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– ¿Qué nombres son ésos? -se interesó Anglada.

– Bueno, en realidad lo que me ha dado son sus apodos -dijo Chamorro-. La Cheli y el Moranco. Son pareja, o algo así.

– ¿Te suenan? -le pregunté a Anglada.

Ruth asintió, lentamente.

– Claro que me suenan. Y como esto sea algo más que una quedada de ese Johnny, a alguno va a haber que fundirle los plomos pero bien.

– ¿Quiénes son?

– La Cheli regenta un bar, en la carretera que va hacia el sur. Con un negociete de alterne, cinco o seis habitaciones, nada del otro mundo, y que ya andaba bastante de capa caída cuando yo me fui. El Moranco es o era su compañero sentimental, o como quieras decirlo. Fichado por tráfico, con algún juicio pendiente, y con otros antecedentes por delitos menores.

Decididamente, el asunto parecía derivar hacia el mundo del lumpen. No dejaba nunca de llamarme la atención: cómo era posible que un niño mimado, con dinero por su casa y alternativas de vida, resbalase hacia el sumidero. Pero el caso de Iván no era, ni mucho menos, el primero que me encontraba. De todos modos, era prematuro arrojarse a sacar conclusiones.

– Creo que al menos hoy me he ganado el jornal -dijo Chamorro.

– No nos entusiasmemos -la enfrié-. No nos toca todavía cantar victoria, sino comprobar si ese Johnny te ha pasado información fetén o carnaza para llevarte al huerto. A ti no, a la periodista atontada, quiero decir.

– Es que mira que me extraña -dijo Anglada-. Esto no es Madrid o Barcelona. Aquí todo el mundo se conoce. No puede esconderse tan fácilmente algo así. Si por ahí van los tiros, vamos a quedar como la chata.

– Bueno, ante todo no vamos a precipitarnos -reiteré mi cautela-. ¿Sabes dónde localizar a esos dos pajaritos?

– A la Cheli, en su local, supongo -respondió Anglada-. Al Moranco, no sé por dónde andará ahora, pero nos enteramos rápido.

– Pues ya tenemos tajo para mañana tú y yo, mientras Virginia termina con los que le quedan de la lista.

Nos quedamos contemplando la noche durante unos instantes. En especial Chamorro, que siempre aprovechaba cuando salíamos de Madrid.

– Bonito cielo -observó-. Por algo ponen aquí tantos telescopios.

– Sí -se mostró de acuerdo Anglada-. Pero el espectáculo de verdad es subirse una noche al Roque de los Muchachos, en La Palma.

– Ya lo sé -dijo Chamorro-. Dos mil quinientos metros. Por encima de las nubes, y sin ciudades cerca. Menudo observatorio.

– La Palma -me acordé, de pronto-. Joder, se me ha pasado llamar a Desirée. Recordádmelo mañana, por favor.

– ¿Sigues creyendo que debemos ir a verla? -consultó Anglada.

– Claro. Todo está como estaba. Con más fichas en el tablero, nada más.

Para terminar la noche, Anglada propuso ir a tomar algo al bar del hotel. Chamorro alegó cansancio y se descolgó del plan. Por mi parte, durante un segundo estuvieron a punto de inclinarme a aceptarlo las chispeantes pupilas de Anglada. Pero en última instancia se impuso la prudencia, o la pereza que sentía ante la posibilidad de tener que continuar nuestra conversación donde la habíamos dejado, o sea, en mi conformidad o disconformidad con la vida que me tocaba arrastrar por haberme incorporado a la cofradía del tricornio. Lo más cortésmente que pude, decliné la invitación.

– Qué modositos sois, en Madrid -juzgó Anglada-. Vale, ya veo que no voy a poder corromperos. Pues nada, antes que beber sola, me iré a la habitación y me tragaré alguna gilipollez de las que pongan en la tele.

De modo que, a eso de las doce menos diez, nos disolvimos y cada mochuelo tiró para su olivo. Aquella noche tardé un poco más en dormirme. Por un lado, me ocupó el inventario de las líneas de investigación que teníamos abiertas. Quizá demasiadas, si alguna no empezaba a cuajar pronto. Alguna de ellas, además, me desanimaba bastante. No me apetecía nada iniciar el recorrido consabido entre los delincuentes profesionales. No sólo resultan más instructivos, desde el punto de vista antropológico, los crímenes cometidos por gente corriente. También suele ser más limpia y menos enojosa la investigación. Por otra parte, pensé en el equipo a mis órdenes. Distaba, eso resultaba evidente, de funcionar de manera armoniosa. Chamorro seguía sin tragar a Anglada, aunque lo disimulase, y empezaba a picarme no saber cuál era la razón de su animadversión. Y Anglada era una subordinada doblemente problemática. Por su actitud, que no me lo ponía siempre fácil, y porque, a la vez, no dejaba de excitar mis instintos más comprometedores. La única ventaja que podía apreciar era que se trataba de una situación pasajera. Tan pronto como hubiéramos cerrado aquel caso, el equipo se desharía. Por primera vez, deseé con cierta impaciencia que eso ocurriese.

La mañana siguiente, después del desayuno, nos dirigimos a la casa-cuartel. Allí pusimos al corriente a Nava de nuestras averiguaciones de la víspera. El sargento primero coincidió con Anglada:

– Me preocupa que se nos haya podido colar algo así. Me preocupa un huevo. Como eso sea verdad, voy a poner firme a más de uno.

Las palabras de Nava venían reforzadas por la irritación que transmitía su semblante. Fijándose bien, hasta tenía mala cara. Tan cansada y ojerosa que me vi en la obligación de interesarme por su salud.

– ¿Estás bien? -le pregunté-. No tienes muy buen aspecto.

– No es nada -respondió-. La niña. Anda todavía echando muelas y las noches son un martirio chino. Apenas he dormido una hora del tirón. Lo llevo fatal, porque tengo el sueño ligero y me desvelo en seguida.

Le compadecí. Conocía aquella sensación.

Recabamos los antecedentes detallados de la Cheli, o lo que es lo mismo, María Consolación Requero Antúnez, y el Moranco, que ante el Registro Civil era Florencio José Torres Esteve. La Cheli estaba limpia, y el Moranco no tenía mucho más de lo que recordaba Anglada. Mientras andábamos en ésas, me sonó el móvil. Era la guardia Salgado, en Madrid.

– Buenos días, mi sargento -dijo-. Perdona por el retraso, pero entre la diferencia horaria, y que los diplomáticos no corren si no les achuchas…

– ¿Cómo dices? -respondí, con la cabeza aún en la Cheli y el Moranco.

– El consulado de España en Caracas -me recordó-. Puedo contarte algo sobre ese Máximo Jesús López Delgado por el que preguntabais ayer.

– Sorpréndeme, Salgado -dije.

– No sé. Tú dirás si te sorprende o no. Alguien con ese nombre se inscribió en el consulado el 21 de diciembre de 1982. No duró mucho tiempo en sus registros. Tuvieron que borrarlo el 17 de febrero de 1983.

– ¿Tuvieron que borrarlo?

– Por defunción -precisó Salgado.

– Pues sí que me sorprendes. ¿De qué murió?

– No está claro. Pero si fue de golpe, como parece, me ha dicho la funcionaría del consulado, no debemos descartar que se lo cargaran. Por lo visto Caracas es una ciudad con un alto índice de homicidios.

– Vaya, hombre.

– ¿Quieres que profundice?

Muerto en 1983, pensé. Demasiado tiempo. Ya teníamos una explicación para el hecho de que el padre de Iván no hubiera vuelto a ponerse en contacto con su familia. Pero, ¿podía esperar que su muerte tuviera algo que ver con la de su hijo? No me parecía que fueran por ahí los tiros, aunque tampoco podía olvidarme sin más del asunto. Dondequiera que uno ponía el ojo, en aquel maldito caso, se le abría un fleco. Le pedí a Salgado:

– Intenta que la funcionaría averigüe algo más.

– No va a ser fácil, ya me avisó. Los archivos de esa época no están informatizados. De milagro, dice que ha sacado esas fechas.

– Bueno, trabájatela. Pero tampoco te quemes. Hoy por hoy no es la vía principal de la investigación. Si cambio de idea, te lo diré.

– A tus órdenes, mi sargento.

Me gustaba Salgado, en el sentido más casto de la palabra. Era una chica que le permitía a uno sentir la comodidad del mando.

Desde el propio puesto hice la gestión que se me había olvidado hacer el día anterior. Los del hotel me atendieron en seguida, pero tardé varios minutos en escuchar al otro lado de la línea la voz aguda y cristalina de Desirée Gómez, la hija del ex concejal Gómez Padilla. Le dije quién era y dónde trabajaba. Antes de que pudiera decirle por qué me ponía en contacto con ella, Desirée se adelantó a informarme, con aquella vocecita infanticlass="underline"

– Sí, ya sé quién es. Papá me dijo que me llamaría.

– Quisiéramos hacerle unas preguntas -dije, dudando si no debía tutearla en vez de tratarla de usted. Pero cuando no lo tengo claro, siempre opto por la formalidad. Igual que jamás me abalanzo a besuquear a una desconocida. No me gusta llevar la soltura hasta el extremo del avasallamiento, aunque eso me haga un poco más extranjero en el país en el que me toca vivir.