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El estruendo del primer porrazo pulverizó la visión onírica. Miró hacia el cristal de espejo, que vibraba cada vez que recibía un golpe. Quedó prácticamente opaco, pero no sucedió nada más. Tras cada golpe que asestaba el joven contra el cristal se oía un gemido de agotamiento. Entonces probó a golpear el otro ojo de buey, pero aquél tampoco cedió. Sus brazos delgados no estaban acostumbrados a trajinar con tanto peso, era evidente. Los intervalos entre golpe y golpe fueron espaciándose cada vez más.

Merete sonrió y se observó el cuerpo, relajado, tumbado en el suelo. Ese era el aspecto que tenía Merete Lynggaard al morir. Dentro de poco su cuerpo sería destrozado y convertido en picadillo, pero no le importaba pensar en ello. Para entonces su alma se habría liberado. La esperarían nuevos tiempos. Había conocido el infierno en la tierra, y había padecido la mayor parte de su vida. Mucha gente había sufrido a causa de ella. No podía irle peor en la otra vida, si es que la había. Y si no había nada, ¿qué tenía que temer?

Su mirada se deslizó a su lado y se dio cuenta de que la mancha del suelo era de color rojo oscuro, pero no mucho mayor que la palma de la mano. Después giró la muñeca para mirar el pinchazo. Casi había dejado de manar sangre. Un ultimo par de gotas brotaron, se fundieron como manos de mellizos buscándose y se coagularon igual de lentamente.

Mientras tanto, los golpes del otro lado habían cesado y lo único que oía era el aire filtrándose por la rendija de la compuerta y las palpitaciones de los oídos. Se oían con más intensidad que antes. Ahora que se fijaba, le estaba entrando dolor de cabeza, a la vez que le dolían el cuerpo y las articulaciones, como si fuera la antesala de una gripe.

Entonces asió la pieza de plástico y volvió a apretarla con fuerza contra la herida, que se había cerrado. Arañó a los lados y arriba y abajo para agrandar el agujero.

– ¡Ya he llegado, mamá! -gritó una voz. Era Lasse.

La voz de su hermano sonó temerosa por el sistema de altavoces.

– Yo quería cambiar la batería, pero mamá me ha dicho que vaya a por la porra, Lasse. No he podido romper el cristal, he hecho lo que he podido.

– No puede romperse así -respondió Lasse-. No es suficiente. No habrás chafado los detonadores, ¿verdad?

– No, he mirado bien dónde golpeaba -respondió su hermano-. De verdad, Lasse.

Merete sacó la pieza de plástico y alzó la vista hacia el cristal machacado, que irradiaba en todas direcciones. Ahora la herida de la muñeca sangraba más, pero no mucho. Santo Dios, ¿por qué no? ¿Habría pinchado una vena, en vez de una arteria?

Entonces se pinchó la otra muñeca. Fuerte y profundo desde el principio. Sangraba más, oh, gracias a Dios.

– No hemos podido evitar que la policía entrase en la finca -dijo de pronto la bruja al otro lado.

Merete contuvo el aliento. Vio que la sangre se abría paso finalmente y empezaba a manar a más velocidad. ¿La policía había estado allí?

Se mordió los labios. Sintió que su dolor de cabeza iba a más y que su ritmo cardíaco disminuía con la misma rapidez.

– Saben que el terreno era de Hale -continuó la mujer-. Uno de ellos ha dicho que no sabía que Daniel Hale se hubiera matado cerca de aquí, pero mentía, Lasse, me he dado cuenta.

Merete empezó a notar presión en los oídos. Como cuando un avión se prepara para aterrizar, sólo que más rápido y con mayor intensidad. Trató de bostezar, pero no pudo.

– ¿Qué querían de mí? ¿Tiene que ver con el tipo del que han escrito los periódicos? ¿El del nuevo departamento? -interrogó Lasse.

Los tapones de los oídos hacían que las voces sonaran más lejanas, pero Merete se resistía. Quería oírlo todo.

– No lo sé, Lasse -dijo la mujer varias veces, casi gimoteando.

– ¿Por qué crees que van a volver? -continuó Lasse-. Les has dicho que estaba navegando, ¿no?

– Pero Lasse, ya saben en qué naviera trabajas. Han oído hablar del coche que viene de la naviera, se le ha escapado al negro, y el policía danés se ha cabreado, era evidente. Seguro que ya saben que llevas varios meses en tierra. Que estás en el departamento de catering. Se van a enterar, Lasse, lo sé. También que envías aquí varias veces por semana la comida que sobra en coches de la naviera, basta hacer una llamada, Lasse, no puedes evitarlo. Y entonces volverán. Creo que han ido a por una orden de registro. Han preguntado si podían echar un vistazo por la casa.

Merete contuvo el aliento. ¿La policía iba a volver? ¿Con una orden de registro? ¿Eso creían? Miró la muñeca ensangrentada y apretó con fuerza un dedo sobre la herida.

Bajo el pulgar la sangre seguía manando, se concentraba en los pliegues bajo la muñeca y desde allí goteaba lentamente sobre su regazo. Sólo soltaría la presa si estaba convencida de que la batalla estaba perdida. Seguramente la vencerían, pero en aquel momento estaban en apuros. Qué sensación tan maravillosa.

– ¿Para qué querían ver la finca? -preguntó Lasse.

La presión de los oídos de Merete aumentó. Apenas podía compensar la diferencia de presión. Trató de bostezar y se puso a escuchar con atención. Empezó a notar una presión en la cadera. En la cadera y en las muelas.

– El policía danés ha dicho que tenía un hermano que trabaja en una farmacéutica y que le gustaría visitar el lugar donde empezó una gran empresa como Interlab.

– Vaya estupidez.

– Por eso te he llamado.

– ¿Cuánto hace que han estado?

– No hará ni veinte minutos.

– Entonces puede que no nos quede ni una hora. También debemos recoger el cadáver y deshacernos de él, no va a darnos tiempo. Necesitamos tiempo para limpiar y baldear. No, esperaremos hasta después. Ahora se trata de que no encuentren nada y nos dejen en paz.

Merete trató de alejar de sí la palabra «recoger». ¿Era realmente ella de quien hablaba Lasse? ¿Cómo podía haber gente tan cínica y repugnante?

– ¡Ojalá os agarren antes de que escapéis! -gritó-. ¡Ojalá os pudráis en la cárcel como unos cerdos, que es lo que sois! Os odio, ¿lo entendéis? ¡Os odio a todos!

Se levantó poco a poco, mientras las sombras del otro lado se desplazaban tras la superficie de vidrio destrozado.

– ¡Entonces puede que finalmente sepas lo que es el odio! ¿Lo entiendes ahora? -gritó Lasse con voz helada.

– Lasse, no habrás pensado hacer saltar la casa por los aires, ¿verdad?

Merete escuchaba, concentrada.

Hubo una pausa. Lasse debía de estar pensando. Pensando en matarla. En cómo matarla con el mínimo riesgo. Ya no se trataba de ella, la daban por muerta. Se trataba de ellos.

– No, no podemos hacerlo en estas condiciones, hay que esperar. No tienen que sospechar nada. Si hacemos saltar todo por los aires ahora, nuestro plan se va al garete. El seguro no nos pagará, mamá. Nos veremos obligados a desaparecer. Para siempre.

– No podría soportarlo, Lasse -se lamentó la mujer.

Pues entonces muere conmigo, bruja, pensó Merete.

– Ya lo sé, mamá. Ya lo sé -respondió Lasse. Merete no lo había oído hablar con tal dulzura desde que lo miró a los ojos el día de su cita en el Bankeråt. Por un momento su voz sonó humana, pero después llegó la pregunta que hizo que ella apretara con más fuerza la herida-. ¿Dices que ha atascado la compuerta?

– Sí. ¿No lo oyes? La descompresión va demasiado despacio.

– Pues pondré en marcha el temporizador.

– ¿El temporizador? Pero las toberas tardan veinte minutos en abrirse. ¿No hay otra solución? Se ha pinchado la vena, Lasse. ¿No podemos parar la renovación de aire?

¿Temporizador? ¿No le habían dicho que podían disminuir la presión cuando quisieran? ¿Que no tendría tiempo de hacerse daño antes de que abrieran las compuertas? ¿Era mentira?

La histeria iba apoderándose de ella. Cuidado, Merete, sintió una voz que la atravesaba. Reacciona. No te encierres en ti misma.