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– Ostras, ni idea. ¿Dónde salen?

Buen desafío. Cómo podía ayudarla a localizarlas.

– Gene Tierney es morena. ¿Has visto una película que se llama Laura?

– Sí, en la tele.

– La protagonista. Y Verónica Lake es rubia, sólo hizo cosas de serie B. ¿Has visto, por ejemplo, Me casé con una bruja?

– Pues no.

Pensé en más títulos. Pero para qué hablarle de La llave de cristal o La dalia azul, si ni siquiera le sonaba la que quizá era más conocida.

– ¿Y L.A. Confidential? -se me ocurrió de pronto.

– Sí, pero ésa es de hace nada.

– El personaje que hace Kim Basinger en esa película es el de una chica que se parece a Verónica Lake. Y va peinada igual que iba ella.

– Ah, sí, ahora creo que la sitúo. Las dos muy clásicas. Frías-juzgó.

– Puede ser.

– Yo no me parezco a ellas.

– Para que veas lo confusa que es mi fantasía. ¿Y a ti?

– ¿A mí qué?

– A ti qué actores te gustan.

Pensó, o hizo como que pensaba.

– Pues no sé -dijo-. Robert de Niro. No ahora, ni de joven, sino hace unos cuantos años. Y dos que a lo mejor te sorprenden. Antiguos, también.

– A ver, sorpréndeme.

– Paul Newman y Burt Lancaster.

– Bueno, ésos son dos guapos de toda la vida.

– No donde a mí me gustan.

– ¿Y dónde te gustan?

– En las películas que han hecho de viejos. Una en la que Newman hace de un inútil que se reencuentra con su hijo. Y Burt Lancaster, en una preciosa en la que sale con Susan Sarandon. Haciendo de jugador acabado.

– Ni un pelo de tonto y Atlantic City -dije.

– Ésas. ¿Las has visto?

– Sí.

Durante unos instantes, ninguno dijo nada. Ruth parecía esperar alguna reacción o algún comentario por mi parte.

– ¿Y qué? -preguntó-. ¿Qué te parecen mis gustos?

– Los de una mujer despistada -me burlé-. Noto un exceso de compasión hacia los hombres lastimosos. Así nunca llegarás a nada, querida.

– Bueno, eso depende. De dónde quieras llegar.

– ¿Y dónde quieres llegar tú?

– ¿La verdad?

– Una mentira bien traída me vale.

Se encogió de hombros. La luz de su mirada pareció desvanecerse.

– No lo sé -murmuró-. Adonde haya de llegar. Qué más da eso.

Por la mañana, cuando salí de su habitación, volví a verle aquel gesto un poco apagado. Sobreponiéndome a lo que sentía, le dije:

– Lo hecho está hecho. Piensa, y pensaré. Pero mientras estemos de servicio juntos, te agradecería que me hicieras un favor.

– Pide.

– No recuerdes, ni me recuerdes, que esto ha ocurrido.

Bajó los ojos, acaso dolida. Volvió a alzarlos, sin embargo, para aclarar:

– Me va a dar mucha pena, tener que dejar de ser tu niña mala. Pero descuida, que no iba a recordártelo. Mi sargento.

Capítulo 14 LABIOS DE DONCELLA

Anglada insistió en acompañarme al aeropuerto de Tenerife, aunque la había liberado de hacerlo. Si tenía cosas que arreglar en casa, le dije, apenas bajamos del barco en el puerto de Los Cristianos, mejor que se fuera a Santa Cruz directamente y aprovechara el día todo lo que pudiera.

– No me importa -respondió-. Voy contigo a recoger a Virgi y luego os llevo al mostrador de facturación para La Palma. Me sobra tiempo.

No negaré que todo fue más fácil, teniéndola a ella como guía. Primero fuimos a la zona de llegadas. Localizó el vuelo en el que venía Chamorro y me condujo a donde debíamos esperar. El avión de Madrid tomó tierra casi a su hora, y diez minutos después del aterrizaje el rostro de mi compañera apareció al otro lado de las puertas automáticas. Tras hacerle una seña, y aprovechando que Virginia aún no podía oírnos, Anglada me comentó:

– Oye, se da un aire, la Virgi. A esa actriz tuya. La rubia.

– Verónica Lake.

– Ésa, si es la que yo creo.

– Se da un aire, sí -admití. Bien que lo sabía.

– Vaya, vaya -observó, con gesto escrutador.

– En qué hemos quedado, Ruth…

– Vale -levantó las manos-. A partir de ahora, sólo asuntos profesionales.

– Hola, qué tal -nos saludó Chamorro, apenas llegó a nuestra altura. Hizo un esfuerzo por acompañar sus palabras con una expresión relajada, pero pude advertir que distaba de estarlo. Lo achaqué al cansancio del viaje.

– Tenemos tiempo de tomar algo, si queréis -ofreció Anglada.

Fuimos a tomar un café. Chamorro seguía pareciendo un poco aturdida.

– ¿Qué tal en Madrid? -le preguntó Ruth.

– Frío, lluvia, y un montón de gente por todas partes -respondió-. Más o menos lo habitual. Esto es un descanso. ¿Y vosotros por aquí?

Anglada se volvió hacia mí. Me tocaba largar la mentira.

– No avanzamos demasiado -dije, lo que al menos era una forma de no faltar a la verdad-. Nos fallaron los tres o cuatro movimientos que intentamos. Me temo que anduvimos un poco torpes.

– O no tuvimos la suficiente fe -sugirió Anglada, malévola.

– Hicimos una excursión por el parque -añadí-. Merece la pena visitarlo de día. Si nos queda algún hueco, no deberías irte sin conocerlo.

– A ver -dijo mi compañera, removiendo ausente su café.

– Tenéis el avión de vuelta a las siete -recordó Anglada-. No suele haber mucho problema para cambiarlo, si lo necesitarais. Eso sí, si lo cambiáis, avisadme. Vengo a recogeros y nos vamos todos juntos a La Gomera. En cuanto al coche de La Palma, habrá alguien esperando en el aeropuerto. Seguramente llevará una cartulina con el nombre de la empresa de alquiler.

Mientras Anglada nos daba todas estas explicaciones, Chamorro conectaba su teléfono móvil e introducía sin mucho entusiasmo la contraseña. Al cabo de unos segundos, empezó a dar pitidos. Uno tras otro, como loco.

– Oye, qué le pasa a ése -preguntó Anglada.

– Nada, tengo un par de mensajes -dijo Chamorro, leyendo la pantalla.

– Un par de cientos, diría yo -bromeó Ruth.

– Perdonad un momento.

Chamorro se apartó para oír los mensajes que se habían grabado en el buzón de voz de su teléfono. Estuvo un buen rato escuchándolos. Luego guardó el teléfono en su bolso y regresó junto a nosotros. Preocupada.

– ¿Algo importante? -curioseó Ruth.

– No -la repelió Chamorro, con sequedad.

Pero apenas cogió la taza de café para apurarla, volvió a sonarle el teléfono. Lo sacó, miró el número desde el que la llamaban y apagó bruscamente el aparato. Esta vez, Anglada se abstuvo de hacer observación alguna.

Vino con nosotros hasta el control de seguridad. Conocía a los que estaban allí, como parecía conocer a todo el mundo. Ni siquiera tuvimos que sacar nuestras identificaciones para eludir el arco detector de metales.

– Bueno, aquí os dejo -anunció-. Me aguardan en casa las labores propias de mi sexo. Que tengáis mucha suerte con Lolita.

– ¿Con quién? -preguntó Chamorro, despistada.

– Con la adolescente fatal -se rió.

– Ah, Lolita, no caía -dijo Chamorro.

– Nos vemos esta tarde. A tus órdenes, mi sargento.

Lo dijo con retintín o el retintín, irremediablemente, lo puso mi oído. Qué más daba. No pude evitar mirarla mientras se iba, caminando audaz y resuelta sobre sus tacones bajos. Ella lo supo, creo. Por eso alzó la mano derecha un poco por encima del hombro, la extendió, la hizo girar un par de veces sobre la muñeca y volvió a cerrarla en seguida. Imagino que al otro lado, el que yo no podía ver, sus labios sonreían y sus ojos no.

– Acaban de anunciar el embarque -me devolvió a la realidad Chamorro.

No hablamos mucho durante el breve vuelo a La Palma. Vi que a ella no le apetecía, y tampoco yo me sentía demasiado inclinado a aventurarme fuera de la jaula de mis pensamientos. Pese a todo, y por no dejar que la situación se volviera demasiado inhóspita, acabé preguntándole:

– ¿Hiciste lo que tenías que hacer, en Madrid?

Chamorro bajó los ojos.

– Sí, supongo que sí -replicó, evasiva.

– No quieres extenderte en detalles.

Volvió a dirigirme la mirada. Y la mantuvo.

– No, Rubén. Pero no te preocupes.

– Me preocupa si estás mal -dije-. No por el trabajo. Sino por ti.

– Gracias. Estoy bien. O como tengo que estar. Bajo control.

Desde el aire, La Palma se veía mucho más verde que La Gomera. También era muy montañosa, con una abrupta vertiente que subía desde la orilla del mar, donde habían construido la pista, hasta las nubes que cubrían las cumbres invisibles. Los de la compañía de alquiler de coches nos esperaban en el aeropuerto, conforme nos había dicho Anglada. Mientras tomaban nota de mi permiso de conducir, Chamorro volvió a encender su teléfono móvil. Al cabo de unos segundos, empezó a sonar, de nuevo enloquecido.