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– Envíenos primero un mail pidiendo ver el original -claudicó el funcionario.

Lo había conseguido.

– ¿Cómo se llamaba realmente ese Átomos, Carl? ¿Sabemos por qué le pusieron ese apodo, o sea? -preguntó Assad después, con el pie sobre un cajón abierto.

– Lars Henrik Jensen, por lo que dicen.

– Lars Henrik, es un nombre extraño. No puede haber muchos que se llamen así.

No, probablemente no en el país de Assad, pensó Carl, tentado por el sarcasmo, cuando vio que Assad se quedaba pensativo, con una expresión extraña en el semblante. Por un instante su expresión fue completamente diferente a la habitual. En cierto modo, más cercana a lo normal. Más adecuada, de alguna forma.

– ¿En qué piensas, Assad? -quiso saber.

Era como si una capa de aceite cubriera sus ojos, que mostraban facetas de color cambiante. Arrugó el entrecejo y echó mano de la carpeta de Lynggaard. Pasado un rato encontró lo que buscaba.

– Eso ¿puede ser una casualidad? -preguntó, señalando una de las líneas de la parte superior del documento.

Carl miró el nombre, y fue entonces cuando vio con qué informe estaba Assad.

Por un momento Carl trató de imaginárselo todo, y entonces ocurrió. En algún lugar de su interior donde causa y efecto no se diferencian y donde la lógica y las explicaciones nunca desafían a la conciencia, donde las ideas pueden vivir en libertad sin enfrentarse, justo allí los datos encajaron y comprendió la relación.

Capítulo 34

2007

Mirar a los ojos a Daniel, el hombre hacia quien se había sentido tan atraída, no fue la mayor conmoción para ella. Tampoco que Daniel y Lasse fueran la misma persona, aunque hizo que las piernas le flaqueasen. No, saber quién era él en realidad fue lo peor que le pudo suceder. Aquello sencillamente la dejó agotada. Sólo le quedaba la pesada culpa que la había abrumado durante toda su vida adulta.

No fueron exactamente sus ojos los que reconoció Merete, sino más bien el dolor que encerraban. El dolor, la desesperación y el odio que en una fracción de segundo se adueñaron de la vida de aquel hombre. O, mejor dicho, de aquel chico, ahora ya lo sabía.

Porque Lasse apenas tenía catorce años cuando un límpido y helado día de invierno vio desde la ventanilla del coche de sus padres a una niña ansiosa por vivir e irreflexiva en otro automóvil haciendo rabiar a su hermano pequeño en el asiento trasero con tal ahínco que desvió la atención de su padre. Le robó los milisegundos necesarios para que su padre mantuviera el control, y las manos al volante. Los valiosos milisegundos de atención que podrían haber salvado la vida de cinco personas y evitado que otras tres quedasen impedidas. Sólo el chico -Lasse- y Merete salieron del accidente sanos y salvos, y precisamente por eso eran ellos dos quienes debían liquidar las cuentas.

Merete lo comprendió. Y se entregó a su destino.

Durante los meses siguientes, el hombre por quien se sintió atraída bajo el nombre de Daniel y a quien ahora detestaba como Lasse entraba todos los días a la antesala y se quedaba mirándola por los ojos de buey. Algunas veces se quedaba mirándola sin más, como si fuera una amazona enjaulada que pronto iba a librar una desigual lucha a muerte contra un grupo de cobras hambrientas, y otros días le hablaba. Raras veces preguntaba algo, no le hacía falta. Era como si supiera lo que iba a contestar.

– Cuando me miraste a los ojos desde vuestro coche en el momento en que tu padre estaba adelantándonos, pensé que eras la chica más guapa que había visto en toda mi vida -le confesó un día-. Y cuando al segundo siguiente me sonreiste sin prestar atención al jaleo que estabas montando, supe ya que te odiaba. Eso sucedió en el segundo anterior a que rodáramos y mi hermana pequeña, sentada junto a mí, se desnucara contra mi hombro. Oí crujir los huesos, ¿te das cuenta?

La miró detenidamente para hacer que bajara la vista, pero Merete no quiso. Sentía vergüenza, pero nada más. El odio era correspondido.

Después Lasse le contó su historia sobre los instantes que lo cambiaron todo. Sobre cómo su madre trató de dar a luz a los mellizos entre los restos del coche, y cómo su padre, a quien quería y veneraba, lo miró con cariño mientras moría con la boca abierta. Sobre las llamas que lamieron la pierna de su madre, atrapada bajo el asiento. Sobre su querida hermana pequeña, tan dulce y divertida, que yacía aplastada bajo él, y sobre el segundo de los mellizos en nacer, que yacía desvalido con el cordón umbilical alrededor del cuello, y el otro, en la ventanilla, gritando mientras las llamas se le acercaban.

Era algo espantoso de oír. Merete recordó con total claridad el grito desesperado, y el relato que hizo Lasse no hizo sino abrumarla de culpa.

– Mi madre no puede andar, está impedida desde el accidente. Mi hermano nunca fue a la escuela, nunca aprendió como los demás niños. Aquel día todos perdimos la vida por tu culpa. ¿Qué crees que se siente cuando tienes un día padre, una encantadora hermana pequeña y la perspectiva de tener dos hermanitos, y de pronto te quedas sin nada? Mi madre tenía una mente muy delicada, pero aun así a veces era capaz de reír despreocupada antes de que tú entraras en nuestra vida, y lo perdió todo. ¡Todo!

La mujer había entrado en la estancia y parecía visiblemente afectada por el relato. Puede que llorase, Merete no podía decirlo con seguridad.

– ¿Cómo crees que me sentí los primeros meses, totalmente solo en una familia adoptiva donde me pegaban a todas horas? A mí, que nunca había recibido otra cosa que amor y seguridad. No había momento en que no deseara con toda mi alma devolver los golpes a aquel cerdo que quería que lo llamase papá, y todas las veces te veía ante mí, Merete. Tú y tus bonitos ojos irresponsables, que borraron todo lo que yo amaba.

Hizo un descanso que fue tan largo que las palabras que siguieron sonaron terriblemente claras.

– Oooh, Merete, me prometí a mí mismo vengarme de ti y de todos los demás. Costara lo que costase. ¿Y sabes qué? Hoy estoy contento. Mi venganza os ha llegado a todos los cerdos que nos robasteis la vida. Has de saber que también estuve pensando en matar a tu hermano. Pero un día, mientras os vigilaba, vi cómo absorbía toda tu atención. Cuánta culpa había en tu mirada cuando estabas con él. Cómo te cortó las alas. ¿Iba a quitarte ese peso de encima matándolo también a él? Además, ¿no era acaso otra de tus víctimas? Así que lo dejé vivir. Pero a mi padre adoptivo no, y a ti tampoco, Merete, a ti tampoco.

Ingresó en el orfanato la primera vez que intentó matar a su padre adoptivo. La familia no contó a las autoridades lo que había hecho, ni que la profunda herida de la frente del padre adoptivo era consecuencia del golpe que le había asestado con una pala. Dijeron que el chico estaba mal de la cabeza y que no podían responsabilizarse de él. Así podrían conseguir otro chico al que explotar.

Pero la bestia oculta en Lasse había despertado. En adelante nadie más iba a controlarlo ni a dirigir su vida.

Después pasaron cinco años, dos meses y trece días hasta que se resolvió el caso de indemnización y su madre se sintió con fuerzas para dejar que un Lasse casi adulto regresara a casa con ella y el hermano ligeramente disminuido. Sí, uno de los mellizos estaba tan achicharrado que no pudo salvarse, pero el otro sobrevivió, pese al cordón umbilical enroscado al cuello.

Mientras la madre estaba en el hospital y en la casa de reposo, el pequeño mellizo fue acogido en otra familia, pero lo recuperó antes de que cumpliera tres años. Tenía cicatrices en el rostro y en el pecho debido a las llamas, y le resultaba difícil moverse debido a la falta de oxígeno, pero al cabo de un par de años se había convertido en el consuelo de su madre, que hacía acopio de fuerzas para que también Lasse pudiera volver a casa. Les dieron millón y medio de coronas de indemnización por sus vidas destrozadas. Millón y medio por la pérdida de su padre, por la pérdida de su floreciente negocio, que nadie pudo continuar, por la pérdida de una hermana pequeña y el pequeño mellizo, y a eso había que añadir la invalidez de su madre y la pérdida de bienestar de toda la familia. Un esmirriado millón y medio. Cuando Merete no ocupara ya su atención diaria, la venganza se extendería también a la gente de la compañía de seguros y a los abogados que los desposeyeron de la indemnización a la que tenían derecho. Lasse se lo prometió a su madre.