Ya no había absolutamente nada, tenía los ojos vacíos, y estaba encantado con mi liberación. Y de golpe, aquello empezó a agitarse delante de mis ojos, con movimientos ligeros e inciertos: el viento sacudía la cima del árbol.
No me disgustaba ver algo en movimiento; me desviaba de todas aquellas existencias inmóviles que me miraban como ojos fijos. Me decía, siguiendo el balanceo de las ramas: los movimientos nunca existen del todo, son pasos intermediarios entre dos existencias, tiempos débiles. Me disponía a verlos salir de la nada, madurar progresivamente, abrirse; por fin iba a sorprender existencias a punto de nacer.
Bastaron tres segundos para barrer con todas mis esperanzas. En esas ramas vacilantes que tanteaban a su alrededor como ciegas, no lograba captar “paso” a la existencia. Esta idea de paso era otra invención de los hombres. Una idea demasiado clara. Todas esas agitaciones menudas se aislaban, se asentaban solas. Rebosaban por todas, partes de las ramas y ramitas. Se arremolinaban alrededor de esas manos secas, las envolvían con pequeños ciclones. Claro está, un movimiento era una cosa distinta de un árbol. Pero a pesar de todo era un absoluto. Una cosa. Mis ojos no encontraban jamás sino lo lleno. Allí bullían existencias en las puntas de las ramas, existencias renovadas sin cesar y nunca nacidas. El viento existente venía a posarse en el árbol como una gran mosca; y el árbol se estremecía. Pero el estremecimiento no era una cualidad naciente, un paso de la potencia al acto; era una cosa; una cosa estremecimiento que se escurría en el árbol, se apoderaba de él, lo sacudía y de improviso lo abandonaba, se alejaba para girar sobre sí misma. Todo estaba pleno, todo en acto, no había tiempo débil; todo, hasta el sobresalto más imperceptible, estaba hecho de existencia. Y todos esos existentes que se afanaban alrededor del árbol no venían de ninguna parte ni iban a ninguna parte. De golpe existían y después, de golpe, no existían: la existencia no tiene memoria; no conserva nada de los desaparecidos, ni siquiera un recuerdo. Existencia en todas partes, al infinito, de más siempre y en todas partes; existencia, siempre limitada sólo por la existencia. Me dejé estar en el banco, aturdido, abrumado por esa profusión de seres sin origen; en todas partes eclosiones, florecimientos; me zumbaban de existencia los oídos, mi misma carne palpitaba y se entreabría, se abandonaba a la brotadura universal; era repugnante. “¿Pero por qué, pensaba yo, por qué tantas existencias, si todas se parecen?” ¿A santo de qué tantos árboles todos parecidos, tantas existencias frustradas y obstinadamente recomenzadas y de nuevo frustradas, como los torpes esfuerzos de un insecto caído de espaldas? (Yo era uno de esos esfuerzos.) Esa abundancia no hacía el efecto de generosidad, al contrario… Era lúgubre, miserable, trabada por sí misma. Esos árboles, esos grandes cuerpos desmañados… Me eché a reír porque pensé de golpe en las primaveras formidables que se describen en los libros, llenas de crujidos, estallidos, eclosiones gigantescas. Había imbéciles que venían a hablar de voluntad de poder y lucha por la vida. ¿No habían mirado nunca un animal o un árbol? Hubieran querido hacerme tomar ese plátano con sus placas de peladera, esa encina medio podrida, por fuerzas jóvenes y ásperas que brotaban hacia el cielo. ¿Debería representármela como una garra voraz que rompiese la tierra para arrancarle su sustento?
Imposible ver las cosas de esta manera. Blanduras, debilidades, sí. Los árboles flotaban, ¿ímpetu hacia el cielo? Más bien un derrumbe; a cada instante esperaba ver arrugarse los troncos como juncos cansados, encogerse y caer al suelo en un montón negro y blando con pliegues. No tenían ganas de existir, pero no podían evitarlo; eso es todo. Entonces hacían todos sus pequeñas cocinas, despacito, sin entusiasmo; la savia subía lentamente en los vasos, a contra gusto, y las raíces se hundían lentamente en la tierra. Pero a cada instante parecían a punto de plantarlo todo allí y de aniquilarse. Cansados y viejos, continuaban existiendo de mala gana, simplemente porque eran demasiado débiles para morir, porque la muerte sólo podía venirles del exterior: sólo las melodías musicales llevan en sí su propia muerte como una necesidad interna; pero las melodías no existen. Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad. Me dejé ir hacia atrás y cerré los párpados. Pero las imágenes, en seguida vigilantes, saltaron y vinieron a colmar de existencias mis ojos cerrados: la existencia es un lleno que el hombre no puede abandonar.
Extrañas imágenes. Representaban una multitud de cosas. No cosas verdaderas, otras que se les parecían. Objetos de madera que semejaban sillas, zuecos, otros objetos que semejaban plantas. Y además dos rostros: la pareja que almorzaba a mi lado, el otro domingo, en la cervecería Vézelise. Gordos, calientes, sensuales, absurdos, con las orejas rojas. Veía los hombros y el pecho de la mujer. Existencia desnuda. Aquellos dos -bruscamente esto me horrorizó- aquellos dos continuaban existiendo en alguna parte de Bouville; en alguna parte-¿en medio de qué olores? -aquel pecho suave continuaba acariciándose contra frescas telas, acurrucándose en los encajes, y la mujer continuaba sintiendo que su pecho existía dentro del corpiño, continuaba pensando: “mis senos, mis lindos frutos”, sonriendo misteriosamente, atenta a la expansión de sus senos que la cosquilleaban y entonces grité y me encontré con los ojos muy abiertos.
¿Soñé aquella enorme presencia? Estaba allí, posada en el jardín, volcada en los árboles, toda blanda, embadurnándolo todo, espesa como una confitura. ¿Y yo estaba adentro, con todo el jardín? Tenía miedo, pero sobre todo cólera; aquello me parecía tan estúpido, tan fuera de lugar; odiaba esa mermelada innoble. ¡Sí, sí! Aquello subía hasta el cielo, andaba por todas partes, lo llenaba todo con su caída gelatinosa y yo le veía profundidades y profundidades, mucho más lejos que los límites del jardín y las casas y Bouville; ya no estaba en Bouville ni en ninguna parte, flotaba. No me sorprendía, sabía que era el Mundo, el Mundo completamente desnudo el que se mostraba de golpe, y me ahogaba de cólera contra ese ser gordo y absurdo. Ni siquiera podía uno preguntarse de dónde salía aquello, todo aquello, ni cómo era que existía un mundo más bien que nada. Aquello no tenía sentido, el mundo estaba presente, en todas partes presente, adelante, atrás. No había habido nada antes de él. Nada. No había habido momento en que hubiera podido no existir. Eso era lo que me irritaba: claro que no había ninguna razón para que existiera esa larva resbaladiza. Pero no era posible que no existiera. Era impensable: para imaginar la nada, era menester encontrarse allí, en pleno mundo, con los ojos bien abiertos, y viviente; la nada sólo era una idea en mi cabeza, una idea existente que flotaba en esa inmensidad; esa nada no había venido antes de la existencia, era una existencia como cualquier otra, y aparecida después de muchas otras. Yo gritaba “¡qué porquería, qué porquería!” y me sacudía para desembarazarme de esa porquería pegajosa, pero ella resistía y había tanto, toneladas y toneladas de existencia, indefinidamente; me ahogaba en el fondo de ese inmenso asco. Y entonces, de golpe, el jardín se vació como por un gran agujero, el mundo desapareció de la misma manera que había venido, o bien me desperté; en todo caso, no lo vi más; a mi alrededor quedaba tierra amarilla, de donde brotaban ramas secas, erguidas en el aire.