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Entonces ¿esto, esta enceguecedora evidencia es la Náusea? ¡Si me habré roto la cabeza! ¡Si habré escrito! Ahora sé: existo -el mundo existe- y sé que, el mundo existe.

Eso es todo. Pero me da lo mismo. Es extraño que todo me dé lo mismo; me espanta. Desde el famoso día en que quise jugar a las tagüitas. Iba a arrojar aquel guijarro, lo miré y entonces empezó todo: sentí que el guijarro existía. Y después de esto hubo otras Náuseas; de vez en cuando los objetos se ponen a existir en la mano. Hubo la Náusea del Rendez-vous des Cheminots y otra, antes, una noche que estaba mirando por la ventana; y otra en el Jardín público, un domingo, y otras más. Pero nunca había sido tan fuerte como hoy.

– … de la Roma antigua, señor?

Creo que el Autodidacto me interroga. Me vuelvo hacia él y le sonrío. Bueno, ¿qué hay? ¿Por qué se encoge en la silla? ¿Ahora inspiro miedo? Esto debía terminar así. Por lo demás, me da lo mismo. No se equivocan mucho cuando tienen miedo: siento que podría hacer cualquier cosa. Por ejemplo, hundir este cuchillo de queso en el ojo del Autodidacto. Después, toda esta gente me pisotearía, me rompería los dientes a puntapiés. Pero no es eso lo que me detiene; un gusto a sangre en la boca en lugar de este gusto a queso, no es gran diferencia. Sólo habría que hacer un gesto, dar nacimiento a un suceso superfluo; el grito que lanzaría el Autodidacto, y la sangre corriendo por su mejilla y el sobresalto de toda esta gente, estarían de más. Hay bastantes cosas que existen así.

Todo el mundo me mira; los dos representantes de la juventud han interrumpido su dulce plática. La mujer tiene la boca abierta como culo de gallina. Sin embargo deberían ver que soy inofensivo.

Me levanto, todo da vueltas a mi alrededor. El Autodidacto me mira con sus grandes ojos que no reventaré.

– Ya se marcha -murmura.

– Estoy un poco fatigado. Ha sido usted muy gentil invitándome. Hasta la vista.

Al irme advierto que conservo en la mano izquierda el cuchillo de postre. Lo arrojo sobre el plato, que empieza a tintinear. Cruzo la sala en medio del silencio. Ya no comen; me miran, se les ha cortado el apetito. Si me acercara a la muchacha diciendo “¡Uh!” lanzaría un chillido; seguro. No vale la pena.

A pesar de todo, antes de salir me vuelvo y les hago ver mi rostro para que puedan grabárselo en la memoria.

– Adiós, señoras y señores.

No responden. Me voy. Ahora sus mejillas recobran el color; se pondrán a charlar.

No sé a dónde ir, me quedo plantado junto al cocinero de cartón. No necesito volverme para saber que me miran a través de los vidrios; miran mi espalda con sorpresa y disgusto; creían que era como ellos, que era un hombre y los he engañado. De pronto perdí mi apariencia de hombre, y vieron un cangrejo que escapaba a reculones de esa sala tan humana. Ahora el intruso desenmascarado ha huido: la sesión continúa. Me irrita sentir en mi espalda todo ese hormigueo de ojos y pensamientos espantados. Cruzo la calzada. La otra acera corre a lo largo de la playa y de las casetas de baño.

Hay muchas gentes paseando a la orilla del mar, contemplando el mar con rostros primaverales, poéticos; es por el sol, están de fiesta. Mujeres vestidas de claro, que se han puesto la ropa de la primavera anterior, pasan largas y blancas como guantes de cabritilla charolada; también hay muchachos altos que van al liceo, a la escuela de comercio, viejos condecorados. No se conocen, pero se miran con aire de connivencia porque el tiempo es tan bueno y son hombres. Les hombres se besan sin conocerse los días de declaración de guerra; se sonríen a cada primavera. Un sacerdote avanza a pasos lentos, leyendo su breviario. Por momentos levanta la cabeza y mira el mar con aire aprobador: también el mar es un breviario, habla de Dios. Colores ligeros, ligeros perfumes, almas de primavera. “Hace buen tiempo, el mar es verde, prefiero este frío seco a la humedad” ¡Poetas! Si tomara a uno por las solapas del abrigo, si le dijera “ven en mi ayuda”, pensaría: “¿Qué es este cangrejo?” y huiría dejándome el abrigo entre las manos.

Les vuelvo la espalda, me apoyo con las dos manos en la balaustrada. El verdadero mar es frío y negro, lleno de animales; se arrastra bajo esta delgada película verde hecha para engañar a las gentes. Los majaderos que me rodean cayeron en el lazo; sólo ven la delgada película; ella prueba la existencia de Dios. ¡Yo veo lo que está debajo! Los barnices se derriten, los brillantes pellejitos aterciopelados, los pellejitos de durazno del buen Dios estallan por todas partes bajo mi mirada, se hienden y entreabren. Ahí viene el tranvía de Saint-Elémir, giro sobre mí mismo y las cosas giran conmigo, pálidas y verdes como ostras.

Inútil, era inútil saber puesto que no quiero ir a ninguna parte.

Detrás de los vidrios, desfilan a sacudones objetos azulados, rígidos y quebradizos. Gentes, paredes; por sus ventanas abiertas una casa me ofrece su corazón negro; y los vidrios empalidecen, tiñen de azul todo lo que es negro, tiñen de azul ese gran edificio de ladrillos amarillos que avanza vacilando, estremeciéndose, y se detiene de golpe con la nariz pegada al tranvía. Un señor sube y se sienta frente a mí. El edificio amarillo reanuda la marcha, se desliza de un salto contra los vidrios, está tan cerca que sólo se ve una parte, se ha oscurecido. Los vidrios tiemblan. La casa se levanta, aplastante, mucho más alta de lo que se ve, con cientos de ventanas abiertas a corazones negros; se desliza a lo largo del coche, lo roza; la noche ha caído entre los vidrios trémulos. El edificio se desliza interminablemente, amarillo como fango y los vidrios son azul de cielo. Y de golpe ya no está, ha quedado atrás; una viva claridad gris invade el coche y se propaga por todas partes como una justicia inexorable: es el cielo; a través de los vidrios aparecen aún espesores y espesores de cielo, porque subimos la cuesta Eliphar y se ve claro de los dos lados, a la derecha hasta el mar, a la izquierda hasta el campo de aviación. Prohibido fumar, aunque sea una gitana.

Apoyo la mano en el asiento pero la retiro precitadamente: eso existe. Esta cosa en la cual estoy sentado, en la cual apoyaba mi mano se llama banqueta. Está hecha a propósito para sentarse; alguien tomó cuero, resortes, estopa y se puso a la tarea con la idea de hacer un asiento, y al terminar, esto era lo que había hecho. Lo trajeron aquí, a este coche, y ahora el coche rueda y traquetea con sus vidrios temblorosos, y lleva en sus flancos esta cosa roja. Murmuro: es una banqueta, un poco a manera de exorcismo. Pero la palabra permanece en mis labios; se niega a posarse en la cosa. La cosa sigue como es, con su felpa roja, y millares de patitas rojas al aire, rígidas, millares de patitas muertas. Este enorme vientre al aire, sangriento, inflado, tumefacto, con todas sus patas muertas, vientre que flota en este coche, en este cielo gris, no es una banqueta. Lo mismo podría ser un asno muerto, por ejemplo, hinchado por, el agua, flotando a la deriva, con el vientre al aire en un gran río gris, en un río de inundación; y yo estaría sentado en el vientre del asno y mis pies se mojarían en el agua clara. Las cosas se han desembarazado de sus nombres. Están ahí, grotescas, obstinadas, gigantes, y parece imbécil llamarlas banquetas o decir cualquier cosa de ellas; estoy en medio de las Cosas, las innominables. Solo, sin palabras, sin defensa, las Cosas me rodean, debajo de mí, detrás de mí, sobre mí. No exigen nada, no se imponen; están ahí. Bajo el cojín de la banqueta, en la tabla, hay una pequeña línea de sombra, una pequeña línea negra que corre a lo largo de la banqueta con aire misterioso y travieso, casi una sonrisa. Sé muy bien que eso no es una sonrisa y sin embargo existe, corre bajo los vidrios blanquecinos, bajo la batahola de los vidrios, se obstina bajo las imágenes azules que desfilan detrás de los vidries y se detienen y reanudan la marcha, se obstina como el recuerdo impreciso de una sonrisa, como una palabra casi olvidada de la cual sólo recordamos la primera sílaba, y lo mejor que uno puede hacer es apartar los ojos y pensar en otra cosa, en ese hombre semi-acostado en la banqueta, allá enfrente. Su cabeza de terracota y ojos azules. Toda la parte derecha del cuerpo se ha hundido, el brazo derecho está pegado al cuerpo, el lado derecho vive apenas, con esfuerzo, con avaricia, como si estuviera paralizado. Pero en todo el lado izquierdo hay una pequeña existencia parásita que prolifera, un chancro: el brazo ce pone a temblar y se levanta, y en la punta la mano está rígida. Y entonces la mano también empieza a temblar, y cuando llega a la altura del cráneo, un dedo se estira y se pone a rascar el cuero cabelludo con la uña. Una especie de mueca voluptuosa viene a alojarse en el lado derecho de la boca y el lado izquierdo signe muerto. Los vidrios tiemblan, el brazo tiembla, la uña rasca, rasca, la boca sonríe bajo los ojos fijos y el hombre soporta sin advertirlo esa pequeña existencia que hincha su lado derecho, que ha pedido prestado su brazo derecho y su mejilla para realizarse. E1 guarda me obstruye el camino.