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– No lo merecía, pero aun así, gracias, Bak.

Børge Bak miró un momento la mano tendida y después recogió sus papeles.

– No me des las gracias. Nunca lo habría hecho si Marcus Jacobsen no me hubiera obligado.

Carl asintió en silencio. Volvían a saber cuáles eran sus respectivas posiciones.

En el pasillo estaba a punto de cundir el pánico. Todas las oficinistas estaban junto a la puerta del jefe y todas tenían algo de que quejarse.

– No sabemos todavía qué ha pasado -declaró el jefe de Homicidios-. Pero, por lo que me ha informado la directora de la policía, en este momento no se puede acceder a ningún registro público. El servidor central ha sufrido un ataque de algún hacker que ha cambiado todos los códigos de acceso. Aún no sabemos quién lo ha hecho. No hay tantos que puedan hacerlo, así que están trabajando a destajo para descubrir quién ha sido.

– No me lo puedo creer -dijo alguien-. ¿Cómo es posible?

Marcus Jacobsen se encogió de hombros. Trató de parecer indiferente, pero no lo estaba.

Carl comunicó a Assad que la jornada laboral había terminado, de todas formas no podían seguir adelante. Sin la información del registro civil no podían localizar los movimientos de Lars Henrik Jensen; habría que dar tiempo al tiempo.

Mientras conducía en dirección a la Clínica para Lesiones de Médula de Hornbæk, oyó por la radio que habían enviado cartas a la prensa de las que se desprendía que era un ciudadano cabreado el que había metido el virus en los registros públicos. Se suponía que sería un funcionario bien colocado que estaba pasando apuros con la reforma de los municipios, pero todavía no se había esclarecido nada. Los informáticos intentaban explicar cómo era posible poner al descubierto datos tan bien protegidos, y el primer ministro calificó a los culpables de «bandidos de la peor calaña». Los técnicos de seguridad en la transmisión de datos estaban en ello. El primer ministro dijo que todo volvería a funcionar pronto. Y que al culpable le esperaba una larga condena. Estuvo a punto de compararlo con los atentados contra las Torres Gemelas, pero se contuvo.

La primera cosa inteligente que hacía en mucho tiempo.

Efectivamente, había flores en la mesilla de Hardy, pero era un ramo de los que podían encontrarse más lucidos en cualquier gasolinera de la periferia. A Hardy no le importaba, al fin y al cabo no veía el ramo porque aquel día lo habían colocado mirando a la ventana.

– Saludos de parte de Bak -dijo Carl.

Hardy lo miró con ese tipo de mirada que suele calificarse de arisca, pero que en realidad nadie sabe cómo llamar.

– ¿Qué tengo que ver yo con ese tiparraco de mala muerte?

– Assad le pasó tu sugerencia y han detenido a un sospechoso seguro.

– Yo no he hecho ninguna puta sugerencia a nadie.

– Sí, hombre, dijiste que Bak debería mirar en el círculo de médicos de la testigo principal, Annelise Kvist.

– ¿De qué caso estás hablando?

– Del asesinato del ciclista, Hardy.

Este frunció el entrecejo.

– No tengo ni idea de qué estás hablando, Carl. Me has pasado el caso absurdo de Merete Lynggaard, y esa tía psicóloga no deja de hablarme del tiroteo de Amager. Con eso tengo más que suficiente. No tengo ni idea de qué es el asesinato del ciclista.

Hardy no era el único que tenía fruncido el entrecejo.

– ¿Estás seguro de que Assad no te ha hablado del asesinato del ciclista? ¿Tienes problemas de memoria, Hardy? No pasa nada, puedes decírmelo.

– Déjame en paz, Carl. Paso de oír esas gilipolleces. La memoria es mi peor enemigo, ¿no lo entiendes? -espetó, con baba en las comisuras y una mirada cristalina.

Carl levantó la mano, a la defensiva.

– Perdona, Hardy. Me habrá informado mal Assad. Puede suceder.

Pero en su fuero interno no lo pensaba en absoluto. Algo así no podía ocurrir, no debía ocurrir.

Capítulo 36

2007

Bajó a desayunar con el tubo digestivo ardiendo por la acidez y el sueño pesándole sobre los hombros. Ni Jesper ni Morten le dijeron ni una palabra, cosa normal en su hijo postizo, pero decididamente una señal funesta en el caso de Morten.

El periódico estaba bien doblado en una esquina de la mesa, con la historia de la retirada voluntaria de Tage Baggesen del grupo parlamentario debido a problemas de salud en primera plana, y Morten hundió la cabeza en silencio sobre su plato y continuó comiendo, hasta que Carl llegó a la página seis y se quedó con la boca abierta, mirando una foto suya de mucho grano.

Era la misma foto que había usado Gossip la víspera, pero esta vez al lado de una foto de exteriores de Uffe ligeramente ajada. El texto no era nada elogioso.

«El jefe del Departamento Q, encargado de la investigación de "casos archivados de interés especial" señalados por el Partido Danés, lleva dos días saliendo en la prensa de manera lamentable», ponía.

No daban tanta importancia a la historia de Gossip, pero por otra parte habían hecho entrevistas, en las que todo tipo de empleados de Egely lo acusaban de aplicar métodos brutales y de ser la causa de la desaparición de Uffe Lynggaard. La enfermera jefe estaba especialmente enfadada. Empleaba términos como abuso de confianza, violación mental y manipulación. El artículo terminaba con las palabras: «Al cierre de esta edición no había sido posible recabar ningún comentario de la Dirección de la Policía».

Había que buscar mucho para encontrar un espagueti-wéstern con peores canallas que Carl Mørck. Algo exagerado, teniendo en cuenta lo que ocurrió en realidad.

– Hoy tengo una evaluación -lo despertó Jesper.

– ¿De qué? -preguntó Carl por encima del periódico.

– De matemáticas.

Aquello parecía serio.

– ¿Estás preparado?

El muchacho se alzó de hombros y se levantó, como de costumbre, sin prestar atención a la abundante vajilla que había ensuciado con mantequilla y mermelada ni a los demás restos que cubrían la mesa.

– ¡Un momento, Jesper! -gritó tras él Carl-. ¿Qué significa eso?

Su hijo postizo se volvió hacia él.

– Significa que si no lo hago bien no es seguro que pueda pasar a bachillerato. ¡Qué pena!

Carl vio ante sí la cara de reproche de Vigga y dejó caer el periódico. La sensación de acidez pronto empezaría a ser dolorosa.

Ya en el aparcamiento la gente hacía comentarios jocosos sobre el fallo de la víspera en los registros públicos. Había dos que no tenían ni idea de qué iban a hacer en el despacho. Estaban empleados respectivamente en la concesión de permisos de construcción y de subvenciones a medicamentos, y trabajaban exclusivamente mirando la pantalla.

En la radio del coche varios alcaldes hablaban en términos críticos de la reforma de los municipios, que era la que de manera indirecta había causado tanta desgracia, y otros tantos se quejaban de que la lamentable situación de exceso de carga de trabajo en que se encontraban los trabajadores municipales, permanente ya, parecía ir a peor. Si al sinvergüenza que se había cargado los registros se le ocurriera aparecer en uno de los muchos ayuntamientos afectados, en el servicio de urgencias más próximo no iban a dar abasto.

No obstante, en Jefatura estaban esperanzados. Ya habían detenido a quien lo había hecho. Cuando lograran que la acusada, una mujer mayor, programadora en el Ministerio de Interior, explicara cómo remediar el daño, harían pública la noticia. Podía ser cuestión de unas horas; después todo volvería a la normalidad. La jerarquía piramidal, de la que muchos estaban cansados ya, se restableció.

Pobre señora.

Aunque parezca extraño, Carl consiguió llegar al sótano sin cruzarse con ningún compañero en el camino, menos mal. La noticia de los diarios de la mañana acerca del enfrentamiento de Carl con un disminuido psíquico en una institución de Selandia del norte seguro que se había extendido ya hasta los despachos más remotos del enorme edificio.