Después colgó bruscamente, dejando a Carl ante un silencio resonante.
A los dos minutos llamó el jefe de Homicidios y le pidió que apareciera por su despacho. No hacían falta más explicaciones, Carl conocía el tono.
Tenía que subir al segundo piso, y además enseguida.
Capítulo 33
La pesadilla empezó ya en el quiosco de la estación de Allerød. El número especial de Gossip para Semana Santa llegaba un día antes de lo normal, y todos los que tenían un mínimo contacto con Carl sabían que había precisamente una foto de él, el subcomisario Carl Mørck, en una esquina de la primera plana justo debajo de la noticia estrella acerca de la inminente boda entre el príncipe y su novia francesa.
Un par de vecinos, incómodos, hicieron como que no lo veían mientras compraban bocadillos y fruta. «Agente de la policía amenaza a periodista», atronaba el titular, y debajo, en letra pequeña, ponía: «La verdad sobre el tiroteo de Amagen».
El hombre del quiosco pareció decepcionado cuando Carl no quiso invertir personalmente en la noticia, pero ya le valía a Pelle Hyttested, y no iba a contribuir a que se sacara los garbanzos a su costa.
En el tren le dirigieron muchas miradas, y Carl volvió a sentir la presión del pecho.
En Jefatura no mejoraron las cosas. Había terminado el día anterior teniendo que dar explicaciones en el despacho del jefe a causa de la huida de Uffe Lynggaard, y ahora volvían a reclamarlo de arriba.
– ¿Qué miráis, papanatas? -gruñó a un par de agentes que no parecían estar precisamente tristes por él.
– Verás, Carl, la cuestión es qué voy a hacer contigo -comenzó Marcus Jacobsen-. Me temo que la semana que viene los titulares van a decir que has sometido a maltrato psicológico a una persona retardada. Te das cuenta de lo que puede inventar la prensa si Uffe Lynggaard muere, ¿verdad?
Señaló el interior de la revista. Había un artículo con una foto de Carl enfadado que un fotógrafo le había hecho unos años antes. Carl recordaba perfectamente cómo expulsó a patadas a la prensa de la zona acordonada en torno al lugar del crimen, y lo furiosos que se pusieron los periodistas.
– Te lo pregunto de nuevo: ¿qué hacemos contigo, Carl?
Carl cogió la revista y ojeó cabreado el contenido del texto inserto entre los colorines de la página. Aquellos periodistas chismosos eran unos descastados, especialistas en arrastrar a un hombre por el fango.
– No he hecho ninguna declaración acerca de ese caso a nadie de Gossip -aseguró-. Lo único que dije fue que habría dado mi vida por Hardy y Anker, nada más. No les hagas caso, Marcus, o pon a trabajar a uno de los abogados.
Alejó la revista de un empujón y se levantó. Lo que había dicho no era más que la pura verdad. ¿Qué carajo pensaba hacer Marcus ante aquello? ¿Despedirlo, tal vez? Conseguiría sin duda unos buenos titulares.
Su jefe lo miró resignado.
– Han llamado del magacín policíaco Comisaría 2 de la segunda cadena, querían hablar contigo. Les he dicho que ya podían ir olvidándolo.
– Vale -dijo Carl. Seguramente al jefe no le quedó otra opción.
– Me han preguntado si había algo de cierto en el artículo de Gossip acerca de ti y él tiroteo de Amager.
– Vaya. Me gustaría saber qué les has respondido.
– Les he dicho que todo eso eran chorradas sin fundamento.
– Bien, de acuerdo -aprobó Carl, asintiendo enérgicamente con la cabeza-. ¿Tú también lo crees?
– Carl, escucha. Llevas mucho tiempo en el cuerpo. ¿Cuántas veces han acorralado a un compañero tuyo? Piensa en la primera vez que andabas de patrulla nocturna en Randers o dondequiera que fuese y de repente te topaste con una cuadrilla de palurdos borrachos a los que no les gustaba tu uniforme. ¿Recuerdas la sensación? Y con los años se producen de vez en cuando situaciones mil veces peores que ésa. Me ha pasado a mí, les ha pasado a Lars Bjørn y a Bak, y a un montón de viejos compañeros que hoy en día se dedican a otras cosas. Peligro para sus vidas. Con hachas y martillos, barras metálicas, cuchillos, botellas de cerveza rotas, escopetas de caza y otras armas de fuego. ¿Y quién sabe hasta cuándo se puede aguantar y cuándo no se puede más? Es imposible saberlo, ¿no? Todos nosotros las hemos pasado putas alguna vez. Si no, no eres un policía como es debido, ¿verdad? A veces tenemos que ir hasta donde cubre, es nuestro trabajo.
Carl asintió en silencio y notó que sentía la presión del pecho de otra manera.
– ¿Cuál es la conclusión de todo eso, jefe? -preguntó, señalando el semanario-. ¿Cuál es tu opinión? ¿Qué piensas de eso?
El jefe de Homicidios miró a Carl con sosiego, y sin decir ni una palabra abrió la ventana que daba al Tívoli, se inclinó hacia delante, cogió la revista e hizo como que se limpiaba el culo con ella, se volvió hacia la ventana y la arrojó a la calle.
Imposible decirlo más claramente.
Carl sonrió para sí. Un transeúnte iba a conseguir un programa de la tele gratis.
Asintió con la cabeza a su jefe. Había sido de lo más conmovedor.
– Estoy a punto de aportar más información sobre el caso Lynggaard -declaró en justa correspondencia, y se quedó esperando a que le dijeran que podía irse.
El jefe de Homicidios movió la cabeza arriba y abajo en reconocimiento. Era en esa clase de situaciones cuando se veía por qué era tan apreciado y por qué había podido conservar a su encantadora mujer durante más de treinta años.
– Y Carl, recuerda que sigues sin haberte apuntado al cursillo de promoción -añadió-. Quiero que lo hagas antes de pasado mañana, ¿entendido?
Carl asintió con la cabeza, pero aquello no significaba nada. Si el jefe insistía en la formación complementaria, tendría que darse una vuelta por el sindicato.
Los cuatro minutos que duró el trayecto desde el despacho del jefe de Homicidios hasta el sótano fueron un tormento de miradas burlonas y actitudes de reprobación. Eres una vergüenza para nosotros, decían algunas de las miradas; que os den, pensó él. Mejor harían dándole su apoyo. Si lo hicieran, no se sentiría como si un buey bien cebado estuviera dándole cornadas en el pecho.
Incluso Assad había leído el artículo en el sótano, pero al menos él le dio una palmada en la espalda. Pensaba que la foto de la portada estaba bien hecha, pero que la revista era muy cara. Era estimulante conocer otros puntos de vista.
A las diez en punto llamaron de recepción.
– Hay un hombre que dice que está citado contigo -informó el policía de guardia con frialdad-. ¿Esperas a un tal John Rasmussen?
– Sí, enviadlo al sótano.
Cinco minutos más tarde oyeron pasos vacilantes en el pasillo, seguidos de una voz cautelosa.
– ¡Hola! ¿Hay alguien?
Carl atravesó con desgana el vano de la puerta y vio frente a sí a un anacronismo vestido con jersey islandés, pantalones de pana y demás parafernalia del sesenta y ocho.
– Soy John Rasmussen, el que era pedagogo en Godhavn. Tenemos una cita -se presentó, extendiendo la mano con una singular mirada acechante-. Oiga, ¿no es usted el que aparece hoy en la portada de una revista?
Era para volverse loco. La gente vestida como él debería abstenerse de mirar esas cosas.
De entrada, quedó claro que John Rasmussen recordaba a Átomos, y por eso acordaron repasar el caso antes de la visita guiada. Aquello daba a Carl la oportunidad de quitárselo de encima con una mini visita a la planta baja y después una ojeada rápida a los patios interiores.
El hombre parecía simpático, aunque minucioso. En opinión de Carl, no era en absoluto el tipo de persona adecuada para entretener a golfos inadaptados. Pero seguramente había muchas cosas que Carl no sabía acerca de los golfos inadaptados.