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– Discúlpeme, señor Antoine.

La criada se me acerca:

– ¿Así que nos deja usted?

– Voy a París.

– He vivido en París -dice con orgullo-. Dos años. Trabajé en el Simeón. Pero sentía nostalgia de esto.

Vacila un poco, y se da cuenta de que no tiene nada más que decirme:

– Bueno, adiós señor Antoine.

Se limpia la mano en el delantal y me la tiende.

– Adiós, Madeleine.

Se va. Acerco el Diario de Bouville y luego lo rechazo; hace un rato, en la biblioteca, lo leí de la primera a la última línea.

La patrona no vuelve; abandona a su amigo sus manos regordetas que él oprime con pasión.

El tren parte dentro de tres cuartos de hora.

Hago mis cuentas, para distraerme.

Mil doscientos francos por mes no son gran cosa. Sin embargo, reduciéndome un poco, deberían bastar. Una habitación de trescientos francos, quince francos por día para la comida; quedarán cuatrocientos cincuenta francos para la lavandera, los gastos menudos y el cine. No necesitaré ropa interior, ni trajes por mucho tiempo. Los dos que tengo están limpios aunque un poco brillantes en los codos; me durarán tres o cuatro años más si los cuido.

¡Dios mío! ¿Yo voy a llevar esta vida de hongo? ¿Qué haré de mis días? Pasearé. Iré a las Tullerías a sentarme en una silla de hierro, o más bien en un banco, por economía. Iré a leer a las bibliotecas. ¿Y después? Una vez por semana, cine. ¿Y después? ¿Un Voltigeur, los domingos? ¿Iré a jugar al croquet con los jubilados del Luxemburgo? ¡A los treinta años! Me doy lástima. Hay momentos en que me pregunto si no me valdría más gastar en un año los trescientos mil francos que me quedan, y después… ¿Pero qué conseguiría con eso? ¿Trajes nuevos? ¿Mujeres? ¿Viajes? Lo he tenido todo y ahora se acabó, ya no me tienta; ¡para lo que queda! Dentro de un año me encontraría tan vacío como hoy, sin un recuerdo siquiera y cobarde frente a la muerte.

¡Treinta años! Y 14.400 francos de renta. Cupones a cobrar todos los meses. ¡Sin embargo no soy un anciano! ¡Que me den algo a hacer, lo que sea! Sería preferible que pensara en otra cosa, porque en este momento estoy por representarme la comedia. Sé muy bien que no quiero hacer nada; hacer algo es crear existencia, y ya hay bastante existencia.

La verdad es que no puedo soltar la pluma; creo que voy a tener la Náusea y mi impresión es que la retardo escribiendo. Entonces escribo lo que me pasa por la cabeza. Madeleine, que quiere agradarme, me grita de lejos, mostrándome un disco:

– Su disco, tenor Antoine, el que a usted le gusta; ¿quiere escucharlo, por última vez?

– Si le parece.

Lo dije por cortesía pero no me siento en muy buena disposición para escuchar una melodía de jazz. Con todo, prestaré atención porque, como dice Madeleine, escucho este disco por última vez; es muy viejo, demasiado viejo aun para la provincia; en vano lo buscaré en París. Madeleine va a ponerlo en el platillo del fonógrafo, girará; en las ranuras, la aguja de acero se pondrá a saltar y a rechinar, y cuando la hayan guiado en espiral hasta el centro del disco, habrá terminado; la voz ronca que canta Some of these duys callará para siempre.

Comienza.

Decir que hay imbéciles que obtienen consuelo con las bellas artes. Como mi tía Bigeois: “Los Preludios de Chopin me ayudaron tanto a la muerte de tu pobre tío”. Y las salas de concierto rebosan de humillados, de ofendidos que, con los ojos, cerrados, tratan de transformar sus rostros pálidos en antenas receptoras. Se figuran que los sonidos captados corren en ellos, dulces y nutritivos, y que sus padecimientos se convierten en música, como los del joven Werther; creen que la belleza se compadece de ellos. Basuras.

Quisiera que me dijesen si consideran compasiva esta música. Hace un rato yo estaba, por cierto, muy lejos de nadar en la beatitud. En la superficie bacía mis cuentas, mecánicamente. Debajo, se estancaban todos esos pensamientos desagradables que han tomado la forma de interrogaciones no formuladas, de asombros mudos, y que no me dejan ya ni de día ni de noche. Pensamientos sobre Anny, sobre mi vida frangollada. Y más abajo todavía, la Náusea, tímida como una aurora. Pero en aquel momento no había música, yo estaba taciturno y tranquilo. A mi alrededor todos los objetos estaban hechos de la misma materia que yo, de una especie de sufrimiento fofo. El mundo era tan feo, afuera, tan feos esos vasos sucios sobre las mesas, y las manchas pardas en el espejo y el delantal de Madeleine y el aire amable del gordo enamorado de la patrona, tan fea la existencia misma del mundo, que me sentía cómodo, en familia.

Ahora está el canto del saxofón. Y me avergüenzo. Acaba de nacer un pequeño padecimiento glorioso, un padecimiento modelo. Cuatro notas de saxofón. Van y vienen como si dijeran: “hay que hacer como nosotras, padecer con ritmo”. ¡Bueno, sí! Naturalmente, bien quisiera padecer de este modo, con ritmo, sin complacencia, sin piedad para mí mismo, con árida pureza. ¿Pero es mía la culpa si la cerveza está tibia en el fondo del vaso, si hay manchas pardas en el espejo, si estoy de más, si el más sincero de mis padecimientos, el más seco, se arrastra y se pone pesado, con demasiada carne y la piel demasiado grande a la vez, como el elefante de mar, con grandes ojos húmedos y conmovedores, pero tan feos? No, no puede decirse que este pequeño dolor de diamante que gira sobre el disco y me deslumbra, sea compasivo. Ni siquiera irónico; gira alegremente, ocupado de sí mismo; ha tronchado como una hoz la insulsa intimidad del mundo y ahora gira y a todos nosotros, a Madeleine, al hombre gordo, a la patrona, a mí mismo y a las mesas, a las banquetas, al espejo manchado, a los vasos, a todos los que nos abandonábamos a la existencia porque estábamos entre nosotros, nos ha sorprendido en el desaliñe, en el dejarse estar cotidiano; me avergüenzo por mí mismo y por todo lo que existe en su presencia.

Él no existe. Hasta es irritante; aunque me levantara y arrancara el disco del platillo que lo sostiene y lo rompiera en dos, no lo alcanzaría. Está más allá, siempre más allá de algo, de una voz, de una nota de violín. A través de espesores y espesores de existencia, se descubre, delgado y flexible, y cuando uno quiere atraparlo, sólo encuentra existentes, tropieza con existentes desprovistos de sentido. Está detrás de ellos; ni siquiera lo oigo; oigo sonidos, vibraciones del aire que lo descubren. No existe, puesto que no tiene nada de más; todo el resto es lo que está de más con respecto a él. Él es.

Y yo también quise ser. Fue lo único que quise; ésta es la clave del asunto. Veo claro en el aparente desorden de mi vida: en el fondo de todas esas tentativas que parecían sin relación, encuentro el mismo deseo: arrojar fuera de mí la existencia, vaciar los instantes de su grasa, torcerlos, desecarlos, purificarme, endurecerme, para dar al fin el sonido neto y preciso de una nota de saxofón Hasta podría constituir un apólogo: era una vez un pobre tipo que se había equivocado de mundo. Existía, como la otra gente, en el mundo de los jardines públicos, de los cafés, de las ciudades comerciales, y quería persuadirse de que vivía en otra parte, detrás de la tela de los cuadros, con los dux del Tintoreto, con los graves florentinos de Gozzoli, detrás de las páginas de los libros, con Fabricio del Dongo y Julián Sorel, detrás de los discos de fonógrafo, con las largas quejas secas del jazz. Y después de hacer el imbécil, comprendió, abrió los ojos, vio que había sido un error; estaba en una taberna, justamente, frente a un vaso de cerveza tibia. Permaneció abrumado en el asiento; pensó: soy un imbécil. Y en ese preciso momento, del otro lado de la existencia, en aquel otro mundo que puede verse de lejos, pero sin alcanzarlo nunca, una pequeña melodía se puso á danzar, a cantar: “Hay que ser como yo, hay que padecer con ritmo”

La voz canta: