Reiko sintió tal alivio que el aliento se le escapó en una sola bocanada; se agarró a la jamba para no caer.
– Cuéntame todo lo que pasó cuando vino Yugao. ¡Es muy importante!
– Bueno, se presentó en la puerta de atrás -dijo la gobernanta, complacida por la atención de Reiko-. Preguntó por Tama. Sólo me dijo su nombre y que era una vieja amiga de Tama. Se supone que los criados no deben tener visitas, pero me dio pena por Tama, porque está sola en el mundo. Pensé que no haría daño a nadie dejarle ver a una amiga por una vez. De modo que fui a buscarla. Al principio se alegró mucho de ver a Yugao. La abrazó, lloró y dijo lo mucho que la había echado de menos. Pero luego empezaron a hablar y a Tama se le fue poniendo cara de preocupación.
– ¿Qué dijeron? -Reiko se hincó las uñas en las palmas.
– Yugao hablaba en susurros y no oí lo que decía. Tama dijo: «No, no puedo. Si lo hago me meteré en líos.»
Por fin Reiko comprendía por qué se había mostrado tan alterada cuando le contó que su amiga de la infancia era una asesina fugitiva. Yugao debía de haberse inventado alguna historia para explicar por qué se presentaba necesitada de su ayuda.
– Pero Yugao siguió hablando -continuó la gobernanta- y al final la convenció, porque dijo: «Vale. Ven conmigo.» Salieron corriendo juntas.
– ¿Las acompañaba un hombre? -preguntó Reiko con ansia.
– No, que yo viera.
Aun así, Reiko estaba segura de que el Fantasma había acechado en algún lugar de las inmediaciones. Al partir del Pabellón de Jade, él y Yugao necesitaban otro lugar donde esconderse. La chica debió de pensar en Tama, la única persona a la que podía pedirle un favor.
La gobernanta se acercó más y susurró:
– No le conté a la señora que Tama robó una cesta de comida de la despensa antes de que se fueran.
– ¿Sabes adonde iban? -preguntó Reiko.
– No. Cuando Tama llegó a casa se lo pregunté, pero no quiso contármelo.
– ¿Cuánto tiempo estuvo fuera?
– Dejadme pensar. -La gobernanta se dio unos golpecitos con el dedo en la mejilla marchita-. Se fue al atardecer y al volver le faltó muy poco para encontrarse cerradas las puertas del barrio.
Las esperanzas de Reiko se hundieron; Tama podría haber recorrido una distancia considerable, aun a pie y cargada de provisiones, entre el atardecer y esa avanzada hora de la noche. El lapso de tiempo dejaba una zona frustrantemente amplia para buscar el lugar donde había escondido a Yugao y el Fantasma.
– Gracias por tu ayuda -dijo Reiko, mientras se daba la vuelta para partir.
– ¿Le digo a Tama que habéis venido? -Preguntó la gobernanta-. ¿Le digo que volveréis?
De la necesidad brotó la inspiración. Reiko pensó en la comida que Tama había robado y una nueva estrategia avivó sus esperanzas.
– No -respondió mientras se apresuraba hacia el palanquín y sus guardias-, por favor, no le digas nada a Tama.
Sin embargo, volvería. Y entonces descubriría dónde se escondían Yugao y el Fantasma.
Sano paró en el cuartel general de la metsuke para recoger la ficha de Kobori; incluía su estatura y peso aproximados y un dibujo muy rudimentario de su cara. Tras una visita al general Isogai, al que reclamó tropas del Ejército para implementar la búsqueda, se encaminó a toda velocidad hacia el palacio.
En cuanto entró en la cámara de audiencias supo que afrontaría más problemas de los que había previsto. El caballero Matsudaira, sentado en su lugar de costumbre, lucía un ceño tan iracundo que parecía el relieve de un demonio de un templo. Por encima de él, en la tarima, se encogía el sogún, asustado y perplejo. Yoritomo, sentado a su lado, dirigió una mirada de advertencia a Sano. Los guardias apostados a lo largo de las paredes estaban perfectamente inmóviles, con la mirada fija al frente, como si les diera miedo moverse. Los ancianos no estaban. En su lugar, sobre el suelo elevado, se encontraba el comisario de policía Hoshina, que observó a Sano con serena y medio sonriente compostura.
A Sano lo descolocó encontrarse allí a su enemigo. Mientras se arrodillaba en la tarima a la izquierda del sogún y hacía una reverencia, Matsudaira preguntó con aire autoritario:
– ¿Por qué demonios habéis tardado tanto?
– Tenía asuntos urgentes que atender -respondió Sano, aunque sabía que eso no era excusa suficiente para el caballero. ¿Qué había pasado en menos de dos días para hundirlo en la estima del primo del sogún y elevar a Hoshina? Dudaba que el único motivo fuera que Matsudaira estaba al corriente de su fracaso en capturar al Fantasma la noche anterior; al fin y al cabo, Hoshina no tenía nada mejor que ofrecer-. Mil disculpas.
– Hará falta más que eso -dijo el caballero con ira creciente-. ¿Hago bien al entender que asignasteis centenares de soldados del Ejército a misiones de escolta?
– Sí -reconoció Sano. Con el rabillo del ojo vio que Hoshina disfrutaba con su apuro-. Con un asesino suelto y los funcionarios con miedo de salir de casa, parecía el único modo de mantener en marcha el gobierno.
El sogún asintió en tímida conformidad, pero su primo no le hizo caso y dijo:
– Bueno, es evidente que no previsteis que la seguridad se veria drásticamente reducida cuando retiraseis a esos hombres de sus puestos habituales. Mientras ellos hacían de niñeras de un hatajo de cobardes, ¿quién se suponía que iba a mantener el orden en la ciudad? -Tenía la tez tan amoratada de ira que parecía a punto de reventársele una vena-. ¿Creéis que tenemos una reserva ilimitada de tropas?
– He mandado traer más de las provincias -dijo Sano en un fútil intento de defenderse. Yoritomo se retorció las manos-. He ordenado que los daimios nos presten a sus vasallos para patrullar las calles.
– Oh, caramba, ¿eso habéis hecho? ¿Y sabéis qué ha pasado entretanto? -El caballero se levantó bruscamente, incapaz de contener su genio-. Cuando atravesaba la ciudad esta mañana, me ha tendido una emboscada una banda de bandidos rebeldes. Superaban en número a mis guardaespaldas y no había ni un soldado a la vista.
Sano se lo quedó mirando, mudo de alarma al ver que había puesto en peligro sin pretenderlo al caballero Matsudaira.
– Por suerte, el comisario Hoshina y sus hombres pasaban por allí, y han rechazado a los rebeldes -prosiguió el primo del sogún-. De otra manera, ahora mismo estaría muerto.
Sano dirigió una mirada de pasmo a Hoshina, que le mostró una sonrisita triunfal.
– Qué oportuno -dijo Sano. No le sorprendería que el propio Hoshina hubiera organizado el ataque para luego rescatar a Matsudaira y, así, inspirarle tanta gratitud que estuviera dispuesto a olvidar sus errores anteriores.
– Sí, ha sido oportuno. -Los ojos de Hoshina centelleaban de maliciosa diversión-. Todos los bandidos resultaron muertos, por si os lo estabais preguntando.
O sea que no podrían revelar si Hoshina los había contratado, dedujo Sano. El comisario estaba a salvo. Se había aprovechado de todos los infortunios que Sano había padecido durante la investigación.
– He oído que esta mañana habéis tomado el mando de más tropas, chambelán Sano -dijo Matsudaira, sin prestar atención al intercambio entre el chambelán y el comisario-. ¿Para qué demonios las necesitáis? ¿Por qué agravar vuestro estúpido y peligroso error?
– Las necesito para buscar al asesino que me ordenasteis capturar. -Cada vez más enfurecido por aquel trato vejatorio, Sano captó el deje hostil de su propia voz. ¿De qué otro modo podría haber protegido a los funcionarios?-. Sabemos quién es. Se llama Kobori y pertenecía al escuadrón de élite de mi predecesor en el cargo. Para localizarlo, necesito más efectivos además de mis tropas personales.
La noticia de que Sano había identificado al Fantasma acalló a Matsudaira y le borró el ceño. Yoritomo dedicó a Sano una sonrisa aliviada y jubilosa.
– Con que has, aah, resuelto el misterio. -El sogún lo miró encantado antes de volverse con expresión de suficiencia hacia su primo, claramente complacido de que Sano se hubiera anotado un tanto, aunque no entendiera lo que se traían entre manos aquellos dos-. Mis felicitaciones.