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– Traemos una orden de registro -comenzó, sacando el permiso de circulación del coche y extendiéndolo ante ellos un breve instante.

El joven se estremeció al verlo.

– ¿Podemos mirar un poco? -preguntó Carl, señalando a Assad los monitores con un gesto de la mano.

– Esa pregunta está de sobra -replicó la mujer. Tenía un vaso de agua en la mano y parecía exhausta. La rebeldía de su mirada se había esfumado, pero no parecía tener miedo alguno; sencillamente, se había resignado.

– Esos monitores ¿para qué los utilizan? -interrogó Carl después de que Assad hubiera registrado el cuarto de baño. Señaló la luz verde que brillaba tras la tela.

– Ah, eso es algo que ha puesto Hans -contestó la mujer-. Vivimos en el campo y se oyen muchas cosas. Decidimos instalar unas cámaras para poder vigilar la zona que rodea la casa.

Carl vio que Assad retiraba la tela y meneaba la cabeza.

– Ninguna tiene imagen, Carl -hizo saber.

– Hans, ¿puedo preguntarte por qué están encendidos los monitores si no están conectados a ninguna parte?

El chico miró a su madre.

– Están siempre encendidos -respondió ella, como si la aclaración fuera necesaria-. La corriente viene de la caja de la acometida.

– De la caja de la acometida, ¡vaya! ¿Y dónde está?

– No lo sé. Eso lo sabe Lasse -repuso la mujer, dirigiéndole una mirada triunfal. El callejón sin salida ya estaba dispuesto. Carl estaba en medio de él, mirando las altas paredes. Eso creía ella.

– En la naviera nos han dicho que en este momento Lasse no está navegando. ¿Dónde está?

La madre sonrió ligeramente.

– Cuando Lasse no está navegando suele tener líos de faldas. No es algo de lo que le hable a su madre, y así tiene que ser.

Su sonrisa se amplió. Los dientes amarillos estaban preparados para morderlo.

– Vamos, Assad -lo llamó Carl-. Aquí no hay nada más que hacer. Vamos a ver los otros edificios.

Su mirada se cruzó brevemente con la de ella al salir por la puerta. La mujer había extendido ya la mano hacia el paquete de cigarrillos que había en la mesa. La sonrisa había desaparecido. Señal de que iban por buen camino.

– Ahora vamos a fijarnos bien en lo que ocurre a nuestro alrededor, Assad. Empezaremos por este edificio -dijo, señalando el que sobresalía por encima de los demás.

– Quédate aquí y vigila por si ocurre algo en los demás edificios, ¿vale?

Assad asintió en silencio.

Cuando Carl se volvió, detrás de él sonó un clic suave pero característico. Se giró hacia Assad y vio que sostenía en la mano una brillante navaja de muelles con una hoja de diez centímetros. Bien utilizada, ponía al contrario en un serio aprieto, y mal utilizada ponía a todos en un aprieto.

– ¿Qué coño haces, Assad? ¿De dónde has sacado eso?

Assad se encogió de hombros.

– Ha sido por arte de magia, Carl. Lo haré desaparecer igual, o sea, te lo prometo.

– No vas a hacer nada.

La sensación de Carl de no haber conocido nada parecido a Assad se estaba afianzando de manera permanente, por lo visto. ¿Un arma completamente ilegal? ¿Cómo diablos se le había ocurrido algo tan demencial?

– Estamos aquí de servicio, Assad, ¿me sigues? Esa navaja no encaja, dámela.

El gesto experimentado con que Assad cerró la navaja en un santiamén era realmente preocupante.

Carl la sopesó en la mano antes de meterla en el bolsillo de la chaqueta bajo la mirada desaprobadora de Assad. Hasta su viejo machete de boy scout pesaba menos.

La espaciosa nave estaba construida sobre un piso de hormigón en el que las heladas y el agua habían abierto grietas. Los agujeros donde debería haber habido ventanas estaban ennegrecidos y los marcos podridos, y las vigas que sujetaban el techo estaban también marcadas por la intemperie. Era un espacio enorme y, aparte de algunos trastos y quince o veinte cubos iguales que los que había visto fuera, estaba totalmente vacío.

Dio una patada a uno de los cubos, que giró como un trompo y difundió hacia él un hedor de podredumbre. Cuando se detuvo, había dibujado alrededor un círculo de fango. Observó el fango. ¿Eran restos de papel higiénico? Sacudió la cabeza. Los cubos habían estado expuestos a la intemperie y a la lluvia. Cualquier cosa tendría ese aspecto y olor si pasaba el tiempo suficiente.

Miró el fondo del cubo e identificó el distintivo de la naviera Merconi estampado en el plástico. Seguramente serían los utilizados para llevar la comida sobrante de los barcos a casa.

Agarró una sólida placa de hierro del montón de trastos, salió y se dirigió con Assad al más lejano de los edificios escalonados.

– Quédate aquí -ordenó, y examinó el candado cuya única llave tenía Lasse, por lo que decían-. Ven a buscarme si observas algo raro.

A continuación metió el hierro plano bajo el herraje del candado. En el viejo coche patrulla solían tener una caja de herramientas con las que podían abrir un candado así de un voleo. Pero ahora tendría que aguantarse y trabajar duro.

Trajinó durante medio minuto, hasta que Assad se volvió hacia él y le quitó discretamente el hierro de la mano.

Dejemos al chaval, pensó Carl.

Pasado un segundo el candado cayó a la gravilla a sus pies.

Un par de instantes después entró en el edificio con tanta atención como sensación interna de derrota.

La estancia era parecida a la vivienda de la madre, pero en lugar de muebles había en medio de la nave una serie de bombonas de soldadura de diversos colores, y también unos cien metros de estanterías metálicas vacías. En el rincón más alejado había apiladas un montón de placas de metal inoxidable junto a una puerta. No había gran cosa más. Observó más detenidamente la puerta. Era imposible que diera al exterior, se habría dado cuenta.

Avanzó y asió la manilla de latón brillante; la puerta estaba cerrada con llave. Miró la cerradura; también allí se veían marcas brillantes debidas al uso reciente.

– ¡Assad, ven aquí! ¡Trae el hierro! -gritó.

– ¿No has dicho, entonces, que tenía que quedarme fuera? -preguntó Assad cuando se presentó ante él.

Carl señaló la puerta.

– Veamos lo que sabes hacer.

Se encontraron con una habitación con fuerte olor a perfume. Cama, mesa, ordenador, espejo de cuerpo entero, moqueta roja, un armario abierto con trajes y dos o tres uniformes, un lavabo con repisa de cristal y numerosas lociones para el afeitado. La cama estaba hecha, los papeles estaban bien ordenados en un montón, nada apuntaba a una persona desequilibrada.

– ¿Por qué crees que tenía la puerta cerrada con llave, Carl? -preguntó Assad mientras levantaba la carpeta de la mesa y miraba debajo. Después se arrodilló y miró bajo la cama.

Carl inspeccionó el resto. Assad tenía razón. Aparentemente no había nada que ocultar. Entonces, ¿por qué cerrar con llave?

– Aquí pasa algo, Carl. Si no, o sea, no habría una cerradura.

Carl asintió con la cabeza y se sumergió en el armario ropero. Volvió a sentir el intenso perfume. Estaba como pegado a la ropa. Golpeó la pared trasera, pero no descubrió nada especial. Mientras tanto Assad había levantado la alfombra y comprobado que no ocultaba ninguna trampilla.

Escudriñaron techo y paredes, y ambos repararon a la vez en el espejo. Estaba tan solitario. La pared en que se apoyaba era blanca y mate.

Carl golpeó la pared con los nudillos. Parecía maciza.

A lo mejor se desengancha, pensó, y asió el espejo, pero estaba bien sujeto. Assad puso la mejilla junto a la pared y miró tras el espejo.

– Creo que cuelga de un gancho al otro lado. Aquí hay una especie de cerradura.

Metió el dedo tras el espejo y corrió con sumo cuidado el pestillo de la cerradura. Después agarró el borde y tiró de él. Toda la estancia pasó como en una panorámica por el espejo cuando éste se deslizó a un lado para desvelar un agujero de la altura de un hombre, profundo y oscuro, abierto en la pared.