– ¿Echó usted de menos esa vida?
– Sí, señor, en 1919. Fue el año de mi liberación. Pasé meses muy penosos. No sabía qué hacer, languidecía. Donde veía hombres reunidos, allí me metía. Hasta he llegado -agrega sonriendo- a seguir el cortejo fúnebre de un desconocido. Un día, desesperado, arrojé al fuego la colección de estampillas… Pero encontré mi camino.
– ¿De veras?
– Alguien me aconsejó… Señor, sé que puedo contar con su discreción. Soy -quizá no sean sus ideas, pero tiene usted un espíritu tan amplio-, soy socialista.
Ha bajado los ojos y sus largas pestañas palpitan:
– Desde el mes de septiembre de 1921 estoy afiliado al partido socialista S. F. I. O. Esto es lo que quería decirle.
Resplandece de orgullo. Me mira, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos medio cerrados, la boca entreabierta; parece un mártir.
– Está muy bien -digo-, es muy hermoso.
– Señor, sabía que usted iba a aprobarme. ¿Y cómo podría censurarse a alguien que acaba de decir: he dispuesto de mi vida de tal y tal manera, y ahora soy perfectamente feliz?
Abre los brazos y me presenta las palmas de las manos, con los dedos hacia el suelo, como si fuera a recibir los estigmas. Sus ojos están vidriosos, veo rodar en su boca una masa oscura y rosada.
– Ah -digo-, si es usted feliz…
– ¿Feliz? -Su mirada es incómoda, ha levantado los párpados y me mira con semblante duro-. Usted podrá juzgarlo, señor. Antes de tomar esa decisión me sentía tan espantosamente solo que pensé en el suicidio. Lo que me contuvo fue la idea de que nadie, absolutamente nadie se conmovería con mi muerte, que estaría aún más solo en la muerte que en la vida.
Se yergue, infla las mejillas.
– Ya no estoy solo, señor. Nunca.
– Ah, ¿conoce usted mucha gente?-digo.
Sonríe y en seguida me doy cuenta de mi ingenuidad.
– Quiero decir que ya no me siento solo. Pero naturalmente, señor, no es necesario que esté con alguien.
– Sin embargo -digo-, en la filial socialista…
– ¡Ah! Conozco a todo el mundo. Pero a la mayoría sólo de nombre. Señor -dice con aire travieso-, ¿acaso está uno obligado a elegir sus compañeros de manera tan estrecha? Mis amigos son todos los hombres. Cuando voy a la oficina, por la mañana, delante, detrás de mí hay hombres que van a su trabajo. Los veo, si me atreviera les sonreiría, pienso que soy socialista, que todos ellos son el objeto de mi vida, de mis esfuerzos, y que todavía no lo saben. Es una fiesta para mí, señor.
Me interroga con la mirada; apruebo meneando la cabeza, pero siento que está un poco decepcionado, que quisiera más entusiasmo. ¿Qué puedo hacer? ¿Es culpa mía si en todo lo que me dice reconozco al pasar el plagio, la cita; si veo reaparecer, mientras él habla, a todos los humanistas que he conocido? ¡Ay, he conocido tantos! El humanista radical es particularmente amigo de los funcionarios. El humanista llamado “de izquierda” considera su principal cuidado velar por los valores humanos; no pertenece a ningún partido, porque no quiere traicionar lo humano, pero sus simpatías se inclinan a los humildes; a los humildes consagra su bella cultura clásica. En general es un viudo de hermosos ojos, siempre empañados de lágrimas; llora en los aniversarios. También quiere al gato, al perro, a todos los mamíferos superiores. El escritor comunista ama a los hombres después del segundo plan quinquenal; castiga porque ama. Púdico como todos los fuertes, sabe ocultar sus sentimientos, pero también, con una mirada, con una inflexión de vez, sabe insinuar tras sus rudas palabras de justiciero, una pasión áspera y dulce por sus hermanos. El humanista católico, el rezagado, el benjamín, habla de los hombres con un aire maravillado. ¡Qué hermoso cuento de hadas, dice, la más humilde de las vidas, la de un dockér londinense, la de una aparadora! Ha elegido el humanismo de los ángeles; escribe, para edificación de los ángeles, largas novelas tristes y bellas que obtienen con frecuencia el premio Fémina.
Éstos son los primeros grandes papeles. Pero hay otros, una nube: el filósofo humanista, que se inclina hacia sus camaradas como un hermano mayor, y que conoce sus responsabilidades; el humanista que ama a los hombres tal como son, el que los ama tal como deberían ser, el que quiere salvarlos con su consentimiento y el que los salvará a pesar de ellos, el que quiere crear mitos nuevos y el que se conforma con los antiguos, el que ama en el hombre su muerte, el que ama en el hombre su vida, el humanista jocundo, que siempre tiene una chanza, el humanista sombrío, que se encuentra de preferencia en los velatorios. Todos se odian entre sí, en tanto que individuos, naturalmente, no en tanto que hombres. Pero el Autodidacto lo ignora; los ha encerrado en sí mismo como gatos en una bolsa y se destrozan mutuamente sin que él lo advierta.
Me mira ya con menos confianza.
– ¿No lo siente como yo, señor?
– Dios mío…
Viendo su semblante inquieto, un poco rencoroso, lamento un segundo haberlo decepcionado. Pero él prosigue, amablemente:
– Ya sé; usted tiene sus investigaciones, sus libros; sirve a la misma causa a su manera.
Mis libros, mis investigaciones, imbécil. No podía hacer mejor plancha.
– No escribo por eso.
El rostro del Autodidacto se transforma al instante; se diría que ha olfateado al enemigo; nunca le había visto esta expresión. Algo ha muerto entre nosotros.
Pregunta, fingiendo sorpresa:
– Pero… si no soy indiscreto, ¿por qué escribe usted, señor?
– Bueno… no sé, así, por escribir. Tiene una buena oportunidad para sonreír, piensa que me ha desconcertado:
– ¿Escribiría en una isla desierta? ¿No se escribe siempre para ser leído?
Por costumbre ha dado a su frase el tono interrogativo. En realidad afirma. El barniz de suavidad y de timidez se ha descamado; ya no lo reconozco. Sus facciones transparentar una pesada obstinación; es un muro de suficiencia. Aún no he vuelto de mi asombro, cuando lo oigo decir:
– Que me digan: escribo para cierta categoría social, para un grupo de amigos, enhorabuena. Quizá escriba usted para la posteridad… Pero mal que le pese, señor, escribe para alguien.
Espera una respuesta. Como no llega, sonríe débilmente:
– ¿No será usted un misántropo?
Sé lo que disimula este falaz esfuerzo de conciliación. Me pide poca cosa, en suma, que acepte simplemente un rótulo. Pero es una trampa: si consiento, el Autodidacto triunfa, en seguida me da vuelta, me atrapa, me deja atrás, pues el humanismo reconsidera y concilia todas las actitudes humanas. Si ano le hace frente, favorece su juego: vive de sus contrarios. Hay una raza de gente terca y limitada, raza de bandidos, que a menudo pierde contra éclass="underline" el humanismo digiere todas sus violencias, sus peores excesos, y los convierte en una linfa blanca y espumosa. Ha digerido el antiíntelectualismo, el maniqueísmo, el misticismo, el pesimismo, el anarquismo, el egotismo: son todas etapas, pensamientos incompletos que sólo encuentran justificación en él. La misantropía también tiene su lugar en este concierto: es una disonancia necesaria para la armonía total. El misántropo es hombre; por lo tanto, el humanista ha de ser en cierta medida misántropo. Pero es un misántropo científico, que ha sabido dosificar su odio, que odia primero a los hombres para poder amarlos después.
No quiero que me integren, ni que mi hermosa sangre roja vaya a engordar a esa bestia linfática; no cometeré la tontería de calificarme de “antihumanista” No soy humanista, eso es todo.
– Considero -digo al Autodidacto- que no es posible odiar a los hombres, del mismo modo que no es posible amarlos.