– Todos los días aparecen vagabundos muertos y cualquier policía del mundo procura no gastarse ni veinte pesos en descubrir quién ha sido.
Se va el gordo, pero se vuelve desde la puerta. Señala a Olavarría.
– Osorio, controle a su socio, ya ha cometido muchas tonterías, yo me cuido de todo lo demás.
Salió a la calle y se dirigió hacia Galerías Condal, donde abría una tienda de productos argentinos. Compró diarios atrasados, revistas de sociedad, una lata de dulce de leche que pensaba comerse en el hotel a cucharadas y al recuperar el Paseo de Gracia compró diarios de la ciudad y tuvo ojos para compartir un desayuno en el Tapa-Tapa de la esquina Paseo de Gracia-Consejo de Ciento con la noticia de que se había encontrado el cadáver de Rocco.
– La madre que les parió. Son unos aprendices.
Tomó el primer taxi que pasó y lo dirigió hacia el encuentro de Conde del Asalto con Peracamps. El taxista pertenecía a la raza de taxistas partidarios del monólogo. Yo ese barrio me lo sabía de memoria, y cuidado que es complicado, pero ahora cada día que pasa tiran una manzana, abren una calle y la gente sigue siendo la misma, la misma escoria en las esquinas. Las viejas putas ya no saben dónde poner el culo. Les han quitado las fachadas de detrás y están allí horas y horas aguantándose en una patita, luego en la otra. Les han crecido las varices. Casi les veo las varices desde el coche cuando paso a hacer algún servicio. ¡Tiempo, tiempo, tiempo!, comentó el gordo melancólicamente. Compensó con una buena propina la oratoria del taxista y, bamboleándose sobre sus pies pequeños, se adentró en lo que quedaba en la calle de las Tapias en busca de La Dolce Vita. Estaba Pepita de Calahorra dando de comer cabezas de sardinas cocidas a los doce gatos del local y se puso en tensión cuando asomó por la puerta la cara de bebé inflado del gordo.
– ¿Otra vez aquí? ¿No quedamos en vernos lo menos posible?
– Si vengo es porque es necesario.
Se fue el gordo por la ex estrella de la canción melódica y ella dio un paso atrás.
– Tú a mí no me vuelves a hostiar.
– ¿Quién habla de hostiar? Vengo a que me recites la lección por si te la sabes y te la pregunta la policía.
– ¿La policía?
En La Dolce Vita estaba Pepita Calahorra dando de comer cabezas de sardinas a los doce gatos del local y se puso en tensión cuando asomó por la puerta la cara de bebé inflado del gordo.¿ "Otra vez aquí? ¿No quedamos en vernos lo menos posible?"
– La policía. ¿Tuvo usted escondido a Rocco Cavalcanti porque se lo pidió Helga Mushnick?
Pensó Pepita, asomó una lengüita lila en el centro de sus labios y recitó.
– Por una amiga yo habría hecho eso y mucho más. Al fin y al cabo no era un huido de la policía.
– Bien. ¿Hasta cuándo permaneció aquí, en este local?
– Hasta que vino a buscarle Cayetano, el vagabundo que era medio pareja de Helga. Se marchó con él y adiós muy buenas. Se despidió a la francesa.
– Eso de a la francesa es un añadido tuyo.
– En España se dice marcharse a la francesa cuando alguien se va sin despedirse.
Adelantó el gordo un dedo que parecía el cañón de una pistola y apuntó a Pepita.
– Han encontrado el cadáver de Rocco y depende de que tú sigas erre que erre en esa historia, sobre todo en el detalle de que se marchó porque le vino a buscar Cayetano, ¿no es cierto?
Pepita estaba horrorizada.
– ¿Muerto? ¿Quién lo ha matado?
– ¿Qué te parece?
– ¿Tú?
El gordo aspiró aire como si acumulara paciencia, pero de pronto, con una desenvoltura gestual impropia del espacio que ocupaba en el mundo, lanzó un puñetazo contra el tercer estómago de Pepita de Calahorra.
– ¡Gil! ¡Serás gil! ¿Quién ha podido matar a Rocco si se ha marchado con Cayetano?
– Cayetano.
Hacía pucheros la mujer y el gordo le metió en el escote cinco billetes de diez mil pesetas que sacó del bolsillo derecho de su chaqueta, como si lo llevara siempre lleno de dinero. Se sacó Pepita los billetes de su escondite y, cuando los contaba, la manaza de Aquiles se tragó una de sus muñecas como si fuera una planta carnívora y la boca cloaca del gordo se acercó a la mujer para remacharle las últimas consignas.
– Pórtate bien y yo me portaré bien. Donde mueren dos, muy bien pueden morir tres.
Esta vez el taxista era mudo y Aquiles pudo recrearse en la contemplación de los paisajes de la Barcelona abierta al mar, aquella ciudad que visitara en los años cuarenta como cadete de la Marina argentina, una escuela de valor y cultura militar que le había marcado para toda la vida. La España de los años cuarenta era como Rumania, pensó el gordo; peor, era como Albania. Los cadetes tiraban latas de carne en conserva sobre los muelles y las gentes se echaban por los suelos para conseguir aquellas joyas.
– ¡Argentina volverá a ser la madre vaca y surgirá una nueva argentinidad!
El taxista no compartió su entusiasmo y se limitó a dejarle al comienzo de la Avenida Don Juan de Borbón, frente al Club de Natación de Barcelona, en el arranque de la escollera. Esperó a que el coche se marchara para avanzar hacia un almacén sellado por puertas metálicas acanaladas y dio seis patadas sobre la chapa. Un rato después le devolvieron las seis patadas desde dentro y la puerta se fue alzando para mostrar el abandono cavernario de un almacén. A espaldas del gordo volvió a descender el telón de acero y el mudo portero encendió una linterna para abrirle camino mientras le señalaba con monosílabos las trampas que podía encontrar con sus pies. Por unas escaleras de chapa granulada ascendieron al primer piso de la nave. Allí sí había iluminación, la suficiente para que el gordo sumara a los seis talludos hombrones que le esperaban. Señaló a Pascualet.
– Tú, ¿qué haces aquí? ¿Quieres liarlo todo? Acabas de salir de Jefatura de Policía y vienes al redil. Boludo. De vacaciones. Vete a Madrid una temporada a zurrar centracas negros o pulastros, maricones, para entendernos. Vosotros cinco, seguidme.
Desgajado Pascualet, no resignado, gesticulante, furioso, el buen pastor no le hizo caso y habló a sus ovejas.
– Hay que dar algún susto. Sin miedo no es posible la civilización. Un susto a un huelebraguetas y algo más que un susto a una profesora subversiva que no merece vivir.
19. VÍCTIMAS DE LA BEBIDA O DE LA METAFÍSICA
En cuanto Gualterio dijo "te voy a abrir el corazón, Plegamáns", Biscúter supo que, en efecto, le iba a abrir el corazón, y no le sorprendió que el agente artístico se desabrochara la camisa y le enseñara el tórax lleno de extrañas cicatrizaciones.
– Te dije que esa mujer estuvo a punto de ser mi perdición y aquí tienes la prueba. Había pasado casi un año, quizá año y medio, desde la última vez que se había arrastrado por aquí buscando un trabajito y entraron en el despacho dos o tres matones exigiéndome que les dijera dónde estaba. Yo no lo sabía. No se lo creyeron. Me quemaron el pecho con cigarrillos y luego con un soplete. Finalmente se convencieron de que yo nada sabía y me dejaron, tan jodido, tan poquita cosa, tan mierda, Plegamáns, que me volví a Andorra, a esconderme donde pude, y hasta tuvieron que intervenir varios psiquiatras para sacarme de la depresión.
Y como callara Gualterio, Biscúter le conminó: "¿Eso es todo?". "Eso es todo", confirmó el otro bajando la cabeza, inclinando incluso el cuerpo bajo el peso de sus pasados terrores. Biscúter decidió que era el momento de tener una reunión balance con Carvalho, según un timing que expuso por teléfono a su socio, adormilado en la otra orilla telefónica de Vallvidrera.
– Ha habido un tiempo de indagaciones por separado, ahora habría que reunir lo sabido y partir en nuevas direcciones, sobre todo después de la aparición del cadáver de Rocco. ¿No lo sabía, jefe? Lo acaban de dar por la radio. Yo escucho la radio desde que terminan los programas deportivos hasta que empiezan los programas deportivos del día siguiente.
– ¿Sólo duermes mientras hablan los deportes?
– No. Al contrario, son los que más me gustan.
Biscúter consiguió que Carvalho se sentara para facilitarle el balance de sus pesquisas, abiertas todavía y con varias derivaciones que podían llevarles a sorprendentes resultados.
– Séase que habíamos convenido, jefe, en que Dorotea Samuelson se movía porque Rocco, su ex marido, la había puesto en marcha, deduzco que la susodicha Samuelson ha de saber mucho más de lo que ha dicho e incluso que quizá pueda sentirse en peligro. En el mundo de la farándula he encontrado tres personajes que tuvieron que ver con la muchacha que pudo ser Emmanuelle. Gualterio, el agente artístico. No hace ni media hora que ha cantado y me ha dicho que ayudar a Helga estuvo a punto de costarle la salud. Pepita de Calahorra, la gran estrella de la canción melódica y propietaria terminal de La Doce Vita, seguro que algo tuvo que ver con Helga hasta hace poco y, además, se reunió con un argentino gordo y rico que se hizo el longuis preguntando inocentemente si conocía a Helga. ¿Va atando cabos, jefe? Esta tía, que en paz descanse, la Emmanuelle, era más peligrosa que el sida, y bastaba rozarse con ella para buscarte la perdición. Por otra parte, esto se ha llenado de argentinos que lo saben todo sobre Helga Mushnick. Usted que tiene otra pinta, tan diferente de la mía, debería sorprender a la Samuelson en la universidad mientras da clase. Así no tendría escapatoria.