“Fue elegido por primera vez el 4 de octubre de 1885 y reelegido después constantemente. Pronunció numerosos y brillantes discursos con una elocuencia enérgica y ruda. Estaba en París en 1898 cuando estalló la terrible huelga. Se trasladó urgentemente a Bouville donde fue el animador de la resistencia. Tomó la iniciativa de negociar con los huelguistas. Estas negociaciones, inspiradas en un espíritu amplio y conciliatorio, fueron interrumpidas por la escaramuza de Jouxtebouville. Se sabe que una intervención discreta de las tropas restableció la calma en los ánimos.
“La muerte prematura de su hijo Octave, que ingresara muy joven en la Escuela Politécnica y de quien quería “hacer un jefe” asestó un terrible golpe a Olivier Blévigne. No pudo recobrarse, y murió dos años más tarde, en febrero de 1908.
“Colecciones de discursos: Las fuerzas morales (1894. Agotado). El deber de castigar (1900. Los discursos de esta colección fueron pronunciados en su totalidad a propósito del affaire Dreyfus. Agotado). Voluntad (1902. Agotado). Después de su muerte se reunieron los últimos discursos y algunas cartas a sus íntimos bajo el título: Labor improbus (Ed. Plon, 1910). Iconografía: existe un excelente retrato suyo de Bordurin en el museo de Bouville.”
Un excelente retrato, sea. Olivier Blévigne usaba un bigotito negro y su rostro oliváceo era un poco parecido al de Maurice Barrès. Seguramente los dos hombres se conocieron; sesionaban en las mismas bancas. Pero el diputado de Bouville no tenia la soltura del Presidente de la Liga de Patriotas. Era rígido como un garrote y saltaba de la tela como un diablo de su caja. Sus ojos chispeaban; la pupila era negra, la córnea rojiza. Fruncía sus pequeños labios carnosos y apretaba la mano derecha contra el pecho.
¡Cómo me había atormentado ese retrato! Unas veces encontraba a Blévigne demasiado alto, otras demasiado bajo. Pero ahora sabía a qué atenerme.
Conocí la verdad hojeando el Satirique Bouvillois. El número del 6 de noviembre de 1905 estaba consagrado por entero a Blévigne. Aparecía en la tapa, minúsculo, colgado de la melena de Combes, con esta leyenda: El piojo del león. Y desde la primera página se explicaba todo: Olivier Blévigne medía un metro cincuenta y tres. Su breve talla y su voz de rana, que más de una vez había hecho desternillar de risa a la cámara entera, eran motivo de mofa. Lo acusaban de usar taloneras de caucho en los botines. Por el contrario, Mme. Blévigne, Pacôme de soltera, era un caballo. “Es oportuno decir, agregaba el cronista, que tiene el doble por mitad”.
¡Un metro cincuenta y tres¡ A Bordurin, con celoso cuidado, lo había rodeado de esos objetos que no corren el riesgo de empequeñecer: un puf, un sillón bajo, un anaquel con algunos volúmenes en doce, un pequeño velador persa. Pero le dio la misma talla que a su vecino Jean Parrottin y las dos telas tenían las mismas dimensiones. Resultaba que en una el velador era casi tan grande como la mesa enorme de la otra, y el puf llegaría al hombro de Parrottin.
El ojo realizaba instintivamente la comparación entre los dos retratos; ésa era la causa de mi malestar.
En la actualidad me daban ganas de reír; ¡un metro cincuenta y tres! Si yo hubiera querido hablar a Blévigne, habría debido inclinarme o doblar las rodillas. Ya no me asombraba que levantara con tanto ímpetu la nariz al aire; el destino de los hombres de esta talla se juega siempre a unas pulgadas por encima de sus cabezas.
¡Admirable poder del arte! De ese hombrecito de voz chillona pasaría a la posteridad un rostro amenazador, un gesto soberbio, y sangrientos ojos de toro. El estudiante aterrorizado por la Comuna, el diputado minúsculo y rabioso; esto se lo había llevado la muerte. Pero gracias a Bordurin, el presidente del club del Orden, el orador de Las fuerzas morales era inmortal.
– ¡Oh, pobre Pipo!
La señora lanzó un grito sofocado: bajo el retrato de Octave Blévigne “hijo del anterior”, una mano piadosa había trazado estas palabras:
“Muerto en la Politécnica, en 1904”.
– ¡Murió! Como el hijo de Arondel. Tenía una cara tan inteligente. ¡Cuánto habrá sufrido la mamá! También, exigen demasiado en esas grandes escuelas. El cerebro trabaja hasta durante el sueño. A mí me gustan mucho esos bicornios, quedan elegantes. ¿Se llaman casuarios?
– No, los casuarios son los de Saint-Cyr.
Contemplé yo también al politécnico muerto a temprana edad. Su tez cerúlea y su bigote reflexivo hubieran bastado para despertar la idea de una muerte próxima. Además, él había previsto su destino; se notaba cierta resignación en sus ojos claros que veían lejos. Pero al mismo tiempo llevaba alta la cabeza; con ese uniforme representaba al ejército francés.
¡Tu Marcellus eris! Manibus date lilia plenis…
Una rosa cortada, un politécnico muerto: ¿puede haber algo más triste?
Seguí despacito por la larga galería, saludando al pasar, sin detenerme, los rostros distinguidos que salían de la penumbra: M. Bossoire, presidente del tribunal de comercio; M. Faby, presidente del consejo de administración del puerto autónomo de Bouville; M. Boulange, comerciante, con su familia; M. Rannequin, alcalde de Bouville; M. de Lucien, nacido en Bouville, embajador de Francia en los Estados Unidos y poeta; un desconocido con uniforme de prefecto; la Madre Sainte-Marie -Louise, superiora del Gran Orfelinato; M. y Mme. Théréson; M. Thiboust-Gouron, presidente general del consejo de prohombres; M. Bobot, administrador principal de la inscripción Marítima; M. Brion, Minette, Grelot, Lefèbvre; el doctor Pain y señora; el propio Bordurin, pintado por su hijo Fierre Bordurin. Miradas claras y frías, facciones finas, labios delgados. M. Boulange era económico y paciente; la Madre Sainte-Marie -Louise de una piedad industriosa; M. Thiboust-Gouron tan duro consigo mismo como con los demás. Mme. Théréson luchaba sin flaquear contra un mal profundo. Su boca infinitamente cansada hablaba bastante de su padecimiento. Pero esta mujer piadosa nunca había dicho: “Me duele”. Sabía sobreponerse; componía listas de platos y presidía sociedades de beneficencia. A veces, en mitad de una frase, cerraba lentamente los párpados y la vida abandonaba su rostro. Ese desfallecimiento no duraba más de un segando; Mme. Théréson abría en seguida los ojos, continuaba la frase. Y en el taller de caridad se cuchicheaba: “¡Pobre Mme. Théréson! Nunca se queja”.
Había cruzado el salón Bordurin-Renaudas en toda su longitud. Me volví. Adiós hermosos lirios, pura fineza en vuestros pequeños santuarios pintados, adiós hermosos lirios, orgullo nuestro y nuestra razón de ser, adiós. Cochinos.
Lunes.
Ya no escribo mi libro sobre Rollebon; se acabó, ya no puedo escribirlo. ¿Qué voy a hacer de mi vida?