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– No lo creáis, excelencia -terció Hoshina-. Quizá no sea cierto que el tal Kobori es el asesino. Recordad que el chambelán Sano pensaba que había sido el capitán Nakai, que luego se demostró inocente. Podría equivocarse de nuevo. -Apeló a Matsudaira-: Yo creo que está tan desesperado por complaceros que intenta endilgar los asesinatos a alguien que probablemente esté muerto.

– Kobori está vivo -contraatacó Sano-. He logrado situarlo en Edo hace dos días. Anoche hice una redada en la posada donde se ocultaba. Se me escapó por un día.

– ¿Qué pruebas tenéis de que sea el asesino? -Matsudaira parecía desgarrado entre el escepticismo y sus ganas de creer que la captura del Fantasma era inminente.

Sano describió los sucesos del Pabellón de Jade.

– Bueno, aunque Kobori sea el asesino, lo dejasteis escapar -dijo Hoshina, ansioso por desacreditar a Sano-. A estas alturas podría haber abandonado Edo. Honorable caballero Matsudaira, ¿para qué mandar tropas a registrar el establo cuando el caballo ya ha salido? Las necesitamos para mantener la seguridad y dar caza a los bandidos rebeldes.

– No podemos dar por sentado que Kobori se ha ido sólo porque queráis creerlo -dijo Sano-. Y es un objetivo más importante que el resto de los rebeldes.

Hoshina rió con desprecio.

– Ellos han matado a muchas más personas que él.

– Pero él apunta al escalafón más alto del régimen -repuso Sano-. Permitid que os recuerde que ya ha asesinado a cinco altos cargos. A menos que nos concentremos en atraparlo, nos irá desgastando hasta que la moral decaiga tanto que el régimen se venga abajo. Tenemos que capturarlo antes de que mate otra vez.

Sintió la marca de la muerte sobre sí mismo. Unos temblores involuntarios le recorrieron el cuerpo, como si le brotaran reveladoras moraduras por toda la piel. La incertidumbre y la espera eran tan difíciles de soportar que casi deseaba confirmar que Kobori lo había tocado. Sin embargo, si moría al día siguiente, ¿quién protegería al régimen de hombres como Hoshina, tan cegados por sus ambiciones personales que permitirían a una fuerza mortífera como Kobori quedar en libertad?

– Alguien de esta sala podría ser su próxima víctima. -Apeló al interés personal del sogún y su primo-. Dejadme utilizar las tropas dos días más. Eso debería bastar para atrapar a Kobori.

– Me parece que eso es un, aah, compromiso razonable -dijo el sogún, ansioso por poner fin a la riña.

Matsudaira sopesó los argumentos de Sano sólo un instante antes de decir:

– El chambelán Sano tiene toda la razón al decir que atrapar al Fantasma debería recibir la máxima prioridad. -A Hoshina se le demudaron las facciones-. Pero el comisario Hoshina también está en lo cierto al recordarnos que no podemos permitir que la seguridad se relaje sólo por atrapar un único criminal. Retirad las tropas de la búsqueda y mandadlas de vuelta a sus deberes ordinarios, honorable chambelán. Haced todo lo posible sin ellas. Y recordad que cuento con vos.

Hoshina se sonrió, consciente de que esa decisión prometía un fracaso de Sano y más ventajas para él. Sano vio que no serviría de nada seguir discutiendo con Matsudaira. Sólo una persona podía anular su decisión.

– Excelencia -dijo-, el asunto es tan importante que tal vez preferiríais zanjarlo en lugar de dejarlo en nuestras manos. Habéis dicho que os parecía buena idea que las tropas buscaran al Fantasma. Si ésa es vuestra opinión, podéis convertirla en una orden, y será cumplida.

El sogún parecía alarmado por verse en un aprieto, pero gratificado por la idea de su propio poder. Matsudaira y Hoshina fulminaron a Sano con la mirada. Yoritomo se inclinó hacia el sogún para susurrarle al oído.

– Sería mejor que cierta persona permaneciera al margen de esto -anunció el caballero en un tono calmo rebosante de amenaza-, o cierta otra persona podría sufrir un fatal accidente en cierta isla remota.

Yoritomo volvió a su puesto y agachó la cabeza ante aquella amenaza a su padre exiliado.

– ¿Y bien? ¿Qué decís? -Preguntó Matsudaira a su primo-. ¿Seguiréis el consejo del chambelán Sano o el mío?

Despojado del apoyo que necesitaba para ser fiel a su opinión, el sogún se encogió.

– El tuyo, primo -murmuró, evitando la mirada de Sano.

Sano encajó la derrota con una frustración que a duras penas pudo disimular. Hoshina se relajó. El caballero dijo:

– Antes de que os vayáis, honorable chambelán, tengo otro problema que comentar con vos. Dicen que habéis estado ausente de vuestra oficina estos últimos días. Bastantes funcionarios me han comentado que nunca estáis disponible para recibirlos, que no respondéis a vuestra correspondencia y que estáis dejando en manos de vuestro personal asuntos que no están cualificados para manejar.

Sano se volvió hacia Hoshina. El comisario debía de haber encargado a sus nuevos amigos que informaran a Matsudaira. Hoshina se encogió de hombros y sonrió.

– Parecéis pensar que los deberes del segundo de la nación pueden esperar-le dijo el caballero-. A menos que cambiéis de actitud, es posible que su excelencia se vea obligado a sustituiros, como más de uno de sus funcionarios le ha recomendado. ¿Queda claro?

Sano aplacó su ira.

– Perfectamente, caballero Matsudaira. -Lanzó una mirada envenenada a Hoshina, que escuchaba encantado y ansioso por heredar su puesto. Si sobrevivía, pensó Sano, encontraría una manera de desembarazarse de ese enemigo, por poco que le gustara la guerra política.

– Va siendo hora de levantar esta sesión -anunció el caballero Matsudaira.

– Se levanta la sesión -dijo el sogún.

– ¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Marume a Sano mientras atravesaban el jardín del palacio.

– Movilizamos al Ejército y salimos a cazar al Fantasma -dijo Sano.

Daba igual que Matsudaira le hubiese prohibido usar las tropas para la búsqueda; Sano sabía que estaba perdido hiciese lo que hiciese. Si descuidaba su trabajo, desobedecía órdenes o no lograba atrapar al Fantasma, el resultado sería el mismo: perdería su puesto, fuese a favor de Hoshina o de algún otro. Lo desterrarían o ejecutarían, y Reiko y Masahiro quedarían en grave peligro. Puestos a elegir, finalizaría la investigación. Sobre todo a la vista de que podía ser la última.

Enfilaron el pasaje que llevaba a su residencia, para recoger los caballos. Si debía morir al día siguiente, por lo menos dedicaría ése al trabajo para el que había nacido: servir al honor todo lo bien que estuviera en su mano. Llevaría a Kobori ante la justicia aunque fuese lo último que hiciera.

– ¡Honorable chambelán Sano!

Se volvió y vio al capitán Nakai corriendo hacia él. Gimió para sus adentros. Aunque la última persona a la que le apetecía ver en ese momento era el capitán Nakai, decidió ser cortés, visto todo lo que le había hecho pasar.

– Saludos -dijo Nakai en cuanto llegó a su lado. Siguieron caminando juntos. Con su casco y armadura metálicos resplandecientes a la luz del sol, parecía la viva imagen del perfecto samurái-. Confío en que todo os vaya bien.

– Bastante. ¿Y a vos?

– No va mal -respondió Nakai.

A Sano se le ocurrió que, cuando un hombre esperaba morir pronto, debía quedar en paz con la gente a la que había herido. Aceleró el paso para alejarse con Nakai de los detectives y así hablar en privado.

– Capitán Nakai, quiero disculparme por sospechar de vos. Siento que fuerais acusado y humillado delante del sogún y el caballero Matsudaira. Os ruego me perdonéis.

– Bah, no pasa nada -dijo Nakai-. Es agua pasada. Sin rencores. -Sonrió y le dio una palmadita en el hombro-. Además, he empezado a pensar que fue una bendición disfrazada. Al fin y al cabo, me concedió el privilegio de conoceros.