—Seguramente, no; pero adora su posición. Se comportaría correctamente. Es una mujer que tiene tanto de ambiciosa como de bella, lo cual no significa una catástrofe. El duque pudiera haberse casado muy fácilmente con alguna muchacha de su misma clase que le hubiese aceptado por las mismas razones...; pero entonces nadie hubiera dicho ni una palabra.
—Eso es verdad, pero...
—Y supongamos que se case con una muchacha que le ame apasionadamente. ¿Es acaso esto gran ventaja? A menudo he observado que es una verdadera desgracia para un hombre casarse con una mujer que le adore. Le hace escenas de celos, le pone en ridículo, insiste en solicitar a cada momento toda su atención. ¡Ah, mon ami, no es un camino de rosas! La experiencia me lo hace decir.
—Poirot —dije—, eres un viejo cínico.
—Mais non, mais non; sólo expongo algunas reflexiones. Fíjate que, en realidad, yo estoy de acuerdo con la excelente mamá.
No pude contener la risa al oír calificar así a la altiva duquesa. Poirot permaneció muy serio.
—No hay por qué reír. Todo esto es de la mayor importancia. Tengo que reflexionar, tengo que reflexionar mucho.
—No veo qué puedes hacer en ese asunto —dije. Poirot no me hizo caso.
—¿Te has fijado, Hastings, en lo bien informada que estaba la duquesa? ¡Y qué vengativa! Conoce todas las pruebas que hay en contra de Jane Wilkinson.
—Todas las que hay en contra; pero no las que hay a favor —dije sonriendo.
—¿Cómo se habrá enterado?
—Jane se lo habrá dicho al duque, y el duque a ella —sugerí.
—Sí, es posible.
El teléfono sonó estridentemente. Cogí el receptor. Mi única palabra fue «sí», a intervalos regulares. Al final, colgué el aparato y me volví, muy excitado, hacia Poirot:
—Era Japp. Primero, que eres, como de costumbre, el «mejor». Segundo, que tiene un cable de América. Tercero, que ha encontrado al chófer. Cuarto, otra vez que eres el «mejor» y que tuviste una inspiración genial al decir que había un hombre en todo esto. Me olvidé de contarle que habíamos tenido una visitante que dice que la Policía está corrompida desvergonzadamente.
—Conque, al fin, Japp está convencido, ¿verdad? —murmuró Poirot—. Es curioso que la teoría de haber un hombre en el asunto se confirme en el mismo momento en que me inclino por otra.
—¿Por cuál?
—Por la de que el motivo del asesinato de lord Edgware puede no tener nada que ver con lord Edgware mismo. Imagínate que alguien odie a Jane Wilkinson, que la odie tanto que desee verla ahorcada por asesinato... C'est une idee, ça —suspiró. Luego, levantándose, dijo—: Vamos, Hastings, vamos a oír lo que nos tiene que decir Japp.
Capítulo XX
El chófer del taxi
Encontramos a Japp interrogando a un viejo de hirsutos bigotes, sobre cuya nariz bailaban unas gafas. Su voz era bronca y tristona.
—¡Ah! ¡Ya lo tenemos! —dijo el inspector—. Todo va viento en popa. Este hombre es el chófer de un taxi que fue alquilado por dos personas, un hombre y una mujer, en la noche del veintinueve de junio, en Long Acre.
—Así fue —dijo el chófer, llamado Jobson—. Por cierto que era una noche maravillosa, pues había hasta luna. La joven y el caballero estaban junto a la estación del Metro cuando me hicieron parar.
—¿Iban vestidos de etiqueta?
—Él llevaba chaleco blanco y la mujer un traje completamente blanco, con pajaritos bordados. Debían de salir de la Royal Opera.
—¿Qué hora era?
—Poco antes de las once.
—¿Qué más?
—Me dijeron que les llevase a Regent Gate y que, una vez allí, ya me indicarían la casa. ¡Ah! También me dijeron que fuera deprisa. Todos los pasajeros recomiendan lo mismo, como si a uno pudiera convenirle ir despacio. Cuanto más deprisa se va, más probabilidades hay de hacer otro viaje, lo cual es un beneficio para el chófer. Pero no se les ocurre pensar en esto, y si por desgracia sucede un accidente, entonces lo ponen a uno verde por correr tanto.
—Dejemos eso —dijo impaciente Japp—. Aquella noche no ocurrió ningún accidente, ¿verdad?
—No —dijo el hombre, como temeroso de tener que abandonar sus quejas—. No ocurrió nada —y añadió—: Como iba diciendo, fui a Regent Gate en menos de siete minutos, y al llegar frente al número ocho, creo que fue ese el número, el caballero golpeó en los cristales, indicándome que me detuviera. Lo hice así y bajaron del coche el caballero y la señora. Él se quedó junto a la portezuela, diciéndome que esperase. La señora atravesó la calle y se dirigió hacia arriba por la otra acera. El caballero, que estaba junto a mí, pero de espaldas, la siguió con la vista. Unos minutos más tarde lanzó una exclamación, y al volverme, vi que se alejaba. Le observé por si acaso intentaba estafar-me, cosa que ya me había ocurrido alguna vez, y le vi entrar en una casa de la acera de enfrente.
—¿Estaba la puerta abierta?
—No; me fijé que sacaba una llave y que abría.
—¿Qué número tenía aquella casa?
—Creo que el diecisiete o diecinueve, no estoy seguro. Yo seguí esperando en el mismo sitio, y a los cinco o seis minutos salieron juntos de la casa el caballero y la señora subieron al coche y me ordenaron que les llevase a la Covent Garden Opera House. Cuando llegamos, me pagaron el viaje y se apearon. Por cierto, que me dieron una estupenda propina. Nada, que, como les he dicho a ustedes, aquélla fue una noche deliciosa, por lo menos para mí.
—Muy bien —dijo Japp—. Ahora, ¿quiere hacerme el favor de mirar estas fotografías y decirme si entre ellas está la joven que llevó usted en el taxi?
Y le mostró una docena de fotografías de mujeres jóvenes, más o menos iguales.
—Ésta es —dijo Jobson, señalando con mano segura un retrato de Geraldine Marsh en traje de noche.
—¿Está usted seguro?
—Completamente seguro. Era una joven morena y muy pálida.
—Está bien. Ahora vayamos por el hombre. Enseñaron a Jobson otra serie de fotografías.
—Tal vez fuera uno de estos dos —dijo al cabo de un rato de vacilación—; pero no estoy seguro.
Entre las fotografías que se le habían mostrado había una de Ronald Marsh, pero Jobson no la escogió. De todas maneras, las que había indicado eran de dos hombres de tipo muy parecido al del nuevo lord Edgware.
El chófer se retiró y Japp arrojó los retratos sobre la mesa.
—Bueno, ya ha ido bastante bien esto; pero me habría gustado más que hubiese identificado al capitán Marsh por completo. Por más que el caso está clarísimo. Nada, que se han inutilizado unas cuantas coartadas. Fue usted muy listo, Poirot, cuando se le ocurrió la idea de llamar a los chóferes.
Poirot dijo modestamente:
—Al enterarme de que ambos primos habían ido a la Opera, tuve como probable que se hubiesen encontrado allí durante uno de los entreactos, siendo muy natural que los que les acompañaron aseguren que no abandonaron el teatro; pero en la media hora que suele durar el intervalo hay tiempo más que suficiente para ir y volver a Regent Gate. Desde el momento en que el novel lord Edgware se mostraba tan seguro de su coartada, comprendí que algún cabo quedaría suelto.
—Es usted el hombre más suspicaz que he conocido —dijo Japp afectuosamente—. De todas maneras, tiene usted razón: nunca se es bastante desconfiado en un mundo como el nuestro. Ahora fíjese usted en esto, que ya es lo único que nos faltaba para convencernos de que el capitán Marsh es nuestro hombre —y le tendió un papel—. Es un cable de Nueva York —siguió—. La Policía de allí se entrevistó con miss Lucy Adams, quien recibió la carta de su hermana. Como no era preciso que nos enviase el original, el agente que la visitó sacó copia de ella y la ha cablegrafiado. Éste es el cable, y como usted verá, es de lo más condenatorio.