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– Joder, Carl, ¿de qué vas? -gritó Jesper, saltando del sofá-cama.

Carl volvió a excusarse y dijo que había llamado a la puerta, mientras el abismo generacional atravesaba la casa.

– Seguid con lo… vuestro. Sólo quería preguntarte una cosa, Jesper. ¿Sabes dónde están tus viejos juguetes de Playmobil?

Su hijo postizo le dirigió una mirada asesina. Carl se dio cuenta de que era una pregunta inoportuna a más no poder.

Saludó con aire de disculpa a la chica.

– Sí, es que tengo que usarlos para una investigación, por extraño que parezca -repuso, y al volver la mirada hacia Jesper notó que se le clavaban los puñales por todas partes-. ¿Aún guardas las figuras de plástico, Jesper? Te las compraría a gusto.

– Vete a tomar por culo, Carl. Pregúntale a Morten. A lo mejor puedes comprarle alguna, pero ya puedes ir sacando el talonario.

Carl arrugó el entrecejo. ¿Qué tenía que ver el talonario con aquello?

La última vez que Carl llamó a la puerta de Morten Holland debió de ser año y medio antes. Aunque su inquilino se desplazaba por la planta baja como si fuera uno más de la familia, su vida en el sótano siempre había sido sagrada. Además -y aquello era importante- contribuía de lo lindo con el alquiler, y Carl no tenía ganas de saber de Morten y sus costumbres nada que pudiera hacer tambalear su estatus. Por eso lo dejaba en paz.

Pero su inquietud estaba de más, porque en el cuarto de Morten todo era sobriedad, y aparte de los enormes pósteres con un par de tíos como armarios y tías con enormes delanteras, podría haber sido cualquier piso municipal para ancianos.

Preguntado sobre la suerte que habían corrido las figuras Playmobil de Jesper, Morten lo llevó a la sauna, que tenían incorporada todas las casas de Rønneholtparken y que ahora en el noventa y nueve por ciento de los casos se habían desmontado o bien se usaban para almacenar todo tipo de cachivaches.

– Adelante, mira aquí -dijo, abriendo con orgullo la puerta de la sauna para mostrar un espacio lleno hasta arriba de estanterías rebosantes de todo tipo de juguetes que los mercadillos no lograban vender hacía sólo unos pocos años. Figuras de huevos Kinder, figuras de La guerra de las galaxias, figuras de Tortugas Ninja y figuras de Playmobil. La mitad del plástico que había en la casa estaba en aquellos estantes. Después tomó con orgullo dos figuritas con casco-. Mira, éstas son dos de las figuras originales de la serie, de la Feria del Juguete de Nüremberg de 1974. El número 3219 con azada y el 3220 con la porra del agente de tráfico intacta. Qué locura, ¿no?

Carl asintió en silencio. No podría haber encontrado una palabra mejor.

– Sólo me falta el 3218 para completar los oficios. Jesper me pasó las cajas 3201 y 3203. Mira, ¿a que están perfectas? Cualquiera diría que Jesper no las había usado nunca.

Carl sacudió la cabeza. Había sido dinero echado por la borda, o como se diga; era evidente.

– Y me las vendió por un par de miles. Fue muy amable por su parte.

Carl miró fijamente las estanterías. Si de él dependiera, les habría dicho un par de cosas a Morten y a Jesper acerca de cuando cobraba dos coronas a la hora por esparcir estiércol y la salchicha de los puestos ambulantes había subido a una corona y ochenta céntimos.

– ¿Podrías prestarme un par de figuras hasta mañana? A ser posible, ésas -le pidió, señalando a una pequeña familia con perro y todo.

Morten Holland lo miró como si estuviera mal de la cabeza.

– ¿Estás majara, Carl? Eso es la caja 3965 del año 2000. Tengo toda la caja, con casa, balcón y toda la pesca -repuso, señalando la estantería superior.

Era verdad. Allí estaba la casa de plástico, reluciente.

– ¿No tienes alguna otra cosa que puedas prestarme? ¿Hasta mañana por la noche?

El rostro de Morten adquirió una expresión extrañamente perdida.

Con toda seguridad no habría sido muy diferente si Carl le hubiera preguntado si no le importaba que le diera un patadón en la entrepierna.

Capítulo 29

2007

Iba a ser un viernes muy atareado: Assad tenía una reunión por la mañana en el Servicio de Extranjería, que era como había rebautizado el Gobierno al antiguo mecanismo de control, la Dirección de Extranjería, a fin de disfrazar la realidad, y mientras tanto a Carl no iba a faltarle trabajo.

La noche anterior había sacado furtivamente a la pequeña familia de Playmobil de la cámara del tesoro de Morten Holland mientras su dueño trabajaba en la tienda de vídeos, y en aquel momento en que se adentraba en el páramo de Selandia del norte las figuras descansaban en el asiento del copiloto con su mirada fija, de reproche.

La casa de Skaevinge donde encontraron al conductor del accidente, Dennis Knudsen, ahogado en su propio vómito no era, al igual que el resto de las casas del barrio, ninguna maravilla, pero dentro de su estilo chapucero presentaba cierta armonía con sus terrazas, piedras de hormigón aligerado y placas de uralita gastadas que, en cuanto a la elección de material y durabilidad, casaban perfectamente con las ventanas deslucidas, que pedían a gritos una renovación.

Carl esperaba que le abriera la puerta un fornido trabajador de la construcción o su equivalente femenino, pero en su lugar apareció una mujer a finales de la treintena de aspecto tan impreciso y delicado que era imposible saber si frecuentaba los pasillos de la alta dirección o se dedicaba al servicio de acompañamiento en bares de hoteles caros.

Sí, podía entrar, y no, por desgracia sus padres habían muerto.

Se presentó como Camilla y lo condujo a una sala en la que la mayor parte del escenario se componía de platos conmemorativos, minúsculas estanterías y alfombras de pelo largo.

– ¿Qué edad tenían tus padres cuando murieron? -preguntó, tratando de no prestar atención a la fealdad del resto de la casa.

La mujer entendió lo que estaba pensando. Todo lo que había dentro de la casa pertenecía a otra época.

– Mi madre heredó la casa de mi abuela, y la mayoría de las cosas eran de la abuela -explicó. Seguro que su casa no tenía aquel aspecto-. Después la heredé yo, y acabo de divorciarme, así que tengo que ponerla a punto, si consigo encontrar quien me lo haga. Vamos, que me encuentra de pura casualidad.

Del mueble más fino de la sala, un secreter de nogal chapado, cogió una foto enmarcada en la que aparecía toda la familia: Camilla, Dennis y los padres. Sería de por lo menos diez años antes, y los padres resplandecían como dos soles ante el arreglo floral de sus bodas de plata. «Enhorabuena por los 25 años, Grete y Henning», ponía. Camilla llevaba unos vaqueros ajustados que apenas dejaban nada a la fantasía, y Dennis vestía un chaleco de cuero y una gorra de béisbol donde ponía Castrol Oil. Es decir, que, en suma, había banderas, sonrisas y felicidad en Skaevinge.

Sobre la repisa de la chimenea había un par de fotografías más. Preguntó por los que aparecían en ellas, y a juzgar por las respuestas de la mujer la familia no había tenido mucha vida social.

– A Denis le encantaba todo lo que corriera rápido -declaró Camilla, y lo arrastró a lo que en otra época había sido el cuarto de Dennis Knudsen.

Las lámparas de lava y los enormes altavoces eran de esperar, pero aparte de eso la estancia contrastaba con el resto de la casa. Allí los muebles eran de colores claros y casaban bien. El armario era nuevo y estaba lleno de ropa bonita suspendida de las perchas. De la pared colgaban incontables diplomas enmarcados, y encima, sobre la estantería de abedul, estaban todas las copas que había ganado Dennis a lo largo de los años. Carl hizo un cálculo aproximado. Habría cien o más, era bastante impresionante.