Después de desearle éxito en la empresa, se disponía Veda a seguir su camino, cuando se adelantó hacia ella un chico alto y esbelto, de cabellos muy rubios.
— ¿Ha venido usted con Evda Nal? Entonces, ¿me permite que le haga unas preguntas?
Veda accedió gustosa.
— Evda Nal trabaja en la Academia de las Penas y de las Alegrías. Nosotros hemos estudiado ya la organización social de nuestro planeta y de algunos otros mundos, pero todavía no nos han explicado la que hace referencia a esa academia.
Veda les habló de los grandes estudios acerca de la sociedad realizados por aquella institución: el cómputo de las penas y alegrías en la vida de los seres humanos, clasificándolas por grupos en consonancia con la edad. Luego, siguió el análisis de los cambios producidos en ellas con arreglo a las etapas de evolución de la humanidad. Y cualquiera que fuese la índole de los distintos gozos y aflicciones, los balances masivos — hechos según el método de grandes cifras — revelaban importantes leyes reguladoras.
Los Consejos que dirigían el desarrollo de la sociedad procuraban siempre conseguir los mejores resultados. Y sólo cuando las alegrías aumentaban o se equilibraban con las penas, se consideraba que la evolución de la sociedad marchaba bien.
— Por lo tanto, ¿la Academia de las Penas y de las Alegrías es la más importante? — preguntó otro muchachito de mirada arrogante y audaz.
Los demás rieron, y el primer interlocutor de Veda Kong aclaró:
— Oí busca siempre la supremacía. Y sueña con los grandes jefes del pasado.
— Peligroso camino — repuso Veda sonriendo —. Como historiadora, puedo deciros que esos grandes jefes eran los hombres más trabados y menos independientes de la Tierra.
— ¿Estaban trabados por el condicionamiento de sus acciones? — preguntó el chico rubio.
— Precisamente. Pero eso ocurría en las antiguas sociedades de la Era del Mundo Desunido y en otras anteriores, que se desarrollaban de un modo desigual y espontáneo.
Ahora la supremacía no existe, porque la actuación de cada Consejo sería inconcebible sin los restantes.
— ¿Y el Consejo de Economía? Pues sin él nadie puede emprender nada grande… — objetó con cautela Oí, un poco turbado, pero sin desconcertarse.
— Eso es cierto, porque la economía constituye la única base real de nuestra existencia. Pero a mí me parece que no tenéis una idea completamente justa de lo que es la supremacía… ¿Habéis estudiado ya la citoarquitectónica del cerebro humano?
Los muchachos contestaron afirmativamente.
Veda pidió una astilla y trazó en la arena los círculos de las principales instituciones dirigentes.
— Mirad, aquí, en el centro, está el Consejo de Economía. Desde él, tracemos unas líneas, sus enlaces directos con sus organismos consultivos: la APA (Academia de las Penas y de las Alegrías), la AFP (Academia de las Fuerzas Productivas), la AGCPP (Academia de las Grandes Cifras y de la Predicción del Futuro) y la APT (Academia de la Psicofisiología del Trabajo). Este trazo lateral es la ligazón con el Consejo de Astronáutica, organismo que actúa de un modo autónomo. De éste parten las rectas de su enlace con la Academia de las Emanaciones Dirigidas y las estaciones exteriores del Gran Circuito. Sigamos…
Veda dibujó en la arena un complicado esquema, y continuó:
— ¿No os recuerda esto el cerebro humano? Los centros de investigación y de estadística son los centros sensorios; los Consejos, los centros de asociación. Vosotros sabéis que toda la vida se compone de la atracción y de la repulsión, del ritmo de las explosiones y de las acumulaciones, de la excitación y de la inhibición. El centro principal de inhibición es el Consejo de Economía, que lleva todo al terreno de las posibilidades reales del organismo social y de sus leyes objetivas. Esta acción recíproca de fuerzas opuestas, convertida en trabajo armónico, es precisamente nuestro cerebro y nuestra sociedad, que avanzan y progresan, tanto el uno como la otra, continuamente. Hubo un tiempo lejano en que la cibernética, o ciencia del mando, podía reducir las más complejas acciones recíprocas y transformaciones a funcionamientos, relativamente simples, de máquinas. Pero a medida que se ampliaban nuestros conocimientos, más complejos se iban tornando los fenómenos y las leyes de la termodinámica, de la biología y de la economía, y desaparecieron para siempre los conceptos simplistas acerca de la naturaleza o de los procesos de la evolución social.
Los chicos eran todo oídos.
— ¿Qué es, pues, lo principal en esta estructuración de la sociedad? — preguntó Veda al admirador de los jefes.
Éste callaba azorado, pero el rubio acudió en su ayuda:
— ¡El progreso! — respondió con valentía, y Veda quedó entusiasmada.
— ¡Esa magnífica contestación merece un premio! — exclamó la historiadora, y, luego de echarse una ojeada, se quitó del hombro izquierdo un broche de esmalte, en forma de níveo albatros sobre un mar azul, y se lo tendió al muchachito en la palma de la mano.
El chico, cortado, vacilaba en aceptarlo.
— Tómalo en recuerdo de nuestra conversación de hoy y… ¡del progreso! — insistió Veda, y el muchachito acabó por tomar el albatros.
Sujetándose la blusa, que se deslizaba del hombro, Veda emprendió el regreso al parque. El broche aquél era un regalo de Erg Noor, y el súbito arranque de entregarlo significaba mucho; entre otras cosas, un extraño deseo de desprenderse cuanto antes de un pasado ya muerto o a punto de morir…
Toda la población de la ciudad escolar se congregó en la redonda sala, situada en el centro del edificio. Evda Nal, vestida de negro, subió al estrado que se encontraba en medio, iluminado profusamente desde arriba, y abarcó con mirada serena las gradas del anfiteatro. Al oír su voz clara, no muy sonora, todos quedaron pendientes de sus labios.
Los altavoces no se utilizaban más que para la técnica de seguridad del trabajo. Y la aparición de los televisores estereofónicos había hecho innecesarios los grandes auditorios.
— Los diecisiete años señalan un gran cambio en la vida. Pronto pronunciaréis las palabras tradicionales en la Asamblea de la región de Irlanda: «Vosotros, los mayores, que me llamáis a la senda del trabajo, recibid mi saber y mis buenos deseos, aceptad mi labor y enseñadme día y noche. Tendedme vuestra ir ano de ayuda, pues el camino es arduo, y yo os seguiré.» Esta antigua fórmula encierra un profundo sentido, del que debo hablaros hoy.
«A vosotros, desde la infancia, os enseñan la filosofía dialéctica, que en los libros secretos de la remota antigüedad se llamaba «El Misterio del Doble». Se consideraba entonces que esa gran ciencia sólo podían poseerla los «iniciados», los poderosos, los hombres de gran fuerza moral y elevado intelecto.
Ahora, vosotros, desde los años mozos concebís el mundo a través de las leyes de la dialéctica, y su potente fuerza está al servicio de todos. Habéis venido al mundo en una sociedad bien constituida, creada por generaciones de miles de millones de innominados trabajadores y luchadores por una vida mejor. Quinientas generaciones han pasado desde que se formaran las primeras sociedades con la división del trabajo. Durante ese tiempo, se han mezclado diferentes razas y nacionalidades. Todos los pueblos han legado a cada uno de vosotros unas gotas de sangre, como se decía antaño, o mecanismos hereditarios, como decimos hoy. Se ha llevado a cabo una gigantesca labor para depurar la herencia de las consecuencias del empleo irreflexivo de las radiaciones, así como de las enfermedades, extendidas anteriormente, que penetraron en sus mecanismos.