A Darcy le pareció que los miembros del jurado habían oído con anterioridad la historia de Pratt, lo mismo probablemente que todo Lambton y la aldea de Pemberley, además de otras más lejanas, y su declaración estuvo acompañada de ruidos de fondo, carraspeos y suspiros comprensivos, sobre todo cuando detalló el sufrimiento de Betty y Millie. No hubo preguntas.
Llamaron entonces a declarar al vizconde Hartlep, que prestó juramento con gran solemnidad. El coronel contó brevemente, pero con voz firme, su participación en los acontecimientos de aquella noche, incluido el hallazgo del cadáver, declaración que posteriormente reiteraría Alveston, también sin emoción ni florituras, y en último lugar, Darcy. El juez de instrucción preguntó a los tres si Wickham había dicho algo, y los tres repitieron su admisión de culpabilidad.
Antes de que nadie más tuviera ocasión de hablar, Makepeace formuló la pregunta fundamentaclass="underline"
– Señor Wickham, usted mantiene resueltamente su inocencia en el asesinato del capitán Denny. ¿Por qué, entonces, cuando lo encontraron arrodillado junto a su cuerpo, dijo más de una vez que lo había matado y que su muerte era culpa suya?
El aludido respondió sin vacilar:
– Porque, señor, el capitán Denny abandonó el cabriolé disgustado por mi plan de dejar a la señora Wickham en Pemberley sin que esta hubiera sido invitada ni hubiera anunciado su presencia. También me parecía que, de no haber estado ebrio, tal vez habría evitado que abandonara el coche y se internara en el bosque.
Clitheroe susurró a Darcy:
– En absoluto convincente, el muy necio confía demasiado en sí mismo. Tendrá que hacerlo bastante mejor durante el juicio si quiere salvar el cuello. ¿Tan embriagado estaba?
Con todo, nadie planteó preguntas, y pareció que Makepeace aceptaba dejar que el jurado se formara sus propias opiniones sin contar con sus comentarios, y se cuidó mucho de animar a los testigos a que especularan largamente sobre lo que Wickham había querido decir exactamente con sus palabras. Brownrigg, el jefe de distrito, fue el siguiente en declarar, y se demoró con fruición en los detalles de las actividades policiales, incluidas las pesquisas en el bosque. No habían obtenido ninguna información sobre la presencia de forasteros en la vecindad, todos los residentes en Pemberley y en las cabañas circundantes contaban con coartada, y la investigación seguía su curso. El doctor Belcher, por su parte, declaró recurriendo a su jerga médica, que los asistentes escucharon con respeto y el juez con manifiesta irritación, antes de expresar su opinión, ya en lengua vulgar, de que la causa de la muerte era un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza, y de que el capitán Denny no pudo sobrevivir a una herida tan grave más allá de unos pocos minutos, en el mejor de los casos, aunque resultaba imposible calcular con precisión la hora de la muerte. Se había descubierto una piedra que pudo ser usada por el atacante y que, en su opinión, por tamaño y peso, habría podido causar una herida como la de la víctima si se hubiera usado con fuerza, pero no existían pruebas para relacionar esa piedra concreta con el crimen. Solo una mano se alzó antes de que el médico abandonara el asiento reservado a los testigos.
– Bien, Frank Stirling -dijo Makepeace-, ¿qué es lo que desea preguntar?
– Solo esto, señor. Entendemos que iban a dejar a la señora Wickham en Pemberley para que asistiera al baile la noche siguiente, pero no con su esposo. Deduzco que el señor Wickham no sería recibido como invitado por su hermano político y la señora Darcy.
– ¿Y qué relación tiene la lista de invitados al baile de lady Anne con la muerte del capitán Denny o, para el caso, con lo que acaba de declarar el doctor Belcher?
– Solo que, señor, si las relaciones eran tan malas entre el señor Darcy y el señor Wickham, y si era posible que el señor Wickham no fuera una persona digna de ser recibida en Pemberley, entonces tal vez ello nos indicaría algo sobre su carácter, me parece a mí. Resulta muy curioso que un hombre vete en su casa a un cuñado, a menos que ese cuñado sea un hombre violento o dado a la discusión.
Makepeace pareció considerar brevemente sus palabras antes de replicar que la relación entre el señor Darcy y el señor Wickham, fuera o no la habitual entre cuñados, no tenía nada que ver con la muerte del capitán Denny. Era el capitán Denny, y no el señor Darcy, el que había sido asesinado.
– Intentemos centrarnos en los hechos relevantes. Debería haber planteado su pregunta cuando el señor Darcy declaraba, si pensaba que era relevante. Con todo, el señor Darcy puede ser llamado de nuevo como testigo y responder a la pregunta de si el señor Wickham era, en general, un hombre violento.
Así se hizo, y en respuesta a la pregunta de Makepeace, después de recordarle que seguía bajo juramento, Darcy dijo que, hasta donde él sabía, el señor Wickham nunca había tenido esa reputación y que él, personalmente, nunca lo había visto ejercer la violencia. Hacía algunos años que no se veían, pero cuando lo hacían el señor Wickham había actuado en general como persona pacífica y socialmente afable.
– Supongo que con eso se dará por satisfecho, señor Stirling. Un hombre pacífico y afable. ¿Hay más preguntas? ¿No? En ese caso, sugiero que el jurado delibere su veredicto.
Después de debatirlo durante unos instantes, decidieron hacerlo en privado y, tras ser disuadidos de que la reunión tuviera lugar donde ellos proponían, es decir, en el bar, se dirigieron al patio delantero, donde formaron un corro y pasaron diez minutos hablando en susurros. A su regreso, fueron instados a emitir un veredicto formal. Frank Stirling se puso en pie y leyó algo que llevaba escrito en un cuadernillo, decidido a pronunciar las palabras con la precisión y el aplomo necesarios.
– Estimamos, señor, que el capitán Denny murió de un golpe en la parte posterior del cráneo, y que ese golpe fatal fue asestado por George Wickham y, de acuerdo con ello, el capitán Denny fue asesinado por el susodicho George Wickham.
– ¿Y ese es el veredicto de todos los miembros de jurado? -preguntó Makepeace.
– Lo es, señor.
El juez de instrucción se quitó los lentes tras mirar fijamente el reloj de pared y los depositó en su estuche.
– Tras las formalidades oportunas, el señor Wickham será llevado a juicio cuando se constituya el próximo tribunal itinerante en Derby. Gracias, caballeros, pueden retirarse.
Darcy pensó que un procedimiento que él había temido salpicado de trampas lingüísticas y momentos vergonzosos había terminado siendo una cuestión prácticamente rutinaria, algo así como la reunión mensual en la parroquia. Había habido interés y compromiso, sí, pero no emociones descarnadas ni momentos dramáticos, y debía aceptar que Clitheroe estaba en lo cierto: el resultado era inevitable. Incluso si los miembros del jurado hubieran optado por dictaminar que se trataba de un asesinato por persona o personas desconocidas, Wickham habría seguido bajo custodia por tratarse del principal sospechoso, y las pesquisas policiales, centradas en él, habrían seguido su curso y habrían desembocado, casi con total certeza, en el mismo resultado
El asistente de Clitheroe apareció entonces para hacerse con el control de la silla de ruedas. Tras consultar la hora, este dijo:
– Tres cuartos de hora de principio a fin. Supongo que la vista se habrá desarrollado tal como Makepeace planeaba y, de hecho, el veredicto no podía ser otro.
– ¿Y el veredicto, en el juicio, será el mismo? -preguntó Darcy.
– En absoluto, Darcy, en absoluto. Yo podría montar una defensa muy efectiva. Le sugiero que busque a un buen abogado, y si es posible logre que trasladen el caso a Londres. Henry Alveston puede aconsejarle sobre el procedimiento más adecuado a seguir; mi información, probablemente, estará desfasada. He oído que el joven es algo radical, a pesar de ser el heredero de una antigua baronía, pero no hay duda de que se trata de un abogado listo y exitoso, aunque ya iría siendo hora de que buscara esposa y se instalara con ella en su finca. La paz y la seguridad de Inglaterra dependen de caballeros que vivan en sus casas como buenos señores y terratenientes, considerados con el servicio, caritativos con los pobres y dispuestos, en tanto que jueces de paz, a garantizar la concordia y el orden en sus comunidades. Si los aristócratas de Francia hubieran vivido así, nunca habría estallado la revolución. Pero este caso es interesante, y el resultado dependerá de las respuestas a dos preguntas: ¿por qué el capitán Denny se internó apresuradamente en el bosque? y ¿qué quiso decir Wickham al afirmar que era culpa suya? Aguardaré con interés el curso de los acontecimientos. Fiat justitia ruat caelum. Que tenga usted un buen día.