– Será gilipollas -se le escapó a Virginia. La vi teclear, frenética. Borrando los mensajes, supuse. Pero hice como si no me diera cuenta. Cuando terminó aquella operación, apagó el receptor y lo arrojó al interior del bolso.
– ¿Quieres conducir o conduzco yo? -le ofrecí las llaves.
– Trae, lo llevo yo -dijo-. Me desahogará un poco.
Estaba lo bastante furiosa como para no cuidarse de disimular. Mis sentimientos al advertirlo eran un tanto complejos. Pensaba, no tenía más remedio, en dos personas que no estaban allí. Por un lado, el fornido y al parecer ingrato Arturo, cuyo paso a la historia cierto resorte incontrolable de mi alma no podía dejar de desear y, en caso de producirse, aplaudir. Y por otro, Ruth, cuya imagen, por diversas razones que creo que puedo ahorrarme enunciar, no se me iba de la cabeza. Pero recordé para qué habíamos ido a La Palma, y que para realizar un interrogatorio como es debido más vale que uno se concentre en lo que está haciendo. Me llamé al orden.
El hotel en el que trabajaba Desirée no estaba muy lejos de la capital de la isla. Hicimos tiempo dando una vuelta por sus calles, y comimos algo en el primer lugar que nos pareció a propósito. A eso de las cuatro menos veinticinco nos presentamos en la recepción del hotel. Iba ya a preguntar por Desirée Gómez a la mujer que se hallaba tras el mostrador, cuando una muchacha que estaba sentada enfrente se puso en pie y se estiró la ropa: unos ceñidos tejanos y un conciso top que cubría una porción no demasiado amplia de su torso. Vino hacia nosotros, con paso dubitativo. Al verla, comprendí de una sola tacada el interés por ella del fallecido Iván López von Amsberg y la desesperanza que aquejaba al ex concejal Gómez Padilla.
– ¿Son ustedes…? -preguntó, con su vocecita.
– ¿Desirée Gómez? -comprobé a mi vez.
– Sí.
– Yo soy el sargento Vila. Mi compañera, Virginia.
– Encantada -nos tendió la mano a los dos.
– ¿Hay algún sitio por aquí donde podamos hablar tranquilos?
– Podemos ir al bar. A esta hora no habrá nadie.
La seguimos. Mientras la veía caminar ante mí, me acordé del juicio que sobre ella había hecho Margarethe von Amsberg. No soy tan simple como para pensar que por la forma de moverse podría dirimir si la madre de Iván acertaba o no en su apreciación; tampoco eso me incumbía, ni creí que tuviera demasiada utilidad desmentirla o confirmarla. Lo cierto era que Desirée no era una de esas chicas que andan de cualquier modo. Medía cada uno de sus pasos y la forma de darlos. No le salían, sin más, como les sucede a otras. Por lo demás, era una muchacha alta, de armoniosas proporciones, con una suntuosa cabellera rubia y unos desarmantes ojos verdes. Sabía lo que tenía y no se abstenía de usarlo, eso fue todo lo que pude notar.
El bar, en efecto, estaba desierto. Desirée y Chamorro tomaron asiento alrededor de una mesita. Yo me quedé de pie.
– ¿Qué queréis?
– ¿Yo? Pues… Una cocacola -dijo Desirée.
– Yo nada, gracias -rehusó Chamorro.
Llevé a la mesa dos cocacolas. Desirée se hizo cargo de la suya, con una sonrisa que pareció insegura y hasta tímida.
– Gracias.
Chamorro, con el bloc abierto y el bolígrafo en la mano, me lanzó una mirada inquisitiva. Le hice una seña con los ojos.
– Desirée -empezó a hablar-. Ya sabes sobre qué venimos a preguntarte.
La muchacha asintió, voluntariosa, mientras apretaba los labios.
– Sí. Sí lo sé.
Mientras Chamorro la observaba, con expresión amable, pero acaso un poco acuciante, Desirée se echó hacia atrás un lado de la cabellera. Luego lo hizo más veces. Sus tics, desde luego, sí que denotaban coquetería.
– Vamos a empezar por el principio, si te parece -siguió Chamorro.
– Claro. Como usted quiera.
– ¿Desde cuándo conocías a Iván?
Desirée no respondió de inmediato.
– Verlo por ahí, bueno, un poco desde siempre -dijo-. Desde chica. Si se refiere a hablar con él, no sé, desde el verano antes.
– ¿Cómo empezasteis a tener relación?
– Bueno, nada del otro mundo, lo típico. En una discoteca, una noche. Me entró, me gustó y eso, y nada, lo normal.
– Lo normal -repitió Chamorro.
– Bueno, ya me entiendes. ¿Te puedo llamar de tú?
– Si lo prefieres.
– Sí, sí que lo prefiero. Pues lo que te decía, que me entró, me gustaba, hablamos, bailamos un poco, me tiró los trastos… Así fue.
– Empezasteis a salir esa noche.
Desirée meneó la cabeza con energía.
– Nooo. Esa noche sólo nos enrollamos un poco y eso. Poca cosa. No es que… -aquí se interrumpió para mirarme-. No hicimos el amor ni nada. Eso, lo de hacer el amor, quiero decir, vino después.
De todas las expresiones con que la gente designa ese acto con el que a la vez conjura y comprueba su soledad, la que había utilizado aquella chica siempre me ha parecido la más hueca y cursi. Supuse que Desirée la empleaba para resultar lo más correcta posible, y recordé que en su primera declaración, ante la guardia Morcillo, se había referido sin más a que «se había tirado» a Iván unas cuantas veces. Los dos años transcurridos desde entonces, pensé, debían de haberla vuelto un poco menos espontánea.
– ¿Cómo era, Iván? -indagó Chamorro.
Desirée no entendió del todo.
– Bueno, seguro que tienen fotos de él. Muy alto, bastante guapo…
– Me refiero como persona.
– Ah. Era simpático. Enrollado, se puede decir. Siempre lo veías de buen humor, contando chistes, con ganas de hacer cosas. Mira, yo, así como enamorada y eso, pues la verdad, tampoco estaba. Lo pasaba bien con él y nada más. Tampoco vas a estar sólo con alguien para casarte.
– Claro -asintió mi compañera.
– Eso es lo que yo creo, oye, que la vida es corta y hay que aprovechar ahora que eres joven, que luego…
Me pregunté qué esperaba Desirée que hubiera luego. Pero tampoco era de eso de lo que se trataba. Seguí escuchando, respetuosamente.
– En fin -prosiguió-, no es que fuera mi novio, ni nada por el estilo. Me dio pena lo que le pasó, claro, y lloré un rato, que tengo corazón como cualquiera. Pero no es como si me hubiera quedado viuda, ¿vale?
Parecía especialmente empeñada en aclararnos ese extremo.
– Entiendo -volvió a asentir Chamorro.
– A lo que iba -retomó el hilo Desirée-, que sin ser así el amor de mi vida, pues oye, era un tío muy majo. Le cogías cariño. Lo daba todo.
– ¿Qué quieres decir con «lo daba todo»? -intervine.
Desirée se volvió hacia mí, recelosa. Temí haber metido la pata. También reparé en que la había tuteado, contra mi costumbre. Pero no podía tratarla de otro modo. No con esa voz de colegiala atolondrada e inmadura.
– Pues -dijo-, vamos, que era muy generoso. Siempre invitaba y eso.
– ¿A qué? -se interpuso de nuevo Virginia.
Desirée bajó la cabeza.
– No sé si puedo decírtelo.
– Tranquila, los dos somos mayores de edad. Y si el sargento se impresiona mucho, yo le sujeto antes de que se desmaye -bromeó Chamorro.
La muchacha se rió con ella.
– Tampoco puede pasarle ya nada -dijo-. Y consumir no es delito, ¿no?
– No -confirmé.
– Siempre ponía las pastillas, o los canutos. O las rayas.
– ¿Has tornado cocaína ya? -preguntó Chamorro.
– Alguna vez -admitió-. Pero no estoy enganchada, ¿eh?
– Ten cuidado -le advirtió mi colega-. Eso decían, hace unos pocos años, muchos de los que nos encontramos ahora por ahí, no voy a contarte cómo.
– Ya, ya lo sé, va. No me vas a echar la charla, ¿no?
– No. No voy a echártela.
– Además, no me digas que no la has probado nunca.
Chamorro puso cara de circunstancias.
– Virginia se mete de todo -dije-. Luego te pasa algo, si quieres.
– ¿De verdad?
– Bueno, sobre todo esnifo pegamento -dijo mi compañera.
– Me estáis comiendo el tarro, ¿eh?
Crucé una mirada de inteligencia con Chamorro. Se imponía hacer un relevo. Asintió, mientras dejaba el bolígrafo sobre la mesa.
– Mira, Desirée -tomé la palabra-. Ahora en serio. Como tú dices, a Iván ya no puede pasarle nada. A ti, por consumir, lo mismo si estás enganchada como si no, pues tampoco. Por lo menos nada que nosotros podamos hacerte. Acabas de cumplir dieciocho años, si no me equivoco, así que ya eres mayor y puedes vivir tu vida como te parezca. En la tele ponen anuncios para orientarte, nosotros no estamos para eso. Tendrás que perdonar a Virginia por tratar de aconsejarte; la pobre no puede evitarlo, después de haber visto unos pocos yonquis panza arriba. Pero tú haz lo que quieras.
– Oye, que yo no soy una yonqui -se quejó.