Y sentía una dichosa fatiga. Rió entre dientes. A su llegada, ella había dicho que el gran Bardas Manasses le había enviado un mensaje: no podría visitarla esa noche según lo planeado, así que ella y su amado tendrían tiempo de más, un obsequio de Afrodita. «He descubierto qué significa fuerza inmortal», ronroneó ella al fin, abrazada a Cadoc.
Cadoc bostezó. Dormiría bien. Si tan sólo pudiera tenerla al lado… Pero los sirvientes ya habían notado que ella sentía predilección por ese extranjero. Era mejor no llamar la atención. Los chismes podían llegar a oídos inconvenientes.
¡Pero pronto, pronto!
De golpe se ahondó la oscuridad. Había tomado por una calleja, cerca del puerto y de su posada. A ambos costados se erguían altas paredes de ladrillo, dejando arriba un retazo de cielo. Anduvo más despacio, para no tropezar con nada. El silencio también era profundo. ¿Pisadas a sus espaldas? Recordó que varias veces había entrevisto la misma figura encapuchada. ¿Era mera coincidencia que siguieran el mismo rumbo?
Un destello de luz, un farol en un callejón le cegó por un instante.
—¡Es él! —oyó. Tres hombres salieron del callejón y resplandeció una espada.
Cadoc dio un salto atrás. Los hombres se desplegaron, derecha, izquierda, frente. Lo tenían arrinconado contra una pared.
Desenvainó el cuchillo. Dos de los atacantes portaban armas similares. No gastó saliva en gritos de protesta ni en pedir auxilio. Si no podía salvarse solo, era hombre muerto. Se desabrochó la túnica con la mano izquierda.
El espadachín se lanzó al ataque. El farol, que había quedado en la boca del callejón, lo transformaba en una sombra, pero Cadoc le vio un destello de luz en la cadera. Tenía una cota de malla. El acero susurró. Cadoc se movió a un costado. Arrojó la túnica contra la cara invisible, arrancándole una maldición y desviando el arma. Cadoc saltó a la derecha. Esperaba esquivar al que estaba allí, pero el sujeto era hábil y le cerró el paso. Lo atacó con la daga. Cadoc habría recibido la puñalada en el vientre si no hubiera contado con su vigor de inmortal. Detuvo el golpe con el cuchillo y retrocedió.
Los ladrillos le mordieron la espalda. Estaba acorralado, pero se defendió. Los dos hombres con dagas recularon. El espadachín se dispuso a atacar de nuevo.
Se oyeron sandalias sobre adoquines. La luz centelleó sobre una barba cobriza. El garfio de Rufus se hundió en la garganta del espadachín. Rufus movió el garfio salvajemente. El hombre soltó la espada, se agarró al garfio, cayó de rodillas. Soltó un graznido a través de la sangre.
Cadoc se agachó, cogió la espada y se irguió. No manejaba muy bien ese arma, pero había tratado de dominar todas las artes de la lucha a través de los siglos. Uno de los contrincantes se apartó. Cadoc giró a tiempo para detener al segundo, que estaba a sus espaldas. La hoja dio contra un brazo, haciendo crujir el hueso. El hombre gritó, trastabilló y huyó.
Gruñendo, Rufus extrajo el garfio y fue en busca del otro atacante, que también desapareció en la noche. Rufus se detuvo y dio media vuelta.
—¿Estás herido?—jadeó.
—No. —Cadoc también estaba sin aliento. Le martilleaba el corazón. Pero tenía la mente fría y despejada como hielo flotando en el mar de Thule. Miró al hombre con cota de malla, quien se contorsionaba entre gemidos y perdía mucha sangre—. Vámonos… antes de que… alguien venga. —Tiró la espada delatora.
—¿A la posada?
—No. —Cadoc echó a trotar. Recobró el aliento, se le apaciguó el pulso—. Éstos me conocían. Por lo tanto, sabían dónde esperar y deben de saber dónde me alojo. Quien los haya enviado querrá intentarlo de nuevo.
—Pensé que sería buena idea seguirte. Dejaste un buen tesoro en casa de ese cerdo de Phanar.
—No debería enorgullecerme de mi inteligencia —dijo el consternado Cadoc—. Tú has demostrado mucha más que yo.
—Bah, estás enamorado y eso es peor que estar ebrio. ¿Adonde vamos? Supongo que las calles principales son seguras. Quizá podamos despertar a otro posadero. Yo tengo suficiente dinero, si tú no tienes.
Cadoc meneó la cabeza. Habían salido a una avenida, desnuda y opaca bajo la luna.
—No. Vagaremos hasta el amanecer, luego nos mezclaremos con gente que salga de la ciudad. Éstos no eran vulgares matones, ni siquiera asesinos a sueldo. Armadura, espada…, por lo menos uno de ellos era un soldado imperial.
5
Vsevolod el Gordo, una eminencia entre los mercaderes rusos, poseía una casa en San Mamo. Era pequeña, pues sólo la usaba cuando estaba en Constantinopla, pero estaba adornada con opulencia bárbara y, durante sus estancias, con un par de mujerzuelas. Los sirvientes eran parientes jóvenes de Vsevolod, y se podía confiar en su lealtad. Arriba había una habitación disimulada.
Entró en ella al terminar el día. La barba entrecana le llegaba hasta el vientre que hinchaba la túnica bordada. Llevaba una jarra.
—He traído vino —saludó— Barato, pero abundante. Pues lo querréis abundante, sin fijaros en la calidad. —Se lo dio a Cadoc.
Éste se levantó sin prestar atención. Rufus cogió la jarra y se la llevó a la boca. Había roncado durante horas, mientras Cadoc caminaba entre las paredes desnudas o miraba el Cuerno de Oro y la ciudad de muchas cúpulas por la ventana.
—¿Qué has averiguado, Vsevolod Izyaslavev? —preguntó Cadoc en ruso.
El mercader se desplomó en la cama, haciéndola crujir.
—Malas noticias —dijo—. Fui a la tienda de Petros Simonides y hallé guardias apostados. Me costó sonsacarles una respuesta franca, y de todos modos no saben nada. Pero dicen que lo arrestaron para interrogarlo. —Un suspiro, como un viento estepario—. Si eso es verdad, si no lo dejan salir, adiós a la mejor agencia de contrabando que he tenido. ¡Ah, santos misericordiosos, ayudad a un pobre viejo a ganar el pan de su esposa y sus hijos!
—¿Y qué hay de mí?
—¿No entiendes, Cadoc Rhysev? No me atreví a insistir demasiado. No soy joven como tú. El coraje se ha ido con la juventud y el vigor. Recuerda al Señor, en estos días felices de tu vida, antes de que te agobien la edad y el pesar. Pero he hablado con un capitán de la guardia a quien conozco. Sí, es como temías, te están buscando. No sabe por qué, pero mencionó una trifulca cerca de tu posada y la muerte de un hombre. Lo cual ya sabía, por lo que me contaste.
—Eso pensaba —dijo Cadoc—. Gracias.
Rufus dejó la jarra.
—¿Qué nacemos? —rezongó. —Será mejor que os quedéis aquí, donde habéis buscado refugio —replicó Vsevolod—. Pronto volveré a Chernigov. Podéis venir conmigo. Los griegos no os conocerán en mi nave. Tal vez te disfrace e bella esclava circasiana, ¿eh, Rufus? —Soltó una risotada.
—No podemos pagarte el pasaje —dijo Cadoc.
—No importa. Eres mi amigo, mi hermano en Cristo. Confío en que me pagarás más tarde. Treinta por ciento de interés, ¿de acuerdo? Y cuéntame cómo te metiste en este aprieto. Me serviría de advertencia.
Cadoc asintió.
—Te lo contaré una vez que hayamos salido.
—Bien. —Vsevolod echó una ojeada a sus huéspedes—. Creí que esta noche pasaríamos un momento alegre y nos embriagaríamos, pero no estás de ánimo. Sí, es una pena perder tanto dinero. Os haré enviar la cena. Nos veremos mañana. Dios alegre vuestro sueño. —Se levantó y salió con torpeza, cerrando el panel.
Constantinopla era una sombra azul sobre las aguas doradas, contra el poniente rojizo. La penumbra inundó la habitación de San Mamo. Cadoc cogió la jarra de vino, bebió un sorbo, la dejó.
—¿De veras vas a contárselo? —preguntó Rufus.
—Oh, no. No la verdad. —Ahora hablaban en latín—. Inventaré una historia creíble y eso no le causará daño. Algo sobre un funcionario que decidió deshacerse de mí y apoderarse del oro en vez de esperar su parte de la ganancia.