Ya le dolía la espalda de estar encorvada. Estaba cansada de olores inmundos y conocía de memoria hasta la última peladura de rábano y miga que había recogido. Un perro vagabundo entró en el callejón, olisqueó los contenedores de basura, bajó el trasero y defecó. Reiko arrugó la nariz ante el hedor mientras pasaba renqueando a su lado y rogó que Tama apareciera pronto. En el callejón se oía a las doncellas preparando la cena y parloteando entre ellas. La sobrevoló un humo impregnado de sabroso aroma a ajo y salsa de soja. El hambre le hizo crujir el estómago. Había llegado a un extremo del callejón y se daba la vuelta para iniciar otra monótona pasada, cuando vio a Tama caminando hacia ella desde la otra punta, seguida por un porteador cargado con un balde de madera tapado. Reiko se animó de inmediato. Cuando Tama y el porteador pasaron por su lado, matuvo la cabeza gacha, barriendo con denuedo, y pensó que quizá le quedara aún una larga espera hasta que Tama la condujera hasta los fugitivos.
Sin embargo, la puerta no tardó en abrirse y la chica salió furtivamente. Llevaba puesta una capa y sostenía un fardo atado por las esquinas. Se apresuró callejón abajo, tras echar una rápida mirada a la casa que acababa de abandonar. Pasó por delante de Reiko sin fijarse en ella.
Reiko se echó la escoba al hombro, recogió la pala y siguió a la muchacha. Fuera del callejón, el distrito estaba lleno de vecinos que se apresuraban a volver a casa antes de que oscureciera del todo. Los mercaderes cerraban las puertas correderas de sus establecimientos. Por las calles pasaban patrullas nocturnas de soldados. Reiko se abrió paso a toda prisa entre la muchedumbre, afanándose por no perder de vista la rápida y menuda figura de Tama. Echó un vistazo alrededor en busca de sus escoltas.
– Estamos aquí detrás -murmuró el teniente Asukai.
Siguieron los pasos de Tama a través del mercado. Los vendedores regateaban con los últimos clientes o recogían las hortalizas no vendidas. Cuando Reiko dejaba atrás los últimos puestos, oyó una voz masculina:
– ¡Oye, tú, barrendera!
Una mano la agarró del brazo. Pertenecía a un vendedor enorme y fornido.
– Limpia este desastre -le ordenó, señalando unos restos de coles marchitas en el suelo.
– ¡Suéltame! -Reiko le lanzó un escobazo.
El hombre se agachó, la soltó y bufó.
– ¡Serás…! ¿Quién te crees que eres?
Se abalanzó hacia ella, pero en ese momento el teniente Asukai lo agarró y lo empotró contra un puesto que vendía frascos de rábanos en vinagre. El vendedor se cayó y arrastró con él medio tenderete. Reiko soltó la escoba y la pala y salió corriendo. El teniente la alcanzó.
– ¿Por dónde ha ido? -gritó Reiko, presa del pánico.
Al otro lado del mercado, otro de sus guardias le hizo un gesto y señaló. Reiko vio a Tama avanzando rápidamente por un pasillo entre puestos. Ella y sus escoltas retomaron la persecución. Los condujo fuera de Nihonbashi, hasta los lindes septentrionales de la ciudad. Allí las casas estaban más separadas, intercaladas con árboles y pequeñas granjas. Un ocaso teñido de oro se aposentaba con suavidad sobre el apacible paisaje. El tráfico viario consistía en soldados que patrullaban entre campesinos cargados de leña o empujando carretas. Reiko agrandó la distancia que la separaba de Tama, por miedo a que la chica los viera a ella o sus escoltas.
Aun así, Tama no volvió la vista ni una vez; parecía más decidida a llegar a su destino que temerosa de que la siguieran. Avanzaba a paso ligero por el camino, que ascendía por la gradual pendiente del terreno. Las granjas dieron paso a un bosque. Los pájaros trinaban en los árboles que tendían sus copas sobre el camino, creando profundos tramos de oscuridad que la menguante luz del sol no penetraba. La figura de Tama era tan imprecisa como una sombra que se desplazara con rapidez por delante de Reiko. El camino estaba desierto. El aire se enfrió con el aumento de la altitud y la cercanía de la noche. Reiko sintió que el calor del esfuerzo abandonaba su cuerpo; se estremeció bajo la fina ropa. Oyó los resoplidos y trompicones de Tama en su ascenso, y amortiguó el sonido de su trabajosa respiración y sus pasos inseguros. El ocasional chasquido de una ramita o el roce de una hoja le confirmaban que sus escoltas la seguían, aunque al mirar por encima del hombro apenas eran visibles en la penumbra. Por encima, entre el bosque, sobresalían de la colina algunas casas muy separadas, pero Reiko ni vio ni oyó señal alguna de vida humana. Por debajo, en la ciudad, retumbó un gong. Unos perros o lobos aullaron en algún lugar cercano.
De repente Tama desapareció. Reiko corrió, temiendo haberla perdido. Entonces vio un sendero que se apartaba del camino, cortaba por el bosque y serpenteaba colina arriba. Oyó a Tama jadear y tropezar en la distancia. El teniente Asukai y los cuatro guardias tomaron con ella el sendero. Se iba empinando y, aunque el paso del hombre lo había alisado, las ramas caídas los entorpecían. Allí la oscuridad era casi completa, y avanzaron con cautela, pero Tama hacía tanto ruido; que Reiko dudaba que pudiera oírlos. Salieron del bosque a un espacio abierto iluminado por el tenue resplandor del cielo. Reiko vio que la senda bordeaba un valle. Unas pendientes cubiertas de arbustos descendían abruptamente hacia el fondo, donde un arroyo borboteaba sobre las rocas. Reiko y sus guardias vieron a Tama apresurándose por el sendero, que seguía el arco que el valle hendía a través del terreno. En ese momento avistaron el destino de la chica.
Se trataba de una mansión de tres niveles, sobre un terreno despejado de árboles. El primer nivel tenía una galería que recorría toda la fachada y sobresalía por encima del valle y el arroyo. Los tejados de juncos se elevaban en múltiples picos irregulares. La mansión no era enorme, pero debía de haber sido difícil y cara de construir. De día proporcionaría una vista maravillosa de Edo desde los balcones de los niveles superiores de atrás. La luz de una ventana iluminaba la galería, Tama se afanó por una escalera que remontaba la pendiente hacia la mansión. Sus pisadas sobre las tablas resonaron quedamente.
– ¿Qué hacemos? -le susurró el teniente Asukai.
– Acerquémonos más. Tenemos que descubrir si Yugao y el Fantasma están dentro. -Reiko tenía que asegurarse antes de avisar a Sano.
Ella y los guardias siguieron con prisa los pasos de Tama, manteniéndose pegados a los árboles que bordeaban la senda. Se escondieron en la maleza al pie de la escalera. Tama cruzó la galería, soltó su hato y llamó a la puerta con los nudillos. Alguien la entreabrió. Desde su posición Reiko veía la galería en toda su extensión y distinguía a Tama sin problemas, pero como la fachada de la casa era paralela a su línea de visión, no podía divisar la figura del umbral.
– Ya iba siendo hora de que llegaras -dijo la voz de Yugao-. Me muero de hambre. ¿Qué me has traído para comer?
Reiko sintió un estallido de júbilo. Elevó una muda oración de agradecimiento.
Yugao asomó por la puerta. Tama retrocedió ante ella. La luz de la casa iluminaba con claridad a las dos mujeres.
– ¿Está dentro? -preguntó Tama con tono fatigado y nervioso.
– ¿Quién? -Yugao se acuclilló y empezó a desatar el paquete.
– Ese samurái. Jin.
Yugao se detuvo, con el perfil afilado como una espada. Pasó un momento antes de que se levantara y le dijera a Tama a la cara:
– Sí. Está dentro. ¿Y qué?
Reiko contuvo un suspiro de euforia. Había encontrado al Fantasma.
– ¿Por qué no me dijiste que estaba contigo? -exclamó Tama, al parecer sintiéndose herida y traicionada.
– No me pareció importante -dijo Yugao, pero una nota de cautela asomó a su voz-. ¿Qué importancia tiene?
– Ya sabes que se supone que no debo dejar que nadie entre en esta casa. Te dije que si mis señores se enteraban me pegarían una paliza. Accedí a que te quedaras aquí tú sola, y eso ya es bastante peligroso. Pero que metas a escondidas a ese hombre espantoso en… -Un sollozo interrumpió sus palabras-. Perderé mi trabajo. ¡Me echarán a la calle sin ningún sitio a donde ir!