– No voy a ponerme a defender a los políticos -repuse, por bajar un poco el tono-. Pero a alguno también ha habido que enterrarlo joven.
– Sí -admitió-. Siempre hay algún pardillo despistado. Segundones. Dime tú si han tumbado a alguien gordo, después de Carrero.
Sólo un irreflexivo se permite polemizar con alguien cuando está exaltado. Preferí callar, porque en términos generales compartía su diagnóstico y porque rebatirle en los matices en que me parecía que podía estar siendo injusto podía conducirme a ser acusado de sostener lo que no sostengo. Ya me ha pasado alguna vez. En las controversias de sobremesa, como en las de la radio o los mítines, sólo pueden despacharse a gusto los incendiarios. Pero Nava se había animado, y todavía no había gastado su arsenaclass="underline"
– Que te lo digo yo, que todo está montado para su beneficio, y que ya han perdido la poca vergüenza que les quedaba. Mira, un ejemplo. Cuando aquí te viene una mujer a denunciar que su marido la amenaza. ¿Qué haces? Vas, hablas con él, a lo mejor te tomas la molestia de estar encima durante una temporada; sacándotelo de las costillas, claro, y mientras no tengas que acudir a tapar otro agujero. Porque medios para proteger a esa mujer ya sabes que no te van a dar. Luego el tío la mata, y en los periódicos la gente lee que había puesto doce denuncias. Sin embargo, viene cualquier parásito de cualquier familia real de mierda, como esa de Mónaco, que es para cagarse de la risa, y le ponen veinte guardias a vigilar la finca donde va a cazar.
Sostuve su mirada, incómodo. No había escogido mal ejemplo.
– ¿Qué? ¿Me estoy inventando algo? -preguntó.
– No, no te lo estás inventando. Es un asunto jodido -reconocí-. Lo que a mí me gustaría saber es en qué gen tiene el ser humano la predisposición a ir a lo suyo. Porque todo viene de ahí. El político, o la princesa de Mónaco, quizá no sean peores que tú y que yo. Sólo pasa que tienen más posibilidades de aprovecharse de los demás para conseguir sus ambiciones personales. Para eso, desde luego, tienen que perder el sentido de la justicia. Y muchos, o quizá la mayoría, lo pierden. En eso estoy de acuerdo contigo.
Nava, por primera vez, meditó lo que iba a responderme.
– Mira -habló al fin-. No digo que no tengas razón, y a lo mejor yo me pongo un poco burro. Pero no puedo perdonárselo, qué quieres que le haga. Yo pringo, y ellos trincan. Lo que no sé es por qué te largo todo el rollo a ti, que estás del mismo lado que yo. Supongo que es la necesidad de desahogarse de vez en cuando. Ya me disculparás, compañero.
– No hay nada que disculpar, hombre.
La velada se alargó un rato más, durante el que la conversación derivó hacia asuntos menos trascendentes. Sin embargo, cuando Nava nos acompañó a Anglada y a mí hasta el coche, me reiteró sus excusas:
– Oye, perdona el número. Demasiado vino palmero. Aquí intentan convencerte de que es la hostia, pero a mí no me sienta muy bien.
– Que no te preocupes, coño -repetí.
– En fin, ya sabes. Aquí seguimos, para lo que te haga falta -se ofreció-. Los de tropa tenemos que apoyarnos, que si no, no tenemos a nadie.
Mientras Anglada conducía, en mi mente, que tampoco estaba libre de vapores etílicos, se agolparon los sucesos del día. No había pasado casi nada, había avanzado muy poco en el trabajo que me había llevado allí, y sin embargo tenía una sensación de inmenso agotamiento. Mi alma pedía tregua, pero los dioses no estaban por dármela, aún. Oí que Anglada decía:
– El sargento primero es un poco vehemente, cuando se cuece.
– Ya veo -anoté, con cauto laconismo.
– Pero es buen chaval -agregó-. Te lo digo yo, que he vivido bajo su poder absoluto durante unos cuantos meses. Tenías que ver al jefe de puesto que me tocó en Pontevedra. Un asfixiao que te cagas. No sé si hay algo peor que eso. Nava, en cambio, tiene criterio, y cuida de su gente.
– Eso le honra -opiné.
Después de dejar el coche en el aparcamiento del hotel, y mientras caminábamos hacia la recepción, Anglada dijo de pronto, insinuante:
– Supongo que si te invito a una copa en el bar no vas a aceptarla.
No quise mirarla, pero la miré. Pese al vino que me nublaba la vista y la oscuridad de la noche, o quizá con su ayuda, vi en aquella mujer una firme y tentadora promesa de perdición. No sé si ella había bebido tanto como yo, pero pensé que acaso era el alcohol lo que me la ponía al alcance. Aunque a lo largo de mi vida he podido atraer a alguna mujer sin necesidad de emborracharla, tampoco las he visto nunca desmayarse a mi paso, así que tiendo a desconfiar cuando me parece que alguna me resulta asequible.
Sin embargo, no me resistí por el escrúpulo de no aprovecharme de alguna debilidad momentánea. A Anglada se la veía bien entera, además de tan deseable como pudiera querer mostrarse. Me resistí porque una ráfaga de lucidez me puso ante los ojos los inconvenientes prácticos que dejarme llevar iba a acarrearme, y porque, simultáneamente, un espasmo desde el fondo de mis tripas me devolvió el sabor áspero de antiguos remordimientos.
– Gracias, Ruth -dije-. Creo que por hoy ya he bebido bastante.
Acogió mi negativa con una sonrisa.
– Es una pena que seas tan decente, mi sargento -lamentó.
– Quizá lo que es una pena es que sea tu sargento.
– Quizá.
Lo dejamos ahí, en la conjetura. Y no fue fácil, al menos para mí.
Atravesamos en silencio los patios desiertos. Nuestras habitaciones estaban en el mismo pasillo. La suya, dos puertas antes que la mía. Mientras introducía la llave en la cerradura, se volvió para consultarme:
– Mañana a qué hora.
– No hace falta que madruguemos. Aprovecha para dormir. Ya te llamo.
– Pues que duermas tú también -deseó-. Buenas noches.
– Buenas noches. Gracias por todo.
– De nada, mi sargento.
No me dormí en seguida, ni mucho menos. De hecho me di cuenta, antes de llegar a meterme en la cama, de que la coyuntura era propicia para desvelarme. De pronto estaba despejado, y me costaba detener el curso de mis pensamientos. Me conozco, y sé que en esas ocasiones es mejor no presentar batalla. Así que fui a la maleta y saqué de ella la caja en la que guardaba los pinceles, las pinturas y el soldado de plomo en el que estaba trabajando. Tras abrir la caja, me quedé mirando su interior. Aquél era el equipo de viaje, el que me llevaba siempre que salía de casa más de un par de días; para tener, justamente, una manera de enfrentar momentos como aquél. La pieza que había traído, y que me observaba desde el departamento de la caja donde yacía, sobre un lecho de algodón, era hermosa y singular. Un muchacho del Volkssturm, las milicias de adolescentes y viejos que reclutaron en 1945 para defender una Alemania ya vencida. Era de complexión delgada, casi frágil, y sujetaba el subfusil como quien no tiene hábito de hacerlo.
Cada uno enfrenta como puede sus fantasmas. Yo hago soldados de plomo de ejércitos derrotados. Me relaja, porque exige atención y destreza manual, lo que ayuda a desconectar las zonas nocivas del cerebro. Además, es una forma de encontrarme con los míos. He caído derrotado a menudo.
Aquella noche, también caí. Cuando al fin apoyé la cabeza sobre la almohada y cerré los ojos, ya no pude impedirlo. Soñé con ella.
Capítulo 13 UNA MALA IDEA
Por un día, me permití el lujo de dormir hasta que mi cuerpo quiso. Pero no pude prolongar el descanso más allá de las nueve y media, y a las diez ya estaba aseado y observando en la pantalla del teléfono móvil el número que acababa de marcar, que no era otro que el de la cabo Ruth Anglada.
No apreté la tecla de llamada; no quería hablar con ella aún. Preferí desayunar antes, y no me di ninguna prisa. Durante la media hora larga que invertí en ello estuve temiendo, o quizá esperando, que Anglada entrara en el comedor. Pero no lo hizo, y a eso de las once menos veinte volvía a contemplar su número en la pantalla de mi teléfono. Esta vez sí llamé.
– ¿Sí? -dijo, con un fondo de viento rugiendo en el micrófono.
– Ruth, soy yo.
– Ah, hola. ¿Has dormido bien?
– Sí. ¿Dónde estás?
– Dando una vuelta por la playa. Llevo un par de horas en pie. Pero no te preocupes, en cinco minutos estoy ahí. ¿Me llamas desde el hotel?
– Sí.
– ¿Quedamos en la recepción?
– Bueno.
– Cinco minutos, no tardo más.
Puede que fueran seis, pero no llegaron a siete. Desde la butaca en la que me había acomodado, vi entrar a Anglada en la recepción. Impetuosa, con las gafas de sol en la mano. Llevaba una falda un poco por encima de la rodilla y una camiseta de tirantes, ambas de color celeste. Encima, una blusa blanca desabrochada y remangada. Elegante aunque informal, juzgué mentalmente, antes de recordar que no estaba allí para valorar su aspecto.