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– Pero cuéntame lo que intentabas hacer.

– No, no tengo interés en hablar de eso. Pero si quieres, hay una historia que me llamó mucho la atención cuando iba a la escuela. Era un rey que había perdido una batalla y había caído prisionero. Estaba en un rincón, en el campo del vencedor. Ve pasar a su hijo y a su hija encadenados. No llora, no dice nada. Después ve pasar, encadenado también, a uno de sus servidores. Entonces empieza a gemir y a arrancarse los cabellos. Tú mismo puedes inventar ejemplos. Ves: hay casos en que no se debe llorar, si no, uno es inmundo. Pero si dejas caer un leño en tu pie, puedes hacer lo que quieras: gimotear, llorar, saltar sobre el otro pie. Lo estúpido sería mantenerse todo el tiempo estoico; sería agotarse para nada.

Sonríe:

– Otras veces era preciso ser más que estoico. ¿No recuerdas, naturalmente, la primera vez que te besé?

– Sí, muy bien -digo triunfante-, fue en los jardines de Kiew, a orillas del Támesis.

– Pero lo que nunca supiste es que estaba sentada sobre unas ortigas; se me había levantado el vestido, tenía los muslos llenos de pinchazos y al menor movimiento, nuevos pinchazos. Bueno, allí no hubiera bastado el estoicismo. Tú no me turbabas nada, no sentía un deseo particular de tus labios; el beso que iba a darte era de una importancia mucho mayor, era un compromiso, un pacto. Entonces, ¿comprendes?, el dolor resultaba impertinente, no me era permitido pensar en mis muslos en un momento como aquél. No bastaba ocultar mi padecimiento; era preciso no padecerlo.

Me mira con orgullo, muy sorprendida aún por lo que hizo:

– Durante más de veinte minutos, todo el tiempo que insistías para conseguir ese beso que estaba decidida a darte, durante todo el tiempo en que me hice rogar -porque era preciso dártelo según los cánones- llegué a anestesiarme por completo. Dios sabe, sin embargo, que tengo la piel sensible: no sentí nada hasta que nos levantamos.

Es eso, exactamente eso. No hay aventuras, no hay momentos perfectos… hemos perdido las mismas ilusiones, hemos seguido los mismos caminos. Adivino el resto, hasta puedo tomar la palabra en su lugar y decir yo mismo lo que le falta decir:

– ¿Y entonces te diste cuenta de que siempre había buenas mujeres llorando, o un tipo pelirrojo, o cualquier otro para estropear tus efectos?

– Sí, naturalmente -dice sin entusiasmo.

– ¿No es eso?

– Oh, a la larga hubiera podido resignarme a las torpezas de un pelirrojo. Después de todo era bondad mía interesarme en la manera de representar los otros su papel… No, es más bien…

– ¿Qué no hay situaciones privilegiadas?

– Eso es. Yo creía que el odio, el amor o la muerte bajaban sobre nosotros como las lenguas de fuego del Viernes Santo. Creía que era posible resplandecer de odio o de muerte. ¡Qué error! Sí, realmente, pensaba que existía “el Odio”, que venía a posarse en la gente y a elevarla sobre sí misma. Naturalmente, sólo existo yo, yo que odio, yo que amo, Y entonces soy siempre la misma cosa, una pasta que se estira, se estira… y es siempre tan igual que uno se pregunta cómo se le ha ocurrido a la gente inventar nombres, hacer distinciones.

Piensa como yo. Tengo la impresión de no haberla dejado nunca.

– Escucha bien -le digo-, desde hace un momento pienso en una cosa que me gusta mucho más que el papel de mojón que tan generosamente me has concedido, y es que hemos cambiado al mismo tiempo y de la misma manera. Prefiero esto, ¿sabes?, a ver que te alejas cada vez más y estar condenado a señalar eternamente tu punto de partida. Yo había venido a contarte todo lo que me has contado, con otras palabras, es cierto. Nos encontramos a la llegada. No puedo decirte cuánto placer me causa.

– ¿Sí?-me dice dulcemente pero con aire terco-; bueno, con todo yo hubiera preferido que no cambiaras; era más cómodo. No soy como tú; más bien me desagrada saber que alguien ha pensado las mismas cosas que yo. Además, has de equivocarte.

Le cuento mis aventuras, le hablo de la existencia, acaso demasiado tiempo. Escucha con aplicación; tiene los ojos muy abiertos, las cejas altas

Cuando termino, parece aliviada.

– Bueno, pero no piensas lo mismo que yo. Te quejas porque las cosas no se disponen a tu alrededor como un ramillete de flores, sin tomarte la molestia de hacer nada. Pero yo nunca he pedido tanto: quería obrar. Cuando representábamos el aventurero y la aventurera, tú eras aquél a quien suceden aventuras, yo la que las hace suceder. Decía: “Soy un hombre de acción”. ¿Recuerdas:” Bueno, ahora digo simplemente: no se puede ser un hombre de acción.

Es preciso admitir que no la he convencido, pues se anima y prosigue con más fuerza:

– Y además hay un montón de cosas que no te he dicho porque serían demasiado largas de explicar. Por ejemplo: hubiera sido necesario que, en el momento mismo de obrar, pudiera decirme que mi acto tendría consecuencias… fatales. No logro explicarte bien…

– Pero es completamente inútil -digo con un aire bastante pedante-, eso también lo he pensado.

Me mira con desconfianza.

– De creerte, lo habrías pensado todo de la misma manera que yo; me asombras mucho.

No puedo convencerla, sólo conseguiría irritarla. Me callo. Tengo ganas de tomarla en mis brazos.

De pronto me mira con aire ansioso:

– Y entonces, si has pensado en todo esto, ¿qué puede hacerse?

Bajo la cabeza.

– Yo me… yo me sobrevivo -repite pesadamente.

¿Qué puedo decirle? ¿Acaso conozco motivos para vivir? No estoy desesperado como ella, porque no esperaba gran cosa. Estoy más bien… asombrado frente a esta vida que he recibido para nada. Mantengo baja la cabeza, no quiero ver el rostro de Anny en este momento.

– Viajo -prosigue con voz lúgubre-; vengo de Suecia. Me detuve ocho días en Berlín. Está ese tipo que me mantiene…

Tomarla en mis brazos… ¿Para qué? ¿No puedo nada por ella? Está sola como yo.

Me dice, con voz un poco más alegre:

– ¿Qué estás refunfuñando?

Levanto los ojos. Anny me mira con ternura.

– Nada. Pensaba solamente en algo.

– ¡Oh, misterioso personaje! Bueno, habla o cállate, pero elige.

Le hablo del Rendez-vous des Cheminots, del viejo rag-time que hago poner en el fonógrafo, de la extraña felicidad que me proporciona.

– Me preguntaba si por ese lado no se podría encontrar o buscar…

No responde nada, creo que no se ha interesado mocho en lo que le dije.

Sin embargo, continúa, al cabo de un instante, y no sé si prosigue sus pensamientos o si es una respuesta a lo que acabo de decirle.

– Los cuadros, las estatuas son inutilizables: hermosas frente a mí. La música…

– Pero en el teatro…

– Bueno, ¿en el teatro qué? ¿Quieres enumerar todas las bellas artes?

– ¡En otros tiempos decías que deseabas hacer teatro porque en escena debían realizarse momentos perfectos!

– Sí, los he realizado, para los demás. Yo estaba en el polvo, en la corriente de aire, bajo luces crudas, entre telones de cartón. En general tenía por compañero a Thorndyke. Creo que lo has visto representar en Covent Garden. Siempre tenía miedo de soltarle una carcajada en las narices.

– ¿Pero nunca te posesionabas del papel?

– Un poco, por momentos; jamás con mucha fuerza. Lo esencial para todos nosotros era el agujero negro, exactamente adelante, en cuyo fondo había gente a la que no veíamos; a aquellos, evidentemente, se les presentaba un momento perfecto. Pero no vivían dentro; se desenvolvía delante de ellos. ¿Y piensas que nosotros, los actores, vivíamos dentro? Al final no estaba en ninguna parte, ni de un lado ni del otro de las candilejas, no existía; y sin embargo todo el mundo pensaba en él. Entonces, ¿comprendes?, lo mandé todo a pasear.