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La risa cantarina de Gilda la acompañó durante toda la salida del Instituto Nefer, y cuando ya era sonrisa se le borró al descubrir a Carvalho como obstáculo en el camino que la llevaba a su coche. Ella fingió no reconocerle, pero Carvalho se presentó con tal riqueza de connotaciones y evocaciones que Gilda tuvo que poner a su altura el entusiasmo del reencuentro.

– Si Usted se va, me haría un favor acercándome a la ciudad. He venido sin coche porque desconocía exactamente la ubicación de este prodigio. En media hora he visto salir unas veinte mujeres de portada de Hola.

Gilda conducía doblemente preocupada, por las colas de coches que trataban de meterse en la Ronda de Dalt y por la presencia de Carvalho a su lado, muy relajado, con las manos en la nuca y el cuerpo estirado para desperezarlo.

– Todo lo que podía decirles sobre mi hermana ya está dicho.

– Hay cuentas que no me salen, señora Mushnick.

– En el centro de estética Usted se ha inscrito como señora Mushnick.

– Mi marido es algo especial y le molestan los gastos superfluos.

Gilda conducía doblemente preocupada, por los coches y por la presencia de Carvalho, a su lado, muy relajado, con el cuerpo estirado para desperezarlo

Carvalho se volcó hacia adelante para mirarla.

– ¿Superfluos? Quizá él tenga razón. Usted no necesita ningún tratamiento para parecer una estrella de cine. ¿También quiso Usted ser estrella de cine?

– Ese papel lo tenía reservado Helga. Yo me he realizado plenamente: mi marido, mis hijos.

– Sus hijos.

Gilda se volvió hacia él y le miró desafiante.

– Mis hijos, sí.

– Las cuentas no me salen, señora Olavarría.

– Mushnick, si no le importa.

– ¿En qué quedamos? Hijos sí, maridos no. Un antiguo grito subversivo. Repito que las cuentas no me salen. Según los datos oficiales Usted ha concebido y parido dos hijos, un varón y una hembra, a cargo de Bobby Olavarría, que es como suelen llamar a su esposo. Pero con Ustedes viven tres; el tercero es otro muchacho. Se añadió un varón de unos quince años. Se sumó a sus vidas hace… ¿Cuánto hace? ¿Es un niño adoptado?

– Digamos que sí.

– Digamos que no.

Ella no tuvo valor para sostenerle la mirada y metió el coche en el primer parking que encontró, uno de esos parkings, pensó Carvalho, realizados según un pacto entre dos delincuentes, el Ayuntamiento y el propietario del inmueble, con el fin de, por una parte, conseguir albergar el mayor número de coches posibles y, por otra, obligarles a rozar paredes o arañar a otros coches, y así enriquecer a todos los talleres de chapa de la ciudad. La mujer dejó el coche en reposo con la chapa del lado izquierdo vista para peritaje del seguro. Carvalho había permanecido mudo mientras ella se empeñaba en fregar todas las paredes de aquel matadero de coches. Gilda se relajó y echó la cabeza atrás. Estaba muy bonita. Era muy bonita.

– Helga me lo trajo hace ocho años, quizá nueve. No podía alimentarlo. Yo hacía milagros para ayudarla, pero ella no se ayudaba a sí misma. Me horrorizaba ver a mi hermana en aquel estado.

– Su marido. ¿Aceptó al chico?

– A regañadientes. Pero eso no es nuevo en él. Lo acepta todo a regañadientes. Vive a regañadientes. Reza a regañadientes.

– ¿Reza mucho?

– En el Opus Dei se reza mucho. O al menos mi marido pertenece al sector rezador.

– Nunca lo hubiera imaginado. Pero sin duda rezan por teléfono o por Internet o por fax. Es un catolicismo moderno. Lo que no puedo creerme es que Helga le haga entrega de su hijo y luego no se interese por él, que no trate de ponerse en contacto con Usted

– Fue la condición que impuso mi marido. No la soportaba. Helga representaba todo lo que no puede soportar en una mujer, y sobre todo el descaro y la falta de complejo de culpa.

– ¿Por qué se vino Helga a España? ¿Por qué se vinieron Ustedes?

Quiere pensar lo que va a decir, Gilda, y examina a Carvalho como si ponderara sus méritos para recibir confidencias.

– Mi marido tuvo que venirse en cuanto se acabaron los milicos ¿No más milicos? No más Olavarría. Había desempeñado cargos durante la dictadura y a mí al principio no me importaba, porque tampoco me importaba él, si hay que ser sincera, pero a medida que se iba hundiendo el tinglado Bobby se iba poniendo nervioso, y en cuanto el fiscal Strasera empezó a organizar los procesos, nos vinimos a España.

Carvalho le agradece con la cabeza la prueba de confianza y pone blandura del mejor amigo de la chica cuando le pregunta.

– Su hermana se vino porque temía algo de los militares y Ustedes se fueron de Argentina porque su marido tenía miedo de la democracia.

– Algo por el estilo, aunque a ciencia cierta nunca conocí los motivos de Helga. Miedo. Miedo sí tenía, y el rechazo que sentía por Bobby a veces más que rechazo me parecía miedo.

– ¿Le habló alguna vez su hermana de Rocco? ¿Un antiguo profesor?

– Tonteó con él. No nos separaban demasiados años y recuerdo lo impresionado que estaba aquel hombre por mi hermana. Ojalá hubiera seguido con él. Su vida hubiera sido normal.

– Y ahora irían las dos hermanas juntitas a hacerse los masajes en el Instituto de Belleza Nefer. ¿No ha visto últimamente a Rocco? Puede que le hayan matado. Ha desaparecido.

Se aguantaron la mirada, pero ella volvió a esconder los ojos cuando Carvalho la sorprendió con la pregunta.

– ¿Quién era el padre del chico de Helga?

17. ¿HE DE COMERME ESA TUNA?

Pepita de Calahorra no tiene suficiente cuello para volcar la cabeza hacia atrás y expresar en su justa medida el impacto del salero de Aquiles. "¡Qué hombre!", exclama, o "¡este hombre!". Comparte su alegría Biscúter, semioculto tras el demasiado alto vaso lleno de Ron Collins. "¡Ojo!", ha insistido Biscúter, "¡Ron Collins!, no Tom Collins". Le ha guiñado el ojo el gordo.

– Vos sí que sabés beber, pibe.

Ha sido entonces cuando Pepita de Calahorra le ha preguntado a Aquiles.

– ¿Cómo consiguió tantos kilos sin morir en el empeño?

– Cuando yo era pibe era flaquito, flaquito, y mi abuelita venga darme de comer.

– ¿Y así hasta ahora?

– Es que mi abuelita aún vive y cada mañana me pesa, y pobre de mí si bajo ni medio kilo.

Se partía de risa Pepita de Calahorra y contribuía al jolgorio Biscúter, ¡qué fermo!, ¡qué esprit!

Lloraba la de Calahorra y lloraba también Aquiles, y de las lágrimas pasó a la nostalgia previo recorrido visual por lo que quedaba de La Dolce Vita.

– Cuando me recuerdo a mí mismo en este local, hace cuarenta años, y a vos, Pepita, una dama joven, casi una niña, revoloteando mientras cantaba Volare. Yo, yo cerraba los locales de Barcelona todas las noches.

– Toma, y yo los de Andorra.

Intervino Biscúter sin conseguir desviar el río evocador del gordo vestido de blanco.

– Son los mejores años de la vida, aquellos que te permiten ser irresponsable, loco, si se quiere. Y por eso, cada vez que regreso a Barcelona vuelvo a La Dolce Vita y me entristece que esas ruinas, ¡ay dolor!, que ahora vemos, ruinas son del más famoso cabaret de Barcelona. Si tuviéramos ojos mágicos, entre las sombras de las cuatro esquinas de este local veríamos los rostros de cuantos fueron felices aquí. Recuerdo a una muchacha, a una compatriota, una preciosidad argentina que había sido muy promocionada en Buenos Aires para hacer de Emmanuelle, la Emmanuelle argentina. La vi aquí, aquí, sobre esa peana que contemplamos. ¿Diez años? ¿Ocho?

– Diez años bien bien.

Apuntaló Pepita el recuerdo de Aquiles y precipitó su instalación en la melancolía.

– ¡Diez años, ya!

Alzó el vaso y forzó el brindis con Biscúter. Secundado por Pepita. Luego cogió una mano de Pepita y se la besó, pero no se la soltó, poniendo brillo de prometedoras malicias en sus ojos.

– Devuélvame la mano. No se la coma como si fueran butifarrons, que usted se come todo lo que pilla.

Aquiles canturreó:

He de comerme esa tuna

he de comerme esa tuna

he de comerme esa tuna

aunque me cueste la mano

Pepita de Calahorra retiró la mano, falsamente molesta.

– No me diga groserías. Ya sé lo que quiere decir "la tuna".

– Me la comería con pinchos y todo. Carpe Diem!

– Qué culto me está saliendo mi caníbal.

– Longa est vita si plena est.