Foster asintió con la cabeza.
– Eso dice mucho en su favor, señor Dremberg.
– Gracias.
El teniente británico miró al hijo del alcalde. El mismo brillo peligroso lucía en las pupilas del joven. Había algo desagradable en aquellas dos personas, algo indefinible que Foster no podía precisar, ni darle un nombre concreto.
– Le agradezco mucho su colaboración, señor alcalde.
Habían hablado en inglés, lengua que, por lo visto, también conocía Dremberg, pero que no utilizó cuando el sargento Kirk se dirigió a él.
– Mi hijo y yo estamos a su entera disposición, señor teniente.
– Gracias… ¡ah, una cosa! No tenemos agua… ¿es que las cañerías están rotas?
– No. Corté el agua para evitar inundaciones. Usted sabe que las mujeres, con las prisas de la huida, son muy capaces de dejarse abiertos todos los grifos de la casa…
Rieron.
Todos, incluso los soldados que, respetuosamente, escuchaban la conversación.
Todos menos Kirk.
El sargento no movió un solo músculo de la cara. Su mirada seguía clavada en el rostro del hijo del alcalde, y cuando Erich miró hacia él, el joven belga volvió rápidamente la cabeza hacia otro lado.
Dremberg hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
– Voy a abrir inmediatamente el paso del agua. Si necesita alguna cosa más…
– Muchas gracias.
Se alejaron los dos belgas.
Diez minutos más tarde, tras una sonora salida de aire, el grifo soltó un potente chorro de agua. Los soldados primero, luego los dos suboficiales y el teniente se apresuraron a llenar sus cantimploras, lavándose después los rostros ennegrecidos por el polvo.
Kirk no se acercó a la fuente. Tenía sed, tanto como los demás y ganas de refrescar su piel quemada por el sol, mancillada por el polvo. Pero no dio ni un paso hacia la fuente. Y cuando, solícito, sonriente, uno de sus soldados, Ben Otway, se acercó a él ofreciéndole su cantimplora, el sargento movió negativamente la cabeza.
– No, gracias, no tengo sed.
Fue después junto al cuerpo de Thomas. Foster se reunió con él. Al ver al teniente, Richard dijo:
– Podríamos darle sepultura en las afueras del pueblo, ¿no le parece, señor?
– Perfectamente.
– Mi pelotón lo hará, mi teniente, si no ve usted inconveniente.
– De acuerdo.
Andrew y Abraham llevaron el cuerpo hasta las afueras del poblado. El sargento halló un sitio adecuado y, con su pala de combate, contribuyó, lo mismo que sus hombres, a dar sepultura a Thomas.
– Hemos de ponernos en marcha…
Los hombres ya estaban dispuestos, con las armas en bandolera, los cascos sobre la cabeza. Winston se había lavado y vendado los pies y se hallaba preparado para la nueva marcha.
Richard se acercó al oficial, cuadrándose ante él.
– Si me lo permite, mi teniente -dijo-, desearía formar la retaguardia…
– Me parece bien.
Foster se volvió hacia los otros jefes de pelotón, alzando la mano:
– Adelante… paso maniobra… ¡MARCH!
Los hombres esperaron hasta que el oficial pasó delante, luego se pusieron a andar, arrastrando los pies, más por costumbre que por otra cosa.
Kirk, junto a sus muchachos, esperó, sin moverse, junto a la fuente. Cuando los otros dos pelotones hubieron desaparecido detrás de las últimas casas, volvió el rostro hacia los Tommies y gritó, con voz ronca.
– ¡Fusil al hombro! ¡Paso de maniobra! ¡En marcha!
Dejó que los tres hombres le precedieran. Y con el Long Rifle en la mano, se quedó el último.
No se detuvo hasta que hubieron doblado la última esquina; entonces, con voz silbante, pero no muy alta, ordenó:
– ¡Alto!
Los hombres se detuvieron, volviéndose, mirándole con una luz de extrañeza en las pupilas.
Pero él no dio explicación alguna. Se limitó a decir:
– Esperadme aquí. Vuelvo en seguida.
Erich se separó de la ventana; una sonrisa de triunfo flotaba en sus labios.
– Ya se han ido, padre…
– ¡Los muy cerdos! -exclamó Dremberg-. ¡Ojalá hubiera podido envenenar el agua y hacer que reventasen todos!
– Uno, por lo menos, se ha quedado aquí… -dijo Erich.
La expresión colérica desapareció como por ensalmo del rostro del alcalde. Puso una mano sobre el hombro de su hijo.
– Diré que fuiste tú, Erich…
– Debiste dejarme el cuchillo.
– No. Otra vez… quise hacerlo yo mismo. Esos puercos no saben que todos nuestros antepasados fueron germanos. Hace sólo cien años que nuestra familia vive en Bélgica. Pero ahora, volverán los hermosos tiempos. Y todos aquellos que han hablado mal de los alemanes, lo pagarán.
– Sobre todo el señor Molinard…
Era el maestro del pueblo. Un francófilo de corazón, un patriota cien por cien.
Dremberg cerró los puños.
– ¡Deja que regrese ese granuja! -dijo con rabia-. ¡No se escapará! ¡Lo prometo!
– ¿Y la bandera, papá? -inquirió entonces el joven.
– Vamos a ponerla ahora mismo. No creo que haya más ingleses en las colinas. Estos son los últimos que han pasado. Tráela, por favor…
Erich se encaminó a un enorme armario que había en la sala de reuniones, abrió las pesadas puertas, hurgó en el interior y extrajo, con cuidado, una bandera con la cruz garuada. Su padre la cogió en sus manos con verdadera veneración.
– Voy a colgarla ahora mismo.
Fue hacia el balcón, abriéndolo de par en par, salió al exterior y colocó la anilla superior en el mosquetón de la cuerda, que cerró con fuerza.
Detrás de él, Erich se puso firmes y levantó el brazo derecho en alto.
El alcalde empezó a tirar del cabo. La seda comenzó a desplegarse, subiendo lentamente hacia lo alto del mástil.
En la cuadrícula del dispositivo telemétrico se dibujó con una claridad notable, la silueta del alcalde en el balcón.
Una mueca, más que una sonrisa, entreabrió ligeramente los finos labios del sargento Kirk.
Apuntó con cuidado.
En sus manos, el Long Rifle se movió con una lentitud desesperante, pero sin vacilación ni temblor alguno. El hombre y el arma formaban un solo cuerpo.
Sólo cuando vio, en parte, la esvástica, entre los pliegues sedosos de la bandera, Richard tuvo como un sobresalto. Los músculos de su cuerpo se pusieron rígidos y, escapando entre sus dientes apretados, el aire silbó como al salir de una válvula.
Un calor intenso, como un brusco ataque de fiebre, le quemó las sienes. El odio le hacía daño, como si una bestia extraña le mordiera en el pecho.
Pero aquella súbita reacción no duró mucho. Casi en seguida, su espíritu de cazador se sobrepuso y una gran paz se extendió por su cuerpo. Volvió a convertirse en la rígida estatua de siempre, y en el visor telemétrico, la silueta de Dremberg se reflejó sin que la lente se moviera una décima de milímetro.
Contuvo la respiración.
La cruceta estaba ahora sobre la redonda y germánica cabeza del alcalde. El punto central se había detenido sobre la boca. Porque Kirk sabía que la trayectoria sería ascendente y que la bala había de estallar en el cerebro de aquel canalla.
Una bala dum-dum, que había preparado cuidadosamente, como las otras que guardaba, escondidas, preparadas desde que vio el cuerpo mutilado de Harold, antes de que la tierra de Francia lo cubriera para siempre.
Apretó el gatillo.
III
Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el Oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.
Dejando tras ellos el profundo carril de sus orugas, los tanques del Grupo de Ejércitos A, mandado por Von Rundstedt, habían roto el frente aliado en Las Ardenas, atravesando luego el Mosa para, realizando entonces lo que se llamó «movimiento de bisagra», lanzarse, no hacia París (como prevenían los viejos planes de invasión), sino hacia el Atlántico.