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El Autodidacto ríe con inocencia y el sol retoza en sus escasos cabellos:

– ¿Quiere usted elegir sus platos?

Me tiende la lista: tengo derecho a un entremés a elección: cinco rodajas de salchichón o rábanos o langostinos o un platito de apio y remolacha. Los caracoles de Borgoña están fuera de lista.

– Tráigame un salchichón -digo a la criada.

El Autodidacto, me arrebata la lista de las manos:

– ¿No hay nada mejor? Aquí tiene caracoles de Borgoña

– Es que no me gustan mucho los caracoles.

– ¡Ah! ¿Entonces ostras?

– Son cuatro francos más -dice la criada.

– Bueno, ostras, señorita, y rábanos para mí.

Me explica, enrojeciendo:

– Me gustan mucho los rábanos.

A mí también.

– ¿Y después? -pregunta.

Recorro la lista de carnes. El buey estofado me tentaría. Pero sé de antemano que comeré pollo a la cazadora; es la única carne fuera de lista.

– Servirá usted -dice- un pollo a la cazadora al señor. A mí, buey estofado, señorita.

Vuelve la lista: los vinos están en el reverso;

– Tomaremos vino -anuncia con aire un poco solemne.

– ¡Bueno -dice la criada-, qué desarreglo! Jamás bebe usted vino.

– Pero puedo soportar muy bien un vaso de vino en su debida oportunidad. Señorita, ¿quiere traernos una jarra de asado de Anjou?

El Autodidacto deja la lista, corta el pan en trocitos y frota el tenedor con la servilleta. Echa una ojeada al hombre de pelo blanco que lee el diario, y me sonríe:

– Por lo general vengo aquí con un libro, aunque el médico me lo haya desaconsejado: uno come demasiado rápido, no mastica. Pero tengo un estómago de avestruz, puedo tragar cualquier cosa. Durante el invierno di 1917, cuando estuve prisionero, la comida era tan mala que todo el mundo cayó enfermo. Naturalmente, yo me hice llevar por enfermo como los demás; pero no tenía nada.

Ha sido prisionero de guerra… Es la primera vez que me habla de esto; río salgo de mi asombro: no puedo imaginármelo otra cosa que autodidacto.

– ¿Dónde estuvo usted prisionero?

No responde. Ha dejado el tenedor y me mira con prodigiosa intensidad. Va a contarme sus tribulaciones; ahora recuerdo que algo no marchaba en la biblioteca. Soy todo oídos; lo único que deseo es compadecerme de las penas de los demás. Será un cambio para mí. Yo no tengo tribulaciones, dispongo de dinero como un rentista, no tengo jefe, ni mujer, ni hijos; existo, eso es todo. Y esta tribulación es tan vaga, tan metafísica, que me da vergüenza.

El Autodidacto no quiere hablar. Qué curiosa mirada me echa; no es una mirada para ver, sino más bien para comunión de almas. El alma del Autodidacto ha subido y aflora en sus magníficos ojos de ciego. Que la mía haga otro tanto, que venga a pegar su nariz a los vidrios; las dos se harán reverencias.

No quiero comunión de almas, no he caído tan bajo. Retrocedo. Pero el Autodidacto avanza el pecho sobre la mesa, sin quitarme los ojos de encima. Afortunadamente la sirvienta le trae los rábanos. Se desploma de nuevo en la silla, el alma desaparece de sus ojos, y se pone a comer dócilmente.

– ¿Se arreglaron sus dificultades?

Se sobresalta:

– ¿Qué dificultades, señor? -pregunta con aire espantado.

– Usted sabe cuáles, el otro día me habló de ellas.

Enrojece violentamente.

– ¡Ah! -dice con voz seca-. ¡Ah, sí, el otro día! Bueno, es ese corso, señor, ese corso de la biblioteca.

Vacila por segunda vez, con terquedad de carnero:

– No quiero importunarlo, señor, con esos chismes.

No insisto. Come sin que se note, con una rapidez extraordinaria. Ya ha terminado los rábanos cuando me traen las otras. Sólo queda en su plato un paquete de colas verdes y un poco de sal mojada.

Afuera, se han detenido dos jóvenes frente a la lista que un cocinero de cartón les tiende en la mano izquierda (en la derecha blande una sartén). Vacilan. La mujer tiene frío, hunde el mentón en el cuello de piel. El joven es el primero en decidirse, abre la puerta y se hace a un lado para dejar paso a su compañera.

Ella entra. Mira a su alrededor con semblante amable y se estremece un poco:

– Hace calor -dice con voz grave.

El joven cierra la puerta.

– Buenos días -dice.

El Autodidacto se vuelve y responde gentilmente:

– Buenos días.

Los otros clientes no contestan, pero el señor distinguido baja un poco el periódico y escruta a los recién llegados con una profunda mirada.

– Gracias, no vale la pena.

Antes de que la sirvienta, que acude a ayudarlo, haya podido hacer un ademán, el joven se ha desembarazado con agilidad de su impermeable. Lleva, en lugar de chaqueta, un blusón de cuero con cierre relámpago. La sirvienta, un poco decepcionada, se vuelve hacia la mujer. Pero él se le anticipa una vez más y con movimientos suaves y precisos, ayuda a su compañera a quitarse el abrigo. Se sientan cerca de nosotros, uno junto al otro. No parecen conocerse desde hace mucho. La muchacha tiene un rostro fatigado y puro, un poco mohíno. De pronto se quita el sombrero y sacude el pelo negro sonriendo.

E1 Autodidacto los contempla largamente, con bondad; luego se vuelve hacia mí y me hace una guiñada enternecida como si quisiera decir: “¡Qué hermosos son!”

No son feos. Callan, se sientes felices de estar juntos, felices de que los vean juntos. A veces, cuando Anny y yo entrábamos en algún restaurante de Piccadilly, nos sentíamos objeto de contemplaciones enternecidas. Anny se irritaba pero, lo confieso, yo me enorgullecía un poco. Sobre todo me asombraba; nunca he tenido el aire limpito que sienta tan bien a ese joven, y tampoco puede decirse que mi fealdad sea conmovedora. Sólo que éramos jóvenes; ahora mi edad me permite enternecerme por la juventud de los demás. No me enternezco. La mujer tiene ojos oscuros y dulces; el hombre una piel anaranjada, un poco granujosa, y un mentoncito encantador y firme. Me conmueven, es cierto, pero también me repugnan un poco. Los siento tan lejos de mí el calor los pone lánguidos, prosiguen en su corazón un mismo sueño, tan dulce, tan débil. Se sienten cómodos, miran confiados las paredes amarillas, las gentes; consideran que el mundo está bien así, exactamente así, y cada uno de ellos, provisoriamente, encuentra el sentido de su vida en la del otro. Pronto constituirán entre los dos una sola vida, una vida lenta y tibia que ya no tendrá ningún sentido, pero no se darán cuenta.

Parecen intimidarse uno al otro. Para terminar, el joven, con aire torpe y resuelto, toma con la punta de los dedos la mano de su compañera. Ella respira fuertemente y se inclinan juntos sobre la lista. Sí, son felices. ¿Y después?

El Autodidacto adopta un aire divertido, un poco misterioso:

– Lo vi a usted antes de ayer.

– ¿Dónde?

– ¡Ah! ¡Ah! -dice, respetuosamente burlón.

Me hace esperar un instante y añade:

– Salía usted del Museo.

– Ah, sí -digo, -antes de ayer no, el sábado.

Antes de ayer no tenía ánimos por cierto, para recorrer museos.

– ¿Vio la famosa reproducción del atentado de Orsini, en madera tallada?

– No la conozco.

– ¿Es posible? Está en una salita, al entrar, a la derecha. Es obra de un insurrecto de la Comuna que vivió en Bouville hasta la amnistía, oculto en un desván. Quiso embarcarse para América, pero aquí la policía del puerto está bien organizada. Un hombre admirable. Empleó su ocio forzoso en tallar un gran panel de encina. No disponía de otros instrumentos que su cortaplumas y una lima de añas. Hacía los trozos delicados con la lima: las manos, los ojos. El panel tiene un metro cincuenta de largo por un metro de ancho; toda la obra es de una pieza; hay setenta personajes, cada uno del tamaño de mi mano, sin contar los dos caballos que tiran del coche del emperador. Y las caras, señor, esas caras hechas con lima, tienen todas fisonomía, aire humano.