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Cuando Carl colgó, Assad llevaba ya dos minutos en el hueco de la puerta.

– ¿Qué hay, Assad? -lo saludó-. ¿Hemos conseguido lo que queríamos? ¿Han comprobado los números?

Assad sacudió la cabeza.

– Creo que tendrás que subir tú a hablar con ellos, Carl. Hoy están… -hizo girar el dedo índice contra la sien- están todos mal de la cabeza.

En las oficinas Carl se acercó a Lis con sigilo, pegado a la pared como un gato en celo. Era cierto, la mujer parecía inaccesible aquel día. El pelo corto que solía llevar audazmente despeinado estaba como pegado, en un corte que parecía un casco de moto. La señora Sørensen, tras ella, lo miró con ojos centelleantes, y en los despachos empezaron a gritarse unos a otros. Era lastimoso.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó a Lis cuando logró contacto visual.

– No lo sé. Si queremos entrar en los archivos estatales, se nos niega la entrada. Es como si hubieran cambiado todos los códigos de acceso.

– Pues Internet funciona bien.

– Intenta entrar en el registro civil o en Hacienda, y verás.

– Tendrás que esperar como los demás -profirió con tono arrogante y voz apagada la señora Sørensen.

Carl estuvo un rato tratando de encontrar alguna solución, pero se rindió al ver que la pantalla de Lis recibía mensaje tras mensaje de error.

Se alzó de hombros. Qué diablos, tampoco corría tanta prisa. Un hombre como él sabía cómo hacer que un inconveniente redundara en beneficio propio. Si la electrónica había decidido fallar, debía de ser señal de que tendría que bajar al sótano a dialogar en profundidad con las tazas de café mientras ponía las piernas encima de la mesa durante una hora o dos.

– Hola, Carl -oyó una voz por detrás. Era el jefe de Homicidios con una camisa blanca como la nieve y la corbata planchada-. Menos mal que estás arriba. ¿Puedes venir un momento al comedor?

Carl observó que aquello no era una pregunta.

– Bak ha organizado una reunión informativa que creo que va a interesarte.

Habría al menos quince hombres en el comedor: Carl estaba al fondo, el jefe de Homicidios a un lado y un par de agentes de Estupefacientes junto con el subjefe Lars Bjørn y Børge Bak y su ayudante más cercano, en medio de la sala, de espaldas a las ventanas. Los colaboradores cercanos de Bak parecían especialmente satisfechos.

Lars Bjørn dio la palabra a Bak, y todos supieron qué iba a decir.

– Esta mañana hemos llevado a cabo una detención en el caso del ciclista asesinado. En estos momentos el acusado está deliberando con su abogado, y estamos convencidos de que habrá una confesión escrita antes de terminar el día.

Sonrió y se acarició cuidadosamente el mechón de pelo que cubría su calva. Era su día.

– La principal testigo, Annelise Kvist, ha prestado una declaración completa tras asegurarse de que el sospechoso estaba detenido, y sostiene nuestra impresión al cien por cien. Se trata de un médico especialista de Valby, bastante estimado y profesionalmente activo que, además de haber apuñalado al camello en el parque, también ha contribuido al aparente intento de suicidio de Annelise Kvist y ha proferido amenazas contra la vida de sus hijas -continuó Bak y señaló a su ayudante, que tomó la palabra.

– En el registro del domicilio del principal sospechoso hemos encontrado más de trescientos kilos de sustancias estupefacientes que en estos momentos están siendo analizadas por nuestros peritos.

Esperó un momento a que la reacción se calmara.

– No cabe duda de que el médico ha tejido una amplia red de colegas que obtenían unos ingresos notables mediante la venta de todo tipo de medicinas para las que hacía falta receta, desde metadona hasta Stesolid, Valium, Fenemal y morfina, y la importación de sustancias como anfetaminas, Zopiclón, THC o Acetofanazín. Además de grandes partidas de neurolépticos, somníferos y sustancias alucinógenas. Para el sospechoso nada era demasiado grande ni demasiado pequeño. Parece ser que había clientes para todo.

»El asesinado en el parque era el distribuidor principal de las sustancias, sobre todo entre los clientes de discotecas. Suponemos que la víctima intentaría presionar al médico y que éste actuó inmediatamente, pero que el suceso no estaba planeado. El asesinato fue presenciado por Annelise Kvist, que conocía al médico. Esa circunstancia hizo que el médico pudiera encontrarla con facilidad y obligarla a callar.

Se interrumpió, y Bak volvió a tomar la palabra.

– Ahora sabemos que el médico, justo después del asesinato, fue a buscar a Annelise Kvist a su casa. Un médico especialista en vías respiratorias que tenía como pacientes a las hijas asmáticas de Annelise Kvist, ambas muy dependientes de sus medicamentos. Aquella noche el comportamiento del médico fue bastante violento y la obligó a dar a sus hijas pastillas si quería que siguieran vivas. Las pastillas causaron que los alvéolos pulmonares de las chicas se contrajeran peligrosamente, y entonces él les puso una inyección que lo contrarrestaba. Debió de ser muy traumático para la madre ver que sus hijas se ponían azules y no podían comunicarse con ella.

Su mirada vagó por la estancia, donde la gente movía la cabeza arriba y abajo.

– Después -prosiguió- el médico alegó que las chicas tenían que pasar por su consulta regularmente para que les administrara el antídoto, si no quería que se produjera una recaída que podría ser fatal. Y así consiguió el silencio de la madre.

»Pero que pese a todo pudiéramos encontrar a nuestro testigo estrella se lo debemos a la madre de Annelise Kvist. Ella desconocía el incidente que había tenido lugar por la noche, pero sabía que su hija había presenciado el asesinato. Se lo sonsacó al día siguiente, cuando vio el estado de conmoción en que se encontraba su hija. Pero la madre no consiguió saber quién lo había hecho, Annelise no quiso decírselo. Por eso, cuando trajimos a Annelise para interrogarla a petición de su madre, era una mujer en profunda crisis.

»Hoy sabemos también que el médico va en busca de Annelise Kvist un par de días después. La advierte de que si se va de la lengua matará a sus hijas. Emplea la expresión «desollarlas vivas» y la pone en tal estado que puede presionarla para que tome una mezcla mortal de pastillas.

»El resto de la historia ya lo conocéis, la mujer es hospitalizada y salvada, y se calla como un muerto. Pero lo que no sabéis es que en el transcurso de nuestra investigación hemos recibido una gran ayuda de nuestro nuevo Departamento Q, al frente del cual está Carl Mørck.

Bak se volvió hacia Carl.

– Carl, no has tomado parte en la investigación, pero has introducido unas ideas interesantes durante el proceso. Mi grupo y yo queremos agradecértelo. Y gracias también a tu ayudante, que has empleado como correo entre nosotros, y a Hardy Henningsen, que también ha metido baza. Sabed que le hemos enviado unas flores.

Carl estaba estupefacto. Un par de sus antiguos compañeros se volvieron hacia él y trataron de arrancar una especie de sonrisa de sus rostros pétreos, pero el resto no se movió ni un milímetro.

– Sí -añadió el subinspector Bjørn-. Ha habido mucha gente involucrada. Nuestro agradecimiento a vosotros también, chicos.

Después señaló a dos agentes de la Brigada de Estupefacientes.

– Ahora tenéis que deshacer esa red de médicos sin conciencia. Es un caso enorme, ya lo sabemos. Por otra parte, aquí, en Homicidios, podremos dedicarnos a otros casos, y nos alegramos. Porque en el segundo piso no nos falta trabajo.

Carl esperó hasta que la mayoría salió de la sala. Sabía perfectamente lo que le había costado a Bak hacerle aquel regalo. Por eso se dirigió a él con la mano tendida.