– Está usted alegre, señor -me dice el Autodidacto con aire circunspecto.
– Es que pienso -le digo riendo- que estamos todos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir.
El Autodidacto se ha puesto grave. Hace un esfuerzo para comprenderme. Me reí demasiado fuerte; he visto que varias cabezas se volvían hacia mí. Y además lamento haber dicho tanto. Después de todo, a nadie le interesa.
Repite lentamente:
– Ninguna razón para existir… ¿Quiere usted decir, señor, que la vida no tiene objeto?¿No es eso lo que llaman pesimismo?
Reflexiona un instante más y dice, con dulzura:
– He leído hace unos años un libro de un autor americano; se llamaba: ¿Vale la pena vivir la vida? ¿No es la cuestión que usted plantea?
Evidentemente no, no es la cuestión que yo me planteo. Pero no quiero explicar nada.
– Concluía -me dice el Autodidacto en tono consolador- defendiendo el optimismo voluntario. La vida tiene un sentido si uno quiere dárselo. Primero hay que obrar, lanzarse a una empresa. Cuando se reflexiona, la suerte ya está echada, uno está comprometido. No sé qué piensa usted de esto, señor.
– Nada -digo.
O más bien pienso que es ésa la clase de mentira que se dicen perpetuamente el viajante de comercio, los dos jóvenes y el señor del pelo blanco.
El Autodidacto sonríe con un poco de malicia y mucha solemnidad:
– Tampoco es mi opinión. Pienso que no necesitamos buscar tan lejos el sentido de nuestra vida.
– ¿Eh?
– Hay un objeto, señor, hay un objeto… están los hombres.
Exacto: olvidaba que es humanista. Permanece un segundo silencioso, el tiempo necesario para hacer desaparecer, limpia, inexorablemente, la mitad del buey estofado y toda una rebanada de pan. “Están los hombres…” Este individuo tierno acaba de pintarse de cuerpo entero. Sí, pero no sabe decirlo bien. Tiene los ojos llenos de alma, indiscutiblemente, pero el alma no basta. En otros tiempos frecuenté a humanistas parisienses; cien veces les oí decir “están los hombres”, y era otra cosa. Virgan era inigualable. Se quitaba los lentes como si quisiera mostrarse desnudo en su carne de hombre, clavaba en mí sus ojos conmovedores, con una lenta mirada de fatiga que parecía desvestirme para captar mi esencia humana, y murmuraba, melodiosamente: “Están los hombres, viejo, están los hombres”, dando al “están” una especie de torpe poder, como si el amor a los hombres continuamente nuevo y asombrado, se trabara en sus alas gigantescas.
La mímica del Autodidacto no ha adquirido esa suavidad; su amor a los hombres es ingenuo y bárbaro: un humanista de provincia.
– Los hombres -le digo-, los hombres… en todo caso no parece usted preocuparse mucho de ellos; siempre está solo, siempre con la nariz metida en los libros.
El Autodidacto bate palmas y se echa a reír maliciosamente:
– Es un error suyo. ¡Ah, señor, permítame que se lo diga: qué error!
Se recoge un instante y acaba de deglutir discretamente. Su rostro está radiante como la aurora. Detrás de él, la muchacha lanza una carcajada ligera. Su compañero se ha inclinado y le habla al oído.
– Su error es muy natural -dice el Autodidacto-, hubiera debido decírselo hace tiempo… Pero soy tan tímido, señor; buscaba una ocasión.
– Ya se ha presentado -le digo cortésmente.
– También lo creo. ¡También yo lo creo! Señor, lo que voy a decirle…-. Se detiene enrojeciendo-: Pero quizá lo importuno.
Lo tranquilizo. Lanza un suspiro de felicidad.
– No todos los días se encuentran hombres como usted, señor, que unen la amplitud de opiniones a la penetración de la inteligencia. Hace meses que quería hablarle, explicarle lo que he sido, lo que soy…
Su plato está vacío y limpio como si acabaran de traérselo. De improviso descubro, al lado del mío, una fuentecita de estaño con una pierna de pollo nadando en una salsa oscura. Hay que comer eso.
– Hace un rato le hablaba de mi cautiverio en Alemania. Allí empezó todo. Antes de la guerra estaba solo y no me daba cuenta; vivía con mis padres, que eran buenas gentes, pero no me entendía con ellos. Cuando pienso en aquellos años… ¿Cómo pude vivir así? Estaba muerto, señor, y no me lo sospechaba; tenía una colección de timbres postales.
Me mira y se interrumpe.
– Señor, está usted pálido, parece fatigado. ¿Por lo menos no lo aburro?
– Me interesa mucho.
– Vino la guerra y me alisté sin saber por qué. Estuve dos años sin comprender, porque la vida del frente dejaba poco tiempo para la reflexión y además los soldados eran demasiado groseros. Al final de 1917 caí prisionero. Después me dijeron que muchos soldados recobraron, en el cautiverio, la fe de su infancia. Señor -dice el Autodidacto bajando los párpados sobre sus pupilas inflamadas-, yo no creo en Dios; la ciencia desmiente su existencia. Pero en el campo de concentración aprendí a creer en los hombres.
– ¿Soportaban su suerte valerosamente?
– Sí -dice con aire vago-, eso también. Además, nos trataban bien. Pero yo quería hablar de otra cosa; los últimos meses de la guerra ya no nos daban trabajo. Cuando llovía, nos hacían entrar en un cobertizo de madera donde cabíamos unos doscientos apiñados. Cerraban la puerta, nos dejaban allí apretados unos contra otros, en una oscuridad casi completa. Vacila un instante.
– No sabría explicárselo, señor. Todos aquellos hombres estaban allí, uno apenas los veía, pero los sentía muy cerca, escuchaba el ruido de su respiración… Una de las primeras veces que nos encerraron en aquel cobertizo era tal la apretura que primero creí ahogarme, y después, súbitamente, una poderosa alegría se elevó en mí; estuve a punto de desmayarme; entonces sentí que amaba a esos hombres como si fuesen hermanos; hubiera querido besarlos a todos. Después, cada vez que volvía, experimentaba el mismo gozo.
Tengo que comer el pollo, debe de estar frío. El Autodidacto ha terminado hace mucho y la criada aguarda para cambiar los platos.
– Aquel cobertizo había adquirido, a mis ojos, un carácter sagrado. A veces lograba burlar la vigilancia de los guardianes, me deslizaba allí y en la oscuridad, recordando las alegrías que había conocido, caía en una especie de éxtasis. Las horas pasaban, pero yo no lo advertía. A veces lloraba.
Debo de estar enfermo: no hay otra manera de explicar la formidable cólera, que acaba de trastornarme. Sí, una cólera de enfermo; me temblaban las manos, la sangre me subió a la cara, y para terminar, también mis labios comenzaron a temblar. Todo esto simplemente porque el pollo estaba frío. Además, yo también estaba frío, y esto era lo más penoso; quiero decir que el fondo continuaba así desde hacía treinta y seis horas, absolutamente frío, helado. La cólera me traspasó como un torbellino; era una especie de escalofrío, un esfuerzo de mi conciencia para reaccionar, para luchar contra ese descenso de temperatura. Vano esfuerzo; por una bagatela hubiese molido a golpes al Autodidacto o a la criada, abrumándolos de injurias. Pero no me hubiera entregado por entero al juego. Mi rabia se debatía en la superficie, y durante un momento tuve la penosa impresión de ser un bloque de hielo envuelto en llamas, una omelette-surprise. Esta agitación superficial se desvaneció y oí decir al Autodidacto:
– Todos los domingos iba a misa. Señor, nunca he sido creyente. ¿Pero no podría decirse que el verdadero misterio de la misa es la comunión entre los hombres? Un mendicante francés, que era manco, celebraba el oficio. Teníamos un armonio. Escuchábamos de pie, con la cabeza descubierta, y mientras los sones del armonio me transportaban, sentía que era uno con todos los hombres de mi alrededor. Ah, señor, cómo me gustaban aquellas misas. Todavía ahora, a veces voy a la iglesia, los domingos a la mañana, para recordarlas. En Sainte-Cécile tenemos un organista notable.