Volvió a llorar y volvió a pinchar, hasta que el insignificante contenido de su estómago se rebeló. Había que pinchar, pero no podía. Sencillamente, no podía.
En su lugar se arrastró hasta la compuerta para ver qué le enviaban en el cubo aquel día. Tal vez fuera algo que pudiera calmarla. ¿O tal vez unas gotas de agua aplicadas sobre el flemón podrían hacer que cesara aquel palpitar tan espantosamente doloroso?
Cuando miró en el cubo vio tentaciones con las que nunca antes se había atrevido a soñar. Dos plátanos, una manzana, una barra de chocolate. Era totalmente absurdo. Así que querían provocar su hambre. Obligarla a que comiera, y ella no podía. No podía y no quería.
La siguiente punzada le hizo enseñar los dientes y casi cayó de bruces. Entonces sacó toda la fruta, la puso en el suelo, metió la mano en el cubo y asió el bidón del agua. Metió el dedo en el agua y lo llevó hasta el flemón, pero el frescor helado no tuvo el efecto esperado. Sentía dolor y tenía agua, pero una cosa no tenía nada que ver con la otra. El agua ni siquiera podía satisfacer su sed.
De modo que se alejó y se tumbó bajo los cristales de espejo en postura fetal, y pidió perdón a Dios con voz queda. En algún momento el cuerpo cedería, lo sabía. Tendría que vivir sus últimos días entre dolores.
También ellos remitirían.
Las voces le llegaban como en un trance. La llamaban por su nombre. Le pedían que respondiera. Abrió los ojos y notó de inmediato que el flemón no le daba guerra y que su cuerpo exhausto seguía tumbado junto al cubo-retrete, bajo los cristales de espejo. Miró fijamente al techo, donde la luz de uno de los tubos fluorescentes había empezado a vacilar débilmente tras el armazón de vidrio del techo. Había oído voces, ¿no? ¿Había oído realmente algo?
– Es verdad, ha cogido algo de fruta -dijo entonces una voz nítida que no había oído antes.
Es real, pensó Merete, demasiado débil para emocionarse.
Era una voz de hombre. No era un hombre joven, pero tampoco viejo.
Levantó la cabeza enseguida, pero no tanto como para que la vieran de fuera.
– Veo la fruta desde donde estoy -declaró una voz de mujer-. Está en el suelo.
Era la que le hablaba una vez al año, aquella voz la reconocería entre mil. Los que estaban al otro lado debían de haberla llamado y después se olvidaron de apagar el interfono.
– Se habrá acurrucado entre las ventanas, estoy segura -continuó la mujer.
– ¿Crees que habrá muerto? Ha pasado ya una semana, ¿no? -preguntó la voz de hombre. Llegaba con total naturalidad, pero no era natural. Estaban hablando de ella.
– De esa cochina no me extrañaría.
– ¿Rebajamos la presión para entrar a mirar?
– ¿Y qué piensas hacer con ella? Todas las células de su cuerpo están adaptadas a una presión de cinco atmósferas. Harían falta semanas para adaptar su cuerpo. Si abrimos ahora no sólo va a sufrir el síndrome del buceador, es que va a reventar. Ya has visto cómo se agrandan sus heces al sacarlas. Y cómo hierve su orina. No olvides que lleva tres años viviendo en una cámara de descompresión.
– ¿No basta con volver a subir la presión cuando veamos que sigue viva?
La mujer no respondió. Pero era evidente que rechazaba por completo tal posibilidad.
Merete respiraba cada vez con más dificultad. Las voces pertenecían a demonios. La desollarían y volverían a coserla eternamente, si pudieran. Se encontraba en el centro del infierno. Donde el tormento nunca cesaba.
Venid, cerdos, pensó, acercando con cuidado la linterna mientras aumentaba el pitido de sus oídos. Iba a ponérsela en los ojos al primero que se le acercara. Cegar al ser infame que osara penetrar en su cámara sagrada. Conseguiría hacerlo antes de morir.
– No vamos a hacer nada hasta que vuelva Lasse, ¿entendido? -repuso la mujer con un tono que no admitía réplica.
– Pero si aún falta mucho. Ella habrá muerto mucho antes -respondió el hombre-. ¿Qué diablos vamos a hacer? Lasse va a ponerse furioso.
Siguió un silencio nauseabundo y opresivo, como si las paredes fueran a comprimirse y aplastarla como una pulga entre dos uñas.
Estrujó la linterna con más fuerza aún y esperó. Entonces volvió el dolor como un mazazo. Abrió los ojos como platos y llevó el aire hasta el fondo de sus pulmones para liberar el dolor mediante un grito reflejo, pero el grito no llegó. Consiguió controlarlo. Tenía una sensación de ahogo, y las ganas de vomitar hicieron que regurgitara un poco, pero no dijo nada. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que las lágrimas fluyeran hacia sus labios resecos.
Yo los oigo, pero ellos no deben oírme, salmodiaba en silencio una y otra vez. Se llevaba la mano a la garganta, se acariciaba la mejilla a la altura del flemón, se balanceaba atrás y adelante y abría y cerraba sin cesar la mano que tenía libre. Aquel infierno de dolor llegaba hasta cada fibra nerviosa de su cuerpo.
Entonces llegó el grito. Tenía vida propia. El cuerpo lo deseaba. Un grito hueco y profundo que duraba y duraba.
– Está ahí, ¿me oyes? Ya sabía yo.
Después se oyó el clic del interruptor.
– Sal, que te veamos -ordenó la repugnante voz de mujer del otro lado, y fue entonces cuando se dieron cuenta de que algo no iba bien-. Oye -dijo la mujer-. El botón se ha atascado.
Se oyó a la mujer golpear el interruptor, pero no sirvió de nada.
– ¿Has estado escuchando lo que decíamos, bruja?
Parecía un animal. La voz era descarnada, estaba gastada por años de dureza y frialdad emocional.
– Ya lo arreglará Lasse cuando vuelva -repuso el hombre-. Tranquila. Además, da igual.
Parecía que la mandíbula fuera a rajarse. Merete no quería reaccionar, pero no podía hacer otra cosa. Tenía que levantarse. Cualquier cosa con tal de no pensar en el palpitante dolor del cuerpo. Se apoyó en las rodillas, notó el desfallecimiento de sus miembros, se apoyó en el suelo y se quedó en cuclillas, volvió a sentir su boca llameante, apoyó una rodilla en el suelo y se levantó a medias.
– Santo cielo, vaya pinta tienes, flacucha -se oyó la voz desagradable del otro lado, que después se echó a reír.
Aquella risa la golpeó como una granizada de bisturís.
– Pero si te duelen las muelas -añadió, riendo-. Vaya, vaya, a esa cochina de ahí dentro le duelen las muelas, mírala.
Merete se volvió de golpe hacia los cristales de espejo. Sólo separar los labios era peor que la muerte.
– Un día me vengaré -susurró, acercando el rostro hasta una de las ventanas-. Me vengaré, ya lo verás.
– Como no comas, pronto arderás en el infierno sin darte esa satisfacción -replicó entre dientes la mujer, pero en su voz había algo más. Era como jugar al gato y el ratón, y el gato no había terminado de jugar. Querían que su presa viviera. Que viviera exactamente hasta que ellos quisieran y no más.
– No puedo comer -gimió.
– ¿Es un flemón? -preguntó la voz de hombre.
Merete asintió en silencio.
– Pues apáñatelas -repuso él con frialdad.
Merete vio su reflejo en uno de los ojos de buey: la pobre mujer que veía ante sí tenía las mejillas hundidas y sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas. La parte superior del rostro estaba torcida por el flemón, las ojeras eran elocuentes. Sencillamente, parecía estar muy enferma, y lo estaba.
Apoyó la espalda contra el cristal y se deslizó poco a poco hasta el suelo, donde se quedó sentada con lágrimas de furia en los ojos y una conciencia recién adquirida de que el cuerpo podía y quería vivir. Tenía que tomar lo que había en el cubo y obligarse a comerlo. El dolor la mataría, o tal vez no, el tiempo lo diría. Desde luego, no iba a darse por vencida sin luchar, porque acababa de hacer una promesa a la bruja repugnante del otro lado, y tenía intención de cumplirla. Cuando llegara su hora pagaría a aquel ser nauseabundo con la misma moneda.