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Había pasado la mayor parte de la noche sentada en medio de la celda, de espaldas a las cámaras, afilando el trozo largo de la varilla de plástico que la víspera había partido en dos a base de retorcerla. Por irónico que pareciera, aquella varilla de plástico de la capucha de su plumífero iba a convertirse en su instrumento para abandonar este mundo.

Dejó los dos palillos en el regazo y pasó los dedos por encima. Uno era casi como un punzón, y al otro le había dado la forma de una lima de uñas afilada. Seguramente utilizaría aquél cuando estuviera preparado. Se temía que el palillo afilado como un punzón no iba a poder hacer un agujero lo bastante grande en su vena, y si no lo hacía lo bastante rápido la sangre en el suelo la descubriría. No tenía la menor duda de que disminuirían la presión tan pronto como se dieran cuenta. De manera que su suicidio tenía que ocurrir de manera efectiva y rápida.

No quería morir de la otra manera.

Cuando oyó por los altavoces que hablaban en alguna parte del otro lado, se metió las varillas en el bolsillo e inclinó el tronco hacia delante, como si se hubiera dormido en esa postura. Cuando se ponía así, Lasse le solía gritar sin que ella reaccionara, de modo que no había en ello nada fuera de lo común.

Estaba sentada pesadamente con las piernas cruzadas, mirando con fijeza la larga sombra que creaban los focos con su cuerpo. Allí, en lo alto de la pared, estaba su auténtico yo. Una silueta nítidamente dibujada de una persona en decadencia. El pelo revuelto cubriéndole los hombros, un plumífero gastado sin contenido. Un resto del pasado, que desaparecería cuando apagaran la luz, pronto. Era 4 de abril de 2007. Le quedaban cuarenta y un días de vida, pero iba a suicidarse cinco días antes, el 10 de mayo. Ese día Uffe cumpliría treinta y cuatro años, y mientras ella se pinchaba pensaría en él, y le enviaría un mensaje de amor y cariño, y le contaría lo bella que podía ser la vida. Su rostro iluminado sería lo último que vería. Su querido hermano Uffe.

– Hay que darse prisa -oyó gritar a la madre por los altavoces al otro lado de la pared de cristal-. Lasse llegará dentro de diez minutos, o sea que hay que tenerlo todo preparado. Venga, chaval, muévete.

Su voz sonaba febril. Tras los cristales de espejo se oía ruido de cacharros y Merete miró a la compuerta. Pero no entraron los cubos. Su reloj interno también le decía que era demasiado temprano.

– Pero mamá -respondió a gritos el joven flaco-, necesitamos otro acumulador aquí dentro. No hay corriente en esta batería. No podemos provocar la explosión si no la cambiamos. Me lo dijo Lasse hace un par de días.

¿Explosión? Una sensación gélida recorrió el cuerpo de Merete. ¿Iba a ser ahora?

Se hincó de rodillas en el suelo y trató de pensar en Uffe mientras frotaba la varilla con forma de cuchillo contra el suelo de hormigón pulido. Tal vez le quedaran sólo diez minutos. Si se hacía un corte lo bastante profundo, tal vez se quedara inconsciente al cabo de cinco minutos. De eso se trataba.

Mientras la pieza de plástico cambiaba de forma con excesiva lentitud, ella respiraba pesadamente entre sollozos.

Seguía demasiado roma. Miró de reojo hacia las tenazas, cuyas mordazas habían perdido el filo al rascar su mensaje en el suelo de hormigón.

– Aaah -susurró; un día más y lo habría terminado. Después se secó el sudor de la frente y se llevó la muñeca hacia la boca. Tal vez pudiera abrirse las venas con los dientes si agarraba bien. Mordió un poco la carne, pero no hizo presa. Después giró la muñeca y lo intentó con los colmillos, pero estaba demasiado delgada y agotada. Sus huesos se interponían y sus dientes no estaban lo bastante afilados.

– ¿Qué está haciendo? -chilló la bruja, con la cara pegada al cristal. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos, sólo se le veían los ojos, mientras el resto de su cuerpo permanecía en la sombra, con los focos cegadores al fondo.

– Abre la compuerta del todo. Hazlo YA -le ordenó a su hijo.

Merete miró hacia la linterna, que estaba preparada junto al agujero que había abierto bajo el cierre de la compuerta. Dejó caer la pieza de plástico y avanzó a cuatro patas hacia la compuerta, mientras al otro lado la mujer le hablaba irritada y todo su ser lloraba y suplicaba.

Oyó por el sistema de altavoces que el hombre manipulaba la compuerta; entonces asió la linterna y la hundió en el agujero del suelo.

Se oyó un clic y el mecanismo de apertura se puso en marcha, mientras ella fijaba la vista en la compuerta con el corazón martilleándola. Si la linterna y el cierre no aguantaban, estaba perdida. Imaginó que la presión encerrada en su cuerpo se liberaría como una granada.

– Oh, Dios mío, haz que no ocurra -rogó llorando, volviendo a gatas hacia la varilla de plástico, mientras el cierre chocaba con la linterna. Se volvió y advirtió que la linterna se movía un poco. Después oyó un sonido que nunca había oído. Como cuando se activa el zoom de una cámara. El zumbido de un dispositivo mecánico al desconectarse, seguido de un golpe sordo contra la compuerta.

La compuerta exterior estaba abierta, y toda la presión se almacenaba en la compuerta interior. O sea que sólo estaba la linterna entre ella y la muerte más terrible que podía imaginar. Pero la linterna no volvió a moverse. Quizá se había abierto la compuerta unas centésimas de milímetro, porque el sonido sibilante del aire al salir de la cámara aumentó en intensidad hasta convertirse en un pitido ululante.

Lo sintió en el cuerpo a los pocos segundos. De pronto notó palpitaciones en los oídos, registró una débil presión en el seno frontal, como si estuviera cogiendo un resfriado.

– ¡Mamá, ha atascado la puerta! -gritó el joven.

– Pues apaga y vuelve a encender, cabeza de chorlito -respondió la madre entre dientes.

Por un momento el pitido disminuyó en intensidad. Después oyó que el mecanismo volvía a ponerse en marcha, y el pitido volvió a hacerse más estridente.

Intentaron varias veces, en vano, que la compuerta interior se desplazase, mientras Merete afilaba su pieza de plástico.

– Tenemos que matarla ahora y hacerla desaparecer, ¡¿está claro?! -gritó la diablesa al otro lado-. Corre a por la porra, está detrás de la casa.

Merete miró fijamente el cristal. Había sido a la vez los barrotes de su celda y protección contra aquellos monstruos durante los dos últimos años. Si el cristal se rompía, moriría de inmediato. La descompresión se produciría en un instante. Puede que no llegara ni a notarlo antes de desaparecer de este mundo.

Puso las manos en el regazo y llevó el cuchillo de plástico hasta la muñeca izquierda. Había observado aquella vena mil veces. Era ahí donde tenía que pinchar. Ahí estaba, oscura y fina, visible en medio de la delicada piel blanca.

Entonces cerró el puño y apretó, mientras cerraba los ojos. La presión sobre la vena no parecía la adecuada. Dolía, pero la piel no cedía. Contempló la marca que había dejado la pieza de plástico. Era ancha y larga, y parecía profunda, pero no lo era. Ni siquiera sangraba. El cuchillo de plástico no estaba lo bastante afilado.

Entonces se arrojó a un lado y buscó el palillo afilado como un punzón, que estaba en el suelo. Abrió bien los ojos y estuvo pensando dónde tendría más delgada la piel. Luego apretó. No le dolió tanto como había temido, y la sangre enseguida manchó de rojo la punta, dándole una sensación de completa seguridad. Con ese sosiego en el alma, observó cómo brotaba la sangre.

– ¡Te has pinchado, zorra! -gritó la mujer, golpeando uno de los ojos de buey, y los golpes retumbaron en la estancia. Pero Merete no le prestó atención, estaba insensible. Se tumbó en silencio sobre el suelo, recogió su pelo largo tras la nuca y se quedó mirando al último tubo fluorescente que todavía funcionaba.

– Lo siento, Uffe -susurró-. No he podido esperar.

Sonrió a la imagen de su hermano que flotaba en la celda, y él le devolvió la sonrisa.