When the mellow moon begin to bean
Every night I dream a little dream.
La voz, grave y ronca, aparece bruscamente y el mando, el mundo de las existencias, se desvanece. Una mujer de carne ha tenido esta voz, ha cantado delante de un disco, con su mejor ropa, y su voz quedaba registrada. La mujer, ¡bah!, existía como yo, como Rollebon; no tengo ganas de conocerla. Pero hay esto. No se puede decir que exista. El disco que gira existe, el aire golpeado por la voz que vibra, existe, la voz que impresionó el disco existió. Yo que escucho, existo. Todo está lleno, existencia en todas partes, densa y pesada y dulce. Pero más allá de toda esta dulzura, inaccesible, muy cercano, tan lejos, ay, joven, despiadado y sereno está ese… ese rigor.
Martes.
Nada. He existido.
Miércoles.
Hay un círculo de sol en el mantel de papel. En el círculo una mosca atontada se arrastra, se calienta y frota las patas de adelante una contra otra. Voy a hacerle el favor de aplastarla. No ve surgir este dedo índice gigante cuyos pelos dorados brillan al sol.
– ¡No la mate, señor! – exclama el Autodidacto.
La mosca revienta, las tripitas blancas le salen del vientre; la he librado de la existencia. Digo secamente al Autodidacto:
– Era un favor que había que hacerle.
¿Por qué estoy aquí? ¿Y por qué no había de estar? Es mediodía, espero que sea la hora de dormir. (Afortunadamente no pierdo el sueño.) Dentro de cuatro días veré a Anny; ésta es, por el momento, la única razón de mi vida. ¿Y después? ¿Cuándo Anny me haya dejado? Bien sé lo que espero, solapadamente: espero que no me deje nunca más. Sin embargo debería saber que Anny jamás aceptará envejecer en mi presencia. Estoy débil y solo, la necesito. Hubiera querido verla cuando tenía fuerzas; Anny es despiadada con las ruinas.
– ¿Está usted bien, señor? ¿Se siente bien? El Autodidacto me mira de costado, con ojos risueños. Jadea un poco, con la boca abierta, como un perro extenuado. Lo confieso: esta mañana estaba casi contento de volver a verlo, necesitaba hablar.
– Qué contento estoy de tenerlo en mi mesa -dice-, si siente usted frío podremos instalarnos al lado del calorífero. Esos señores se marcharán en seguida, han pedido la cuenta.
Alguien se preocupa por mí, se pregunta si tengo frío; hablo a otro hombre: hace años que no me ocurre esto.
– Se van, ¿quiere usted que nos cambiemos de lugar?
Los dos señores han encendido cigarrillos. Salen, ya están en el aire puro, al sol. Pasan a lo largo de los grandes vidrios, sujetando el sombrero con las dos manos. Ríen; el viento infla sus abrigos. No, no quiero cambiar de lugar.
¿Para qué? Y además, a través de los vidrios, entre los techos blancos de las casetas de baño, veo el mar verde y compacto.
El Autodidacto ha sacado de su cartera dos rectángulos de cartón violeta. Dentro de un rato los entregará en la caja. Descifro al revés en uno de ellos:
“Casa Bottanet. cocina burguesa.
“Almuerzo a precio fijo: 8 francos.
“Entremeses a elección.
“Carne aderezada.
“Queso o postre.
“140 francos las 20 tarjetas.
Ahora reconozco a ese tipo que come en la mesa redonda, cerca de la puerta: se aloja con frecuencia en el hotel Printania, es un viajante de comercio. De vez en cuando posa en mí su mirada atenta y sonriente; pero no me ve; está demasiado absorbido espiando lo que come. Del otro lado de la caja, dos hombres rojos 7 rechonchos saborean almejas y beben vino blanco. El más bajo, que tiene un fino bigote amarillo, cuenta una historia con la que él mismo se divierte. Hace silencios y ríe, mostrando unos dientes deslumbradores. El otro no ríe; sus ojos son duros. Pero dice a menudo que “sí” con la cabeza. Cerca de la ventana, un hombre enjuto y moreno, de facciones distinguidas, con un hermoso pelo blanco echado hacia atrás, lee pensativamente un periódico. En la banqueta, a su lado, ha puesto una cartera de cuero. Bebe agua de Vichy. Dentro de un momento, todos estos hombres saldrán; pesados por la comida, acariciados por la brisa, con el sobretodo bien abierto, la cabeza un poco caliente, zumbándoles un poco, caminarán a lo largo de la balaustrada mirando a los niños en la playa y los barcos en el mar; irán a su trabajo. Yo no iré a ninguna parte, no tengo trabajo.