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Hubo una breve pausa. Después Lasse habló con lentitud, para que ella comprendiera la profundidad de su cinismo.

– Para empezar, era demasiado fácil. Tus sufrimientos debían ser visibles para nosotros durante tanto tiempo como nuestros propios sufrimientos. Además, querida Merete, quería estar cerca de ti. Quería ver tu vulnerabilidad. Quería que tu vida sufriera una conmoción. Tenías que aprender a amar a Daniel Hale, y después tenías también que aprender a temerlo. Tenías que hacer el último viaje con Uffe con la convicción de que algo sin esclarecer te aguardaba cuando volvieras a casa. Has de saber que aquello me daba una enorme satisfacción.

– ¡Estás enfermo de la cabeza!

– ¿Que estoy enfermo? Escucha, eso no es nada comparado con el día en que supe que mi madre había solicitado ayuda a la Fundación Lynggaard para poder volver a su casa cuando le dieron de alta en el hospital. Cuando rechazaron la petición basándose en que los estatutos establecían que sólo se podía atender a descendientes directos de Lotte y Alexander Lynggaard. Pidió a vuestra Fundación millonaria unos míseros cientos de miles de coronas, y dijeron que no, a pesar de que sabían de quién se trataba y qué le había ocurrido. Entonces mi madre tuvo que seguir varios años de institución en institución. ¿Entiendes ahora por qué también ella te odia tanto, puta niña mimada? -el psicópata lloró al decirlo-. Unos mierdosos cientos de miles de coronas. ¿Qué era eso para ti y para tu hermano? ¡Nada!

Merete habría podido decir que ella no supo nada, pero que la deuda estaba saldada. Saldada hacía mucho tiempo.

Aquella noche Lasse y su hermano colocaron las cámaras y encendieron los focos. Dos objetos deslumbrantes que convertían la noche en día y exhibían su celda en su enorme fealdad, cuyo alcance no había captado hasta entonces. Detalles sórdidos. Era tan espantoso enfrentarse a su propia degradación que decidió cerrar los ojos las primeras veinticuatro horas. El lugar de la ejecución estaba a la vista, pero la condenada eligió la oscuridad.

Después echaron cables sobre ambos cristales reflectantes hasta un par de fulminantes que, en caso de supuesta emergencia, podían hacer saltar los cristales, y finalmente colocaron al lado varias bombonas de oxígeno y nitrógeno, y otros «líquidos inflamables», como dijeron.

Lasse le hizo saber que todo estaba preparado. Cuando Merete muriera reventada por dentro, la pasarían por la trituradora de compost, y después harían saltar toda la instalación por los aires. El estruendo se oiría en kilómetros a la redonda. Esta vez la aseguradora pagaría. Ese tipo de accidentes fortuitos había que prepararlos debidamente, y borrar las huellas para siempre.

– No os saldréis con la vuestra -dijo Merete en voz baja mientras rumiaba su venganza.

Pasados unos días se sentó de espaldas a los cristales y empezó a arañar el hormigón del suelo con la mordaza de las tenazas. Un par de días después habría terminado, y seguramente las tenazas estarían desgastadas. Entonces tendría que usar su mondadientes para agujerearse las venas, pero daba igual. El caso es que existiera la posibilidad.

El raspado le llevó más de un par de días, más bien una semana, pero los surcos eran lo bastante profundos para sobrevivir a casi todo. Los cubrió con polvo y porquería de los rincones de la celda. Letra a letra. Cuando los peritos de la aseguradora acudieran en su momento al lugar del incendio para esclarecer las circunstancias, estaba segura de que podrían descubrir al menos un par de palabras, y después seguramente todo el mensaje, que decía:

Lasse, que es el dueño de este edificio, asesinó a su padre adoptivo, a Daniel Hale y a uno de sus amigos, y después me mató a mí.

Cuiden de mi hermano Uffe, y díganle que su hermana ha pensado en él cada día durante más de cinco años.

Merete Lynggaard, 13/2/2007, secuestrada y encerrada en este lugar olvidado de Dios desde el 2 de marzo de 2002.

Capítulo 35

2007

Lo que Assad encontró por casualidad estaba escrito en el atestado de Tráfico sobre el accidente mortal del día de Nochebuena de 1986 en el que fallecieron los padres de Merete Lynggaard. En él se hablaba también de que murieron tres personas en el otro coche. Se trataba de un niño recién nacido, una niña de sólo ocho años y el conductor del coche, Henrik Jensen, el cual era ingeniero y fundador de una empresa, llamada Jensen Industries, pero en el informe no estaban seguros sobre ese punto, como indicaba una linea de signos de interrogación escritos en el margen. Según una nota escrita a mano, debía de tratarse de «una empresa floreciente que fabricaba contenedores herméticos de acero para gas». Después había una frase corta bajo la nota: «El orgullo de la industria danesa», probablemente citada por algún testigo.

Sí, Assad había recordado bien. El chófer del otro coche que resultó muerto se llamaba Henrik Jensen. Desde luego, aquel nombre se parecía muchísimo a Lars Henrik Jensen. No podía decirse que Assad fuera tonto.

– Saca otra vez las revistas, Assad -ordenó Carl-. Puede que hicieran públicos los nombres de los supervivientes. No me extrañaría que el chico del otro coche se llamara Lars Henrik, como su padre. ¿Ves su nombre por alguna parte?

Se arrepintió de la distribución de roles y extendió la mano.

– Dame un par de revistas. Sí, y un par de esos -dijo, señalando los recortes de periódicos.

Eran unas imágenes repulsivas, colocadas junto a las de gente despreocupada con sed de fama. El mar de llamas que rodeaba al Ford Sierra lo había devorado todo, cosa que documentaban los restos negros calcinados. Fue un auténtico milagro que un par de trabajadores de asistencia en carretera pasara por allí y liberase a los siniestrados antes de que todo ardiera. Según el atestado de Tráfico, los bomberos no llegaron tan rápido como de costumbre debido al peligro que suponía la calzada resbaladiza.

– Aquí dice, o sea, que la madre se llamaba Ulla Jensen, y que se rompió ambas piernas -intervino Assad-. No sé cómo se llamaba el chico, no lo dicen, lo llaman simplemente «el hijo mayor del matrimonio». Pero tenía catorce años, eso sí que lo dicen.

– Encaja con el año en que nació Lars Henrik Jensen, si es que podemos fiarnos de ese número de registro civil manipulado que nos dieron en Godhavn -afirmó Carl mientras examinaba unos recortes de la prensa amarilla.

En el primero no había nada. El reportaje estaba colocado junto a enredos políticos triviales y pequeños escándalos. Era un diario especializado en seguir recetas concretas en las noticias que vendía, independientemente de lo que fuera, y ese brebaje era en apariencia inagotable. Si cambiara aquel diario de cinco años antes por uno de ayer, tendría que fijarse con detenimiento para saber cuál era el más reciente.

Soltó unos juramentos sobre los medios de comunicación mientras hojeaba el siguiente periódico, y llegó a la página en que aparecía el nombre. Allí estaba, negro sobre blanco. Exactamente como lo había esperado.

– ¡Aquí está, Assad! -gritó mientras sus ojos se clavaban en la noticia. En aquel momento se sentía como el halcón que divisaba a su presa mientras se deslizaba por encima de los árboles y después atacaba. Una pieza fantástica. La presión sobre el pecho cedió, y una forma especial de alivio recorrió el organismo de Carl-. Escucha lo que pone, Assad: «Los supervivientes del coche que torpedeó el automóvil del mayorista Alexander Lynggaard fueron la esposa de Henrik Jensen, Ulla Jensen, de cuarenta años, uno de los mellizos recién nacidos y su hijo mayor, Lars Henrik Jensen, de catorce años».