– ¿Qué ven mis ojos, señora Darcy? ¿Nuestra hermana y el señor Alveston cogidos de la mano a la vista de todas las ventanas de Pemberley? ¿No lo encuentras escandaloso? ¿Qué puede significar?
– Eso lo dejo a su agudeza, señor Darcy.
– Solo puedo concluir que el señor Alveston tiene algo importante que comunicarnos, algo que quiere pedirme a mí, tal vez.
– Pedírtelo no, amor mío. Debes recordar que Georgiana ya no está bajo tu custodia. Ellos ya lo habrán acordado, y acuden juntos no a pedir, sino a contar. Pero sí hay algo que necesitan y esperan: tu bendición.
– La tendrán, desde lo más hondo de mi corazón. No se me ocurre otro hombre al que me complazca tanto llamar hermano. Y esta noche hablaré con Georgiana. No debe haber más silencios entre nosotros.
Juntos, se pusieron en pie y observaron a Georgiana y a Alveston, cuyas risas alegres se elevaban sobre la constante música del río, y que corrían hacia ellos sobre la hierba resplandeciente, con las manos entrelazadas.
P. D. James