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– Ya me imagino -dijo, apagada-. Como la otra vez.

– Siento mucho volver a molestarla.

– Bueno, qué remedio. ¿Cuándo van a venir?

– Cuando pueda atendernos. Lo antes posible. ¿Mañana?

– Es que mañana tengo el día libre y había quedado con unos amigos para ir a la playa. ¿No puede ser otro día?

– ¿Pasado mañana?

– Es domingo -advirtió-. ¿Trabajan en domingo?

– Por nosotros no se preocupe. Si el domingo puede, vamos el domingo.

– Sí, el domingo acabo a las tres y media.

– Pasamos a verla al hotel, ¿le parece?

– Está bien.

Durante varios minutos después de colgar, se me quedó sonando en el cerebro la voz de aquella chica. Trataba de imaginar cómo sería ahora su propietaria, y el contraste que seguramente, a juzgar por su reputación, produciría su apariencia con el timbre aniñado e ingenuo de aquella voz. Todos o casi todos los hombres guardan en su memoria la huella, y a veces la herida, de una niña así, una niña que se desdibuja sin prisa en la inexorable fuga del tiempo. También yo guardo alguna, y la tenue música de Desirée, escuchada a través del teléfono, me devolvió por un instante a aquella orilla lejana y recóndita de mi adolescencia. Hasta que el hombre desencantado y renunciador que ahora me habita me llamó al orden y me recordó que lo que me incumbía era formar a la tropa y salir al gris combate cotidiano.

– Saca los billetes a La Palma para el domingo -le ordené a Anglada.

– El domingo. Estás hecho un estajanovista, mi sargento.

– No, Anglada, aprovecho el tiempo, nada más. Cualquier día de éstos me suena el móvil y mi comandante me hace saber que no me ha enviado aquí para hacer turismo. No aspiro a haber resuelto nada para entonces, pero sí me gustaría tener algo más de lo que podría contarle ahora.

– Era broma, hombre. Para Virgi y para ti, los billetes, ¿no?

– Si quieres venir también tú, paga la empresa.

Anglada me dedicó una mirada afectadamente temerosa.

– Si te pido tomarme el día libre para limpiar el piso, lavar la ropa y poner al día la plancha, ¿empeorará mucho tu concepto de mí?

– En absoluto -dije-. No es indispensable que vengas. Y es domingo, después de todo. No me gusta putear a la gente.

– Gracias, mi sargento.

A veces, al deficiente sabueso que soy, le falla la intuición. El que me llamó al móvil, un cuarto de hora después, mientras acercábamos a Chamorro al centro del pueblo, no fue mi jefe, sino el subdelegado del gobierno.

– Buenos días, señor subdelegado del gobierno -le saludé, por protocolo y también por alertar a mis compañeras. Para que se abstuvieran de producir cualquier sonido que pudiera arrojar sospechas sobre la seriedad con que nos tomábamos nuestro trabajo. Las dos enmudecieron al instante.

– No se preocupe, sargento -dijo el subdelegado del gobierno-. No le llamo para meter las narices. Y tampoco quiero robarle su tiempo. Ya me contará usted lo que tenga que contarme cuando lo estime conveniente. En realidad esto es una llamada personal. Sólo quería darle las gracias.

Seguí escuchando, más bien atónito.

– Hablé con mi cuñada anteanoche -agregó-. Le han causado ustedes una impresión magnífica, y por lo que me cuenta la han tratado exquisitamente. Lo dicho, que se lo agradezco. Y perdone que no le llamara ayer, pero tuve un día espantoso. Bueno, no le molesto más. Suerte y buen servicio.

– Qué majo, este chaval -comenté, cuando colgó-. Nos da las gracias. Y eso que todavía no hemos hecho nada.

– En Santa Cruz los viejos de colmillo retorcido hacen apuestas -dijo Anglada-. Ninguno cree que llegue a cumplir un año en el cargo.

– Pues es una lástima, si aciertan -dije, conmovido aún.

Dejamos a Chamorro cerca de la plaza, con el encargo de volver a interpretar el papel de periodista con los testigos que le quedaban de la lista de Margarethe, entre ellos Ramón Velázquez y Jorge Fernández, los dos a quienes la víspera Anglada había interrogado sin mucho fruto. Ruth y yo tomamos la carretera del sur, camino del bar de Consolación Requero, alias La Cheli. Según habíamos confirmado con el sargento primero Nava, seguía regentándolo, y seguía manteniendo relaciones con Florencio Torres, alias el Moranco. Nava tenía razones para suponer que sus negocios marchaban como siempre, no le constaba que hubieran ido a más. El Moranco, según él, era un camello de poca monta, y la Cheli, quien en realidad aportaba los medios de subsistencia de la pareja con el bar y sus anexos. En su opinión, el establecimiento de la Cheli era modesto, pero digno, dentro de lo que cabía. Las chicas, varias sudamericanas y un par de marroquíes, no estaban en malas condiciones. Si llegaba, como sucedía periódicamente, la orden de acosar un poco a los clubes de alterne, no sería el suyo por el que Nava empezaría. Aunque nunca podía uno estar seguro, con gente como aquélla.

El local de Consolación Requero, visto desde fuera, me pareció un sórdido tugurio. Por dentro, lo era aún más. Oscuro, las paredes pintadas en colores que en alguna época debieron ser chillones y ahora sólo eran espesos, la barra y el resto del mobiliario cubiertos de un baño de mugre. Sólo había una mujer, de aspecto magrebí, que barría el suelo desganadamente. Cuando nos vio entrar, se quedó bastante descolocada. Ni era la hora en que solían presentarse clientes, ni Anglada y yo debimos darle mucha impresión de serlo. Anglada se le dirigió, como solía, sin especiales preámbulos:

– ¿Está por ahí la Cheli?

– Momento, siniora -repuso la magrebí, y desapareció por una puerta.

Oímos unas voces. Poco después vino una mujer de unos cuarenta años, cuyos rasgos delataban su inequívoca procedencia sudamericana.

– Buenos días -dijo, un poco untuosamente.

– Hola -dijo Anglada-. Buscamos a la dueña.

– La señora Chelo no está -informó la sudamericana-. ¿Qué se les ofrece a ustedes? Si yo puedo ayudarles…

Anglada meneó la cabeza.

– No lo creo. La buscamos a ella. ¿Dónde está?

– De viaje -dijo la mujer.

– Mira, cariño, no nos hagas perder el tiempo -le aconsejó Anglada, con impostada dulzura-. De viaje dónde. Desde cuándo. Hasta cuándo.

– Y, se fueron hace un par de días. De vacaciones, no sé bien dónde. Marcharon a la Península, eso es todo lo que yo puedo informarle. Y no creo que vuelvan hasta final de mes, no me dijeron de cierto.

– De vacaciones. En febrero -desconfió Anglada.

– Eso me dijeron, señora.

– ¿Con quién se fue? -intervine.

– Con el señor Florencio.

Anglada me observó, con un gesto expresivo.

– Ajá. Así que no sabes por dónde paran -recapituló, mientras asentía-. ¿Y si necesitaras hablar con ella? Si te dijera, por ejemplo, que somos de Sanidad y que vamos a cerrar esta cuadra, ¿adónde la llamarías?

– Tengo el número de su celular. De su móvil, quiero decir.

Anglada la observó, desafiante.

– ¿Hace falta que te lo pida por favor? -preguntó.

La mujer bajó los ojos.

– Aguarde. Ahorita se lo traigo.

Se retiró, en todo momento cabizbaja. Volvió con el número anotado en una servilleta de papel. Mientras nos lo tendía, me fijé en el trazo con que había dibujado aquellas cifras, desparejo y tembloroso. Me adelanté a recoger la servilleta y cuando la tuve en mis manos le pregunté:

– ¿Cómo se llama usted, señora?

– Gladys Sánchez, para servirle -respondió, intimidada.

– Muchas gracias, señora Sánchez, y disculpe las molestias.

Me volví a Anglada y le ordené, secamente:

– Vámonos.

– Pero… -se resistió Anglada.

– Vámonos, he dicho -y eché a andar hacia la puerta.

Una vez en el exterior del local, caminé sin detenerme hasta el coche y me instalé en el asiento del copiloto. Saqué mi teléfono móvil y empecé a marcar aquel número. Anglada abrió la otra puerta y se acomodó, lentamente, en el asiento del conductor. Me miró, con aire de inseguridad.

– El teléfono móvil al que usted llama está desconectado o fuera de cobertura -anunció, con su inalterable e indiferente amabilidad digital, la voz grabada de la compañía telefónica.

– Mierda -dije.

Apreté el botón que cortaba la comunicación. Anglada seguía mirándome. Le busqué los ojos. Por primera vez, me pareció francamente indefensa. Y no ocultaré que al verla así, con aquel gesto de zozobra, me pareció aún más bella y apetecible de lo que me había parecido hasta entonces.