él.

– ¿Dónde está?

– La cocinera la ha mandado al mercado del pescado. Yo soy la gobernanta. ¿Puedo ayudaros?

– No lo creo. ¿Cuándo volverá Tama? -Jamás lograría encontrar a la chica en el enorme y abarrotado mercado, así que trató de no perder la calma. Viniéndose abajo no ayudaría a Sano.

– Oh, lo más probable es que tarde horas -dijo la gobernanta mientras estudiaba a Reiko con ávido interés-. ¿Por qué tenéis tanta necesidad de verla? ¿Qué ha hecho?

– Puede que nada -dijo Reiko. Su corazonada de que Tama le había escamoteado información importante tal vez fuera una mera ilusión. Aun así, no podía rendirse; Tama era su única vía hacia Yugao-. Bien pensado, es posible que puedas ayudarme. ¿Has notado algo raro en Tama últimamente?

La gobernanta arrugó la frente en gesto meditabundo y luego respondió:

– A decir verdad, sí. Anteayer salió de la casa sin permiso. La señora la riñó y le pegó. Eso es impropio de Tama. Por lo general es una criatura dócil y obediente, que nunca se salta ninguna norma.

Reiko se obligó a no lanzar las campanas al vuelo.

– ¿Sabe por qué motivo salió Tama?

– Fue por esa chica que vino a verla.

– ¿Qué chica? -Contuvo el aliento mientras sus esperanzas se desbocaban y el corazón se aceleraba.

– Dijo que se llamaba Yugao.

Reiko sintió tal alivio que el aliento se le escapó en una sola bocanada; se agarró a la jamba para no caer.

– Cuéntame todo lo que pasó cuando vino Yugao. ¡Es muy importante!

– Bueno, se presentó en la puerta de atrás -dijo la gobernanta, complacida por la atención de Reiko-. Preguntó por Tama. Sólo me dijo su nombre y que era una vieja amiga de Tama. Se supone que los criados no deben tener visitas, pero me dio pena por Tama, porque está sola en el mundo. Pensé que no haría daño a nadie dejarle ver a una amiga por una vez. De modo que fui a buscarla. Al principio se alegró mucho de ver a Yugao. La abrazó, lloró y dijo lo mucho que la había echado de menos. Pero luego empezaron a hablar y a Tama se le fue poniendo cara de preocupación.

– ¿Qué dijeron? -Reiko se hincó las uñas en las palmas.

– Yugao hablaba en susurros y no oí lo que decía. Tama dijo: «No, no puedo. Si lo hago me meteré en líos.»

Por fin Reiko comprendía por qué se había mostrado tan alterada cuando le contó que su amiga de la infancia era una asesina fugitiva. Yugao debía de haberse inventado alguna historia para explicar por qué se presentaba necesitada de su ayuda.

– Pero Yugao siguió hablando -continuó la gobernanta- y al final la convenció, porque dijo: «Vale. Ven conmigo.» Salieron corriendo juntas.

– ¿Las acompañaba un hombre? -preguntó Reiko con ansia.

– No, que yo viera.

Aun así, Reiko estaba segura de que el Fantasma había acechado en algún lugar de las inmediaciones. Al partir del Pabellón de Jade, él y Yugao necesitaban otro lugar donde esconderse. La chica debió de pensar en Tama, la única persona a la que podía pedirle un favor.

La gobernanta se acercó más y susurró:

– No le conté a la señora que Tama robó una cesta de comida de la despensa antes de que se fueran.

– ¿Sabes adonde iban? -preguntó Reiko.

– No. Cuando Tama llegó a casa se lo pregunté, pero no quiso contármelo.

– ¿Cuánto tiempo estuvo fuera?

– Dejadme pensar. -La gobernanta se dio unos golpecitos con el dedo en la mejilla marchita-. Se fue al atardecer y al volver le faltó muy poco para encontrarse cerradas las puertas del barrio.

Las esperanzas de Reiko se hundieron; Tama podría haber recorrido una distancia considerable, aun a pie y cargada de provisiones, entre el atardecer y esa avanzada hora de la noche. El lapso de tiempo dejaba una zona frustrantemente amplia para buscar el lugar donde había escondido a Yugao y el Fantasma.

– Gracias por tu ayuda -dijo Reiko, mientras se daba la vuelta para partir.

– ¿Le digo a Tama que habéis venido? -Preguntó la gobernanta-. ¿Le digo que volveréis?

De la necesidad brotó la inspiración. Reiko pensó en la comida que Tama había robado y una nueva estrategia avivó sus esperanzas.

– No -respondió mientras se apresuraba hacia el palanquín y sus guardias-, por favor, no le digas nada a Tama.

Sin embargo, volvería. Y entonces descubriría dónde se escondían Yugao y el Fantasma.