– Entonces quedamos en eso, señora Jensen. Por cierto, ¿en qué naviera trabaja su hijo?
Ella ya conocía el orden de afirmación y sonrisa.
– Huy, ya me gustaría recordarlo. Pero es que navega con tantas…
Entonces llegó su sonrisa. Carl había visto antes dientes amarillos, pero nunca tan amarillos como aquellos.
– Es primer oficial, ¿verdad?
– No, es camarero jefe. Lasse tiene buena mano para la comida, desde siempre.
Carl trató de imaginarse al chico que agarraba del hombro a Dennis Knudsen. Al chico a quien llamaban Átomos porque su difunto padre fabricaba algo para las centrales nucleares. ¿Dónde había desarrollado sus conocimientos gastronómicos? ¿En la familia adoptiva, donde le pegaban? ¿En el orfanato? ¿Cuando era un chaval en casa de su madre? También Carl había pasado por muchas cosas en la vida, pero no era capaz de freír un huevo. Si no fuera por Morten Holland, no sabía cómo se las habría arreglado.
– Es magnífico cuando les va bien a los hijos. ¿No te alegras de volver a ver a tu hermano? -añadió, volviéndose al muchacho desfigurado que los miraba con desconfianza, como si hubieran llegado para robarles.
Su mirada vagó hacia donde estaba su madre, pero ésta no se inmutó. De la boca del chico no iba a salir nada, eso era seguro.
– ¿Dónde navega su hijo esta vez?
La madre lo miró, mientras sus dientes amarillos desaparecían lentamente tras los labios resecos.
– Lasse navega mucho por el Báltico, pero creo que ahora está en el mar del Norte. A veces zarpa con un barco y vuelve con otro.
– Debe de ser una naviera grande, ¿no recuerda cuál es? ¿Puede describir el logotipo de la naviera?
– No, lo siento. No soy buena para ese tipo de cosas.
Carl volvió a mirar al joven. Aquel chaval lo sabía todo, era evidente. Seguro que sabría dibujar el maldito distintivo si lo dejaran hacerlo.
– Pero está pintado en el coche que trae provisiones un par de veces por semana -intervino Assad. No era el momento adecuado. La mirada del joven se llenó de inquietud y la mujer aspiró el humo hasta el fondo de los pulmones. La expresión de su rostro quedó oculta en una densa nube de humo que expulsó de una vez.
– Bueno, no sabemos gran cosa de eso -terció Carl-. Es porque un vecino nos ha dicho que lo había visto, pero puede haberse equivocado.
Tiró de Assad.
– Ha sido usted muy amable -dijo después a la madre-. Pídale a su hijo Lasse que me telefonee en cuanto vuelva. Le haré ese par de preguntas y listo.
Se encaminaron a la puerta, seguidos por la mujer en su silla de ruedas.
– Hans, sácame fuera -le pidió a su hijo-. Necesito algo de aire fresco.
Carl sabía que la mujer no los quería perder de vista hasta que se fueran. Si hubiera habido un coche en el patio o allí, en la parte trasera, habría pensado que la madre quería salir para ocultar que Lars Henrik Jensen se encontraba en uno de los edificios. Pero a Carl la intuición le decía otra cosa. El hijo mayor no estaba en casa, ella sólo quería que se marcharan.
– Vaya conjunto de edificios más impresionante -exclamó-. ¿Qué era antes? ¿Una fábrica?
La madre venía detrás. Dando caladas a otro cigarrillo mientras la silla de ruedas traqueteaba por el sendero. Su hijo empujaba con las manos aferradas a los puños de la silla de ruedas. Tras su rostro destrozado parecía muy cabreado.
– Mi marido tenía una fabrica que fabricaba contenedores para centrales nucleares. Acabábamos de mudarnos de Køge cuando murió.
– Sí, recuerdo el suceso. Lo siento muchísimo -dijo Carl, y señaló los dos primeros edificios bajos-. Y la producción ¿iba a llevarse a cabo ahí?
– Sí, ahí y en la nave grande -confirmó la mujer, señalando con el dedo-. El taller de soldadura ahí, la cámara para pruebas de presión ahí, y el montaje en la nave. Donde vivo yo debería haber estado el almacén de sistemas de contención fabricados.
– ¿Por qué no vive en la casa? Tiene aspecto de ser una buena casa -preguntó, y reparó en una serie de cubos gris oscuro delante de uno de los edificios que desentonaban con el paisaje. Tal vez estuvieran allí desde los tiempos del anterior propietario. En lugares como aquél el tiempo pasaba a veces con infinita lentitud.
– Bueno, ya sabe, aquí hay muchas cosas que no pertenecen a esta época. Además, los umbrales de las puertas me exigen un gran esfuerzo -añadió, golpeando uno de los reposabrazos de la silla de ruedas.
Notó que Assad lo llevaba a un lado.
– Nuestro coche está ahí, Assad -protestó, apuntando con la cabeza en la otra dirección.
– Es que prefiero atravesar el seto ahí y después subir a la carretera -repuso Assad, pero Carl vio que toda su atención estaba concentrada en los montones de chatarra desperdigados por un suelo de hormigón gastado.
– Sí, esa basura ya estaba cuando vinimos -informó la mujer en tono de disculpa, como si medio contenedor de chatarra pudiera empeorar la impresión general de la propiedad, ya de por sí bastante pobre.
Era basura inclasificable. En la parte superior del montón había más cubos gris oscuro. No llevaban ningún distintivo, pero parecían haber sido empleados para guardar aceite, o tal vez alimentos en grandes cantidades.
Le habría parado los pies a Assad si hubiera sabido lo que tenía pensado, pero su asistente había saltado ya por encima de las barras metálicas, el cordaje enmarañado y los tubos de plástico para cuando Carl quiso reaccionar.
– Perdone, es que mi compañero es un coleccionista incorregible. ¿Has encontrado algo, Assad? -gritó.
Pero Assad no era ya su compañero de juego. Iba a la caza: dio una patada a la chatarra, removió algo y finalmente metió la mano y sacó una delgada placa de metal, que tras manipularla resultó tener medio metro de alto y por lo menos cuatro de largo. Le dio la vuelta. Ponía Interlab, S. A.
Assad miró a Carl y éste le dirigió una mirada aprobatoria. Eso sí que era tener buena vista. Interlab, S. A. El gran laboratorio de Daniel Hale, que se había mudado a Slangerup. De manera que había una relación directa entre la familia y Daniel Hale.
– La empresa de su marido no se llamaba Interlab, S. A., ¿verdad, señora Jensen? -preguntó Carl, sonriendo a los apretados labios de la mujer.
– No, ésa es la empresa que nos vendió el terreno y un par de edificios.
– Mi hermano trabaja en una farmacéutica. Creo recordar que alguna vez ha mencionado esa empresa -añadió Carl, disculpándose mentalmente ante su hermano mayor, que en aquel momento debía de estar cebando visones en Frederikshavn-. En Interlab ¿no fabricaban enzimas, o algo así?
– Era un laboratorio de pruebas.
– Se llamaba… ¿Hale? Daniel Hale, ¿verdad?
– Sí, el que le vendió esto a mi marido se llamaba Hale. Pero no era Daniel Hale, que por aquel entonces no era más que un chaval. La familia trasladó Interlab al norte, y tras morir el padre volvieron a trasladarla. Pero fue aquí donde empezaron -explicó, adelantando la mano hacia el montón de chatarra. Si aquello fue el comienzo, Interlab había avanzado muchísimo.
Carl la miró con atención mientras la mujer hablaba. Todo en ella irradiaba reserva, y en aquel momento las palabras fluían de su boca. No parecía febril, muy al contrario: parecía tener un control absoluto. Todas sus terminaciones nerviosas estaban contraídas. La mujer trataba de parecer normal. Eso era lo que era tan anormal.
– ¿No fue el que mataron cerca de aquí? -terció Assad.
Carl le habría dado a gusto una patada en la espinilla. Cuando volvieran al despacho tendrían que mantener una conversación acerca de la locuacidad excesiva.
Volvió la vista hacia los edificios. Contaban más que la historia de una familia en bancarrota. Dentro del gris había también tonos intermedios. Era como si los edificios le enviaran señales. La sensación de acidez aumentó cuando miró hacia ellos.