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– Hmmm -carraspeó Carl, pensando que tal vez fuera contagioso; pero el otro no dijo nada. A lo mejor había colgado. Después continuó-: Verás, es que he soñado las últimas noches. He revivido varias de las escenas del tiroteo. También la visión fugaz de la camisa. Ahora lo veo con total claridad.

– Vaya -dijo Jørgensen por fin, después de la correspondiente ración de silencio en el otro lado. Tal vez debiera haberse alegrado, aunque fuera poco.

– ¿No quieres saber cuál de las camisas de la mesa era la camisa en la que pienso?

– O sea que, ¿la recuerdas?

– Si puedo recordar la camisa después de recibir un balazo en la cabeza y tener encima 150 kilos de peso muerto paralizado mientras me salpica medio litro de sangre de mis mejores compañeros, entonces también puedo recordar el orden en que estaban las putas camisas hace cuatro días, ¿no crees?

– No me parece muy normal.

Carl contó hasta diez. Era muy posible que no fuera normal en la Calle Mayor de Sorø. Sería por eso que había aterrizado en un departamento con veinte veces más asesinatos que Jørgensen, ¿no?

– También soy bueno en el Memorama -fue lo que dijo.

Se produjo una pausa, la información tenía que abrirse paso.

– Vaya, ¡no me digas! Pues venga, dímelo -concluyó. Joder, qué palurdo.

– La camisa era la que estaba más a la izquierda -declaró Carl-. O sea, la que estaba más cerca de la ventana.

– Vale -aprobó Jørgensen-. Es la misma que señaló el testigo sin dudar.

– Bien, me alegro. Pues eso era todo. Te mando un mail para que lo tengas por escrito.

El tractor del sembrado se había acercado peligrosamente. Las salpicaduras de pis y mierda salían a borbotones de las mangueras dispuestas en el suelo, era una auténtica gloria.

Subió la ventanilla del copiloto y se dispuso a colgar.

– Un momento, antes de que cuelgues -añadió Jørgensen-. Hemos detenido a un sospechoso. Sí, entre compañeros puedo decir que incluso estamos segurísimos de que hemos cogido a uno de los asesinos. ¿Cuándo crees que podrás venir por aquí a hacer una rueda de reconocimiento? ¿Mañana?

– ¿Reconocimiento? No, no puedo.

– ¿Cómo que no puedes?

– Mañana es sábado, es mi día libre. Cuando me despierte me levantaré, me haré un café y volveré a la cama. Eso puede repetirse e incluso durar todo el día, nunca se sabe. Además, no vi a ninguno de los asesinos de Amager, cosa que he dicho cantidad de veces, si te tomas la molestia de leer los informes. Y como la cara del asesino no se me ha revelado en un sueño, puedes imaginarte que sigo sin haber visto al tipo desde entonces. Por eso no voy a ir, ¿te parece bien Jørgensen?

Volvió a producirse la dichosa pausa. Era más enervante que oír a los políticos en sus nauseabundas y lentas parrafadas haciendo una pausa tras cada palabra.

– Allá tú -respondió Jørgensen-. Los que recibieron sus balazos eran tus amigos. Bueno, pues hemos llevado a cabo un registro en el domicilio del sospechoso, y varios de los efectos encontrados apuntan a que la marcha de los acontecimientos de Amager y de Sorø están relacionados.

– Muy bien Jørgensen, buena suerte. Seguiré el caso por la prensa.

– Ya sabes que tendrás que testificar cuando se celebre el juicio, ¿verdad? Lo que une los dos crímenes en primera instancia es que reconocieras la camisa.

– Sí, hombre, ya iré. Buena caza.

Colgó el receptor y sintió una molestia en el pecho. Una sensación más violenta que otras veces. Tal vez habría que atribuirlo al inmenso tufo que había entrado de pronto en el coche, pero igualmente podía ser la antesala de algo que se avecinaba.

Se quedó un rato esperando hasta que la presión remitió un poco. Después correspondió al saludo del campesino desde su fuerte de plexiglás y puso el coche en marcha. Tras avanzar quinientos metros disminuyó la velocidad, abrió la ventana y se puso a jadear en busca de aire fresco. Se llevó la mano al pecho y arqueó la espalda cuanto pudo para hacer que desapareciera la tensión. Después aparcó a un lado y empezó a hacer inspiraciones cada vez más profundas. Había visto en otros ese tipo de ataque de pánico, pero sentirlo en su propio cuerpo era totalmente surrealista. Entreabrió la puerta, juntó las manos delante de la boca para disminuir la hiperventilación, y después abrió la puerta del todo de una patada.

– ¡Me cago en la puta! -gritó, y se encorvó hacia delante mientras salía tambaleándose al borde del camino sintiendo el martilleo de un pistón tras los bronquios. Las nubes giraron y el cielo volteó hacia él. Entonces se dejó caer al suelo con las piernas abiertas y buscó a tientas el móvil en el bolsillo de la chaqueta. Joder, no iba a morirse de un ataque al corazón sin haber intentado hacer algo antes.

Un coche aminoró la marcha en la carretera. No podían verlo allí, al otro lado del talud, pero él los oía.

– Qué raro -dijo una voz, y después siguieron conduciendo.

Si les llego a coger la matrícula, se iban a enterar, fue lo último que pensó antes de perder el conocimiento.

Despertó con el móvil pegado al oído y un montón de tierra alrededor de la boca. Humedeció los labios, escupió, miró confuso alrededor. Se llevó la mano al pecho, donde la presión aún no había cedido del todo, y comprobó que no había sido para tanto. Después se puso en pie como pudo y se dejó caer en el asiento delantero. Aún no era la una y media. O sea que no había estado inconsciente mucho tiempo.

¿Qué ha sido, Carl?, se preguntó, con la boca seca y la lengua el doble de gruesa de lo habitual. Sentía heladas las piernas, mientras que en la zona del torso sudaba a mares. Algo bastante grave le había ocurrido a su cuerpo.

Estás a punto de perder el control, rugió su voz interior cuando se dejó caer en el asiento delantero. Después sonó el móvil.

Assad no le preguntó cómo se encontraba, ¿por qué había de hacerlo?

– Carl, tenemos un problema -fue lo único que dijo mientras Carl juraba para sus adentros.

– Los técnicos no se atreven a retirar la tachadura de la lista de teléfonos de Merete Lynggaard -continuó Assad, infatigable-. Dicen que el número de teléfono y la tachadura están hechos con el mismo bolígrafo, o sea que, aunque los secados sean diferentes, existe demasiado riesgo de que ambas capas desaparezcan.

Carl se llevó la mano al pecho. Se sentía tan mal como cuando se traga aire al beber. Dolía de cojones. ¿Sería realmente un ataque al corazón? ¿O es que daba esa sensación, sin más?

– Dicen que hay que mandar todo a Inglaterra. Parece ser que allí combinan algún procedimiento digital con una maceración química o como se diga.

Debía de esperar a que Carl lo corrigiera, pero Carl no estaba para corregir nada. Bastante tenía con cerrar los ojos y tratar de contrarrestar con la mente los nauseabundos espasmos que golpeaban su pecho.

– Creo que todo eso va a llevar demasiado tiempo. Dicen que no tendremos resultados hasta dentro de tres o cuatro semanas. ¿No te parece mucho tiempo?

Carl trató de concentrarse, pero Assad estaba impaciente.

– Quizá no debiera decírtelo, Carl, pero creo que puedo confiar en ti, o sea que te lo diré: conozco a un tío que puede hacerlo -añadió. En ese punto Assad esperaba alguna reacción, pero se equivocaba-. ¿Sigues estando ahí, Carl?

– Sí, joder -repuso Carl con un susurro, seguido de una profunda aspiración en la que sus pulmones se hincharon totalmente. Cojones, cómo dolía un momento antes de aligerarse la presión. Trató de relajarse y preguntó-. ¿Quién es?

– No puedo decírtelo, Carl. Pero es un tío muy hábil que viene de Oriente Próximo. Lo conozco bastante bien, es hábil. ¿Le encargo el trabajo?

– Espera un poco, Assad, déjame pensar.

Salió tambaleándose del coche y estuvo un rato encorvado con la cabeza colgando y las manos en las rodillas. La sangre volvió al cerebro. La piel de su rostro recobró su color y la presión del pecho fue desapareciendo. Aaah, qué bien se sentía. A pesar del hedor que ocupaba el espacio como una enfermedad, el aire que circulaba entre los setos casi parecía refrescante.