Evda Nal obligó a la muchacha a ir con ella a la más cercana Casa de la Alimentación.
Chara estuvo tan largo rato mirando la tablilla del menú, que Evda decidió tomar la iniciativa. Comunicó por el micrófono del aparato automático las cifras de los platos elegidos y el número de la mesa. Apenas se sentaron al ovalado velador de dos plazas, abriose una escotilla en el centro del mismo por la que apareció un container con todo lo encargado. Evda Nal tendió a Chara una copa llena de una opalina bebida estimulante, denominada Lió, bebió con fruición un vaso de agua fresca y limitóse a tomar un pastel de castañas, nueces y plátanos con nata. Cuando Chara hubo comido un sabroso picadillo de rapís, aves que habían sustituido a las de corral y a la volatería, su amiga la dejó en libertad. Evda Nal siguió con la mirada a Chara, mientras la muchacha, con una gracia sorprendente incluso en la época del Circuito, bajaba presurosa por la escalinata entre estatuas de metal negro y bellos reverberos de caprichosos soportes.
Capítulo XIII. LOS ÁNGELES DEL CIELO
Con la respiración contenida, observaba Erg Noor las hábiles manipulaciones de los ayudantes del laboratorio. La abundancia de aparatos hacía recordar el puesto de comando de una astronave, pero la espaciosa sala, de anchos ventanales azulados, alejaba al instante toda idea de un navío cósmico.
En medio de la estancia, sobre una mesa metálica, se alzaba una cámara de gruesas planchas de rutolucita, materia penetrable tanto a los rayos infrarrojos como a los visibles.
Una red de tubos y cables envolvía el esmalte castaño del depósito de agua, traído de la Tantra, que contenía los dos acalefos negros capturados en el planeta de la estrella de hierro.
Eon Tal, erguido como un gimnasta, paralizado aún el brazo en cabestrillo, miraba desde lejos al cilindro del registrador automático que giraba lento. Sobre las pobladas cejas negras, el sudor perlaba la frente del biólogo.
Erg Noor se pasó la lengua por los resecos labios.
— Nada, como siempre. Después de cinco años de viaje, no quedará ahí dentro más que polvo — dijo el astronauta con ronca voz.
— Eso sería una gran desgracia… para Niza y para mí — repuso el biólogo —. Entonces, habría que buscar a tientas, quizá durante muchos años, para determinar el carácter de la lesión.
— ¿Sigue usted creyendo que los órganos que matan la presa son iguales en los acalefos y en la cruz?
— No sólo lo creo yo. Grim Shar y todos los demás han llegado al mismo convencimiento. Pero al principio se hicieron las más sorprendentes hipótesis. Yo llegué a imaginarme que la cruz negra no era originaria del planeta.
— Y yo también, ¿recuerda que se lo dije? Me figuré que ese ser pertenecía a la astronave discoidal y estaba puesto allí para guardarla. Mas, pensándolo bien, ¿a qué guardar del exterior una fortaleza tan inexpugnable? El intento de abrir el espiro-disco demostró todo el absurdo de tal suposición.
— Pues yo me imaginé que la cruz no era un ser vivo, sino…
— ¿Un centinela autómata para darle guardia?
— Sí. Pero ahora, claro está, he desechado ese pensamiento. La cruz negra es un ser vivo, engendrado por el mundo de las tinieblas. Seguramente, esos repugnantes monstruos viven abajo, en la llanura. Nuestro enemigo vino del lado del «portón» de las rocas. Los acalefos, más ligeros y móviles, moran en la meseta en que aterrizamos. La relación entre la cruz negra y el espiro-disco era fortuita; sencillamente, nuestros dispositivos de defensa no habían alcanzado aquel lejano sector de la llanura, que se encontraba siempre a la sombra del disco.
— ¿De modo que usted opina que los órganos mortíferos de la cruz y de los acalefos son semejantes?
— ¡Desde luego! Animales que viven en las mismas condiciones, deben de tener órganos semejantes. La estrella de hierro es un astro termoeléctrico. La gruesa capa de su atmósfera está saturada de electricidad. Grim Shar considera que esos seres recogen la energía de la atmósfera y la condensan de un modo análogo a nuestros rayos globulares. Recuerde el movimiento de las estrellitas castañas a lo largo de los tentáculos de los acalefos.
— La cruz también tenía tentáculos, pero en ellos no había…
— Lo que ocurrió es que nadie tuvo tiempo de advertirlo. ¡Pero el carácter de las lesiones en los nervios principales, con parálisis del centro superior correspondiente, es igual en Niza y en mí! Respecto a esto estamos todos de acuerdo. ¡Y ello constituye la prueba esencial y la mayor esperanza!
— ¿Esperanza? — repitió Erg Noor, estremeciéndose.
— Sin duda. Fíjese — y el biólogo señaló a la línea regular trazada por el registrador automático —, los sensibles electrodos introducidos en la trampa donde están encerrados los acalefos no muestran nada. Los monstruos se metieron ahí con plena carga de energía, que no ha podido escapar a parte alguna después de la soldadura del depósito.
La defensa aislante de los vasos de alimentación cósmicos es seguramente impenetrable; no les ocurrirá lo mismo que a nuestras ligeras escafandras biológicas. Recuerde que la cruz que paralizó a Niza no le ocasionó a usted daño. Su ultrasonido atravesó la escafandra de ultraprotección, anulando la voluntad, pero las descargas destructoras resultaron impotentes. Se limitaron a perforar la escafandra de Niza, del mismo modo que los acalefos perforaron la mía.
— Por consiguiente, la carga de rayos globulares, o de algo parecido, que entró en el depósito, debe continuar ahí. Y sin embargo, los aparatos no indican nada…
— Precisamente en eso reside la esperanza. Quiere decir que los acalefos no se han convertido en polvo. Ellos…
— Comprendo. Se han encerrado en una especie de caparazón.
— Cierto. Tal modo de adaptación está muy difundido entre organismos vivos que se ven obligados a soportar períodos desfavorables para su existencia, como esas largas noches glaciales del planeta negro, sus terribles huracanes, durante sus «amaneceres» y «anocheceres». Mas como esos períodos se suceden con relativa frecuencia, estoy convencido de que los acalefos son capaces de entrar rápidamente en ese estado y de salir de él con la misma rapidez. Si mis suposiciones son ciertas, podremos, con bastante facilidad, devolver a los acalefos negros sus facultades mortíferas.
— ¿Reconstituyendo la temperatura, la atmósfera, la iluminación y demás condiciones del planeta negro?
— Exacto. Todo está calculado y dispuesto. Dentro de poco vendrá Grim Shar.
Empezaremos a insuflar en el depósito una mezcla de neón, oxígeno y ázoe a una presión de tres atmósferas. Pero antes hay que cerciorarse…
Eon Tal cambió impresiones con dos ayudantes. Un aparato empezó a deslizarse lentamente, acercándose a la cámara castaña. La plancha delantera, de rutolucita, se apartó dejando acceso a la peligrosa trampa.
Los electrodos del interior del depósito fueron sustituidos por microespejos con iluminadores cilíndricos. Uno de los ayudantes se colocó ante el cuadro de teledirección.
En la pantalla apareció una superficie cóncava, cubierta de granulaciones, y que reflejaba débilmente los rayos del iluminador: era la pared del depósito. Suavemente, giraba el espejo.