Ruth se irguió sobre la cama y puso cara de no comprender.
– ¿Explicarte qué?
– Por qué yo.
– ¿Por qué tú qué?
– Pues por qué estoy yo aquí, en tu cama, sin necesidad de drogarte o de recurrir a la fuerza bruta.
Se echó a reír.
– ¿Me estás preguntando que por qué me gustas?
– Si es que te gusto, sí.
– No, verás -se mofó-; yo esto lo hago con todos los pobrecitos que me da la sensación de que les hace falta un desahogo…
– ¿De veras doy esa sensación?
– Aveces sí…
– Eres una arpía. Supongo que ya te lo habrán dicho antes.
Asintió, con teatral gravedad.
– Me lo han dicho, sí. Pero me gustas. De veras.
– ¿Por qué?
Me dirigió una mirada cargada de malicia.
– ¿Buscas algún refuerzo para tu amor propio?
– No. Un alivio a mi estupor.
– ¿Tanto te cuesta entenderlo? Es muy sencillo. Me ponen los hombres uniformados y mayores. Supongo que intento buscar sustitutos de mi padre.
– Vale, si no estás dispuesta a hablar en serio…
– Sí, hombre, si te vas a enfadar -se avino al fin-. A ver, déjame que me organice. Pues verás. Me gustas, primero, por ese toque de quijote que tienes, tan gracioso. También porque eres así muy formal, pero a la vez llevas dentro un duende juguetón que se te escapa una y otra vez. Y porque creo que eres buena persona. Un tío legal, que nunca daría por la espalda.
– No te fíes de nadie, nunca…
– Lo veo. No vas a convencerme de lo contrario.
– Ajá. Lo que no sé es qué tiene todo eso de excitante -dudé.
– Qué bestias sois los hombres -dijo-. Para mí eso es más excitante que un muñeco neumático. Hombre, no te digo que de vez en cuando no te apetezca, como de vez en cuando entras a comer a un burger. Pero resulta mucho menos interesante. La chispa está en la ternura, por lo menos para mí, que a otras lo que les va es la tralla a secas. Y pocos hombres saben hacer saltar esa chispa, sin olvidarse de darle un poco de swing, que tampoco se trata de ponerse lánguido. No os han educado para eso, y os da corte.
– Ya. Un discurso muy bonito. Pero no te creo.
– Además, me resultas atractivo. En serio. Y me gustan los hombres mayores que yo. En serio también. No por nada, sino porque los hombres tardáis mucho en madurar, y hasta que no lo hacéis sois una lata. Por lo menos si no tienes instinto maternal y si no te gustan los niños, que es mi caso.
– Bueno, no esperaba que me lo dijeras -me rendí.
Puso cara de ofendida.
– Oye, que es la pura verdad. ¿Por qué si no?
– Mejor no lo pensaré…
– Pues a ver, te la devuelvo. ¿Por qué estás tú aquí? ¿Por qué yo?
Me observaba, retadora. Tardé un poco en responder.
– Fácil -dije-. Tú lo sabes. Porque estás muy buena, y porque te has puesto a tiro. Los hombres somos unos animales, no sabemos decir que no.
Meneó la cabeza.
– Eres un poquito machista, pero no tanto -dijo, con una aviesa mirada.
– No sé si soy machista -repuse-, pero desde luego feminista no soy.
– Es que las mujeres tendríamos que fregar y callar, ya se sabe.
– No hace falta ser feminista para no creer esa idiotez. Naturalmente que todas las discriminaciones son inmorales. Eso es una obviedad.
– Pues muchos no se enteran, todavía.
– Claro que no. Hay hombres imbéciles y desalmados, lo mismo que mujeres imbéciles y desalmadas. Mira, está claro que hoy, como ayer, ser mujer es mucho más difícil que ser hombre. Pero dudo que eso se resuelva hasta que no haya conciencia de que las servidumbres que se imponen a la mujer están sostenidas no sólo por hombres, sino también por mujeres. Y algunas de las peores, más por mujeres que por hombres.
– Algo de razón tienes en eso.
– Yo sólo respondo de mí. Y nunca he explotado ni postergado a una mujer. Ni yo, ni muchos otros. Así que me niego a soportar la matraca del feminismo agresivo, con su odio bobo hacia el hombre en general.
Ruth se estiró sobre la cama, perezosamente. Miró al techo.
– Tampoco eso me gusta a mí -dijo-. Ni otras cosas de algunas feministas. Las que me revientan son esas niñas pijas que presumen de haberse liberado, cuando lo que las ha liberado es la chequera de papá, que las protegió todo el tiempo que hizo falta, mientras otras tenían que ponerse a dar el callo y salir por donde buenamente pudieran. En el fondo, esas listas desprecian a las domésticas y a las currantas, o sea, al noventa por ciento de las mujeres. Si una mujer acaba siendo ama de casa o cajera de un hipermercado, y sufriendo a un batracio que sólo mira el fútbol y ladra, es porque se lo merece. Eso te vienen a decir, adornadas con su bonito pañuelo de Hermès.
No es que me pillara desprevenido. Podía intuir que aquella mujer poseía un ojo implacable y una lengua venenosa. Pero no dejó de impactarme.
– Lo que a mí me llama más la atención -dije, animado por su alegato- es cómo ciertas feministas fanáticas desarrollan ese mimetismo con el enemigo, con el varón cafre al que dicen combatir. Muchas acaban comportándose con una bravuconería cuartelera y una intransigencia obtusa. Y perdiendo facultades no ya de la mujer, sino de cualquier ser humano completo: la imaginación, la comprensión, la capacidad de sacrificarse por otros…
– Bueno, bueno -me reprendió-. Ahí me das un tufillo. ¿No será que prefieres a la mujer complaciente, que te planche la ropita y todo eso?
– Te aseguro que no. Me molestan los energúmenos, hombres o mujeres.
– En todo caso, estoy un poco decepcionada -dijo, frunciendo el ceño.
– ¿Por?
– Por esta forma tan poco original de escurrir el bulto. Creí que ibas a buscarte una más divertida. Que para explicarme por qué te gusto y por qué estás ahora en mi cuarto a lo mejor me ibas a soltar alguna frase de uno de esos tíos que estudiabas en la universidad y que le citas a Virgi.
La mención de mi compañera me hizo sentir levemente incómodo. Quizá para ahuyentar aquella inquietud, entré al trapo:
– Si quieres, te los cito.
– Siempre estoy dispuesta a aprender -dijo, insinuante.
– Pues mira, hay teorías para todos los gustos. Según Schopenhauer, no tengo más remedio que abalanzarme sobre ti, porque la especie me impele a ello. No realizo mi aspiración como individuo, sino los fines procreadores de la especie. Así que nada de esto debes tomártelo a título personal.
– Vamos. Seguro que las tienes mejores.
Hice memoria.
– Bueno, siempre se puede tirar de Freud, claro. Según él, el principio rector de mi vida, como le pasa a cualquier persona, es la búsqueda de placer; tú me lo ofreces, y yo lo tomo. Y si me enamoro de ti…
– ¿Estás enamorado de mí?
– Hablo hipotéticamente -puntualicé, con tono profesoral-. Si me enamoro de ti, decía, el mecanismo que se desencadena es el propio de una neurosis. Empezaré a hacer cosas que no me convienen, porque antepondré las pulsiones de mi inconsciente al sentido de la realidad por el que vela mi ego y al criterio moral y de aprobación social que ejerce mi superego.
– Lo último no lo he entendido.
– Para eso sirve la jerga, precisamente. Para que le pagues al psicólogo cuando te cuenta sus patrañas. Si lo entendieras, no creerías que hay necesidad de pagarle. Dirías: eso ya se me ocurre a mí.
– En fin, de todos modos, tampoco me parece muy gracioso. ¿No tienes nada de ese que decía Virgi el otro día, ese francés, cómo se llamaba?
– Jacques Lacan.
– Ése.
– Claro. Lacan era un poeta, por eso se le fue la olla. Según Lacan, te deseo porque te implico en mi fantasía fundamental. El objeto de mi deseo no existe, es irreal, y como no podré nunca acceder a él, lo encarno en alguien, en este caso, en ti. Y tú pasas a ocupar el lugar de mi fantasía.
– Eso es más bonito -opinó-. Aunque un poco triste.
– Es Lacan. Marca de la casa. Pero puedes aplicarlo a cuestiones mucho más triviales. Por ejemplo, cuando te gusta un actor de cine. También a él lo implicas en tu fantasía fundamental, pero como simple pasatiempo. Y así te consuelas de la privación que no poder cumplir el deseo te crea.
Su rostro adoptó una expresión impenetrable.
– Ya veo -dijo, parsimoniosa-. ¿Y se puede saber qué actrices te gustan a ti? Así me hago una idea de cómo es esa fantasía tuya.
– A mí me gustan todas, si tienen buenas…
– Venga, no seas capullo.
Sufrí un acceso de pudor. Quizá por todo el que no había tenido en las horas precedentes. Pero qué sentido tenía reservarse, ya.
– Pues mira, también en esto soy un antiguo. Ni sabrás quiénes son.
– Haz la prueba.
– Mis dos favoritas son Gene Tierney y Verónica Lake.
El gesto de Ruth puso de manifiesto el abismo generacional.