– Tú no, ya lo sé. Digo esos que ha visto muertos Virginia. El caso es que ni siquiera te voy a preguntar a quién le compras ahora, cuando te apetece. Ni mi compañera ni yo nos ocupamos de eso, es cosa de otro departamento y no vamos a hacerles su trabajo. Lo que sí quisiera que me dijeras, si lo sabes -y aquí me detuve, para cerciorarme de que tenía toda su atención-, es de dónde sacaba Iván la mercancía con la que te invitaba.
Desirée me miró con una especie de espanto. Debía de ser consciente de que era la primera pregunta en la que se le pedía mojarse de verdad.
– Yo eso no lo sé -respondió.
Suspiré ligeramente.
– Me gustaría que te hicieras cargo de algo -le pedí-. Ya sé que te da palo la idea de delatar a alguien, que te hace sentir una chivata, o algo por el estilo. Y a nadie le gusta eso, claro. Ni siquiera a mí me gustan los chivatos, y eso que soy guardia civil. Así que entendería que no quisieras denunciar a un simple camello. Pero lo que te estoy preguntando es otra cosa. No te pido que me des el nombre de alguien por pasar un poco de chocolate o de coca, sino porque es posible que haya tenido que ver con un asesinato.
Desirée encajó con dificultad mi requerimiento.
– Alguien así no merece que le protejan -insistí-. Alguien capaz de matar por la espalda a un chaval. Y si lo que pasa es que te da miedo, no te preocupes. Nos importa sólo cogerlo. No saldrá nunca tu nombre.
La muchacha meneó la cabeza, con convicción.
– No lo sé, se lo prometo -dijo.
– Tutéame, mujer, que no me como a nadie. ¿Nunca viste a alguien con quien tratara? ¿Nunca te habló de la gente a la que le compraba la droga?
– No, ya te lo estoy diciendo. Todo lo que decía era que era muy pura, que había que andar con cuidado con las cantidades, y que tenía buenos proveedores, así los llamaba. Pero nada más. Si alguien le preguntaba dónde pillaba, siempre decía que era un secreto, y que si quería, él le conseguía.
– De modo que traficaba.
– ¿Cómo?
– Que también vendía droga, Iván.
– A los colegas, sólo, que yo sepa.
– Pero dices que estaba siempre invitando. Tenía dinero, entonces.
– Supongo.
– ¿Y de dónde crees que lo sacaba?
– Me imagino que le cobraba a la gente un poco más de lo que le costaba a él. Y de lo que le daba su vieja. Su vieja es rica. Es hija de un rico en Alemania, creo que la familia tiene hasta castillos allí. Eso me dijo él.
Me apoyé en el respaldo de mi asiento. Chamorro captó la señal.
– Cuéntame algo más de vuestra relación -le pidió.
– ¿Nuestra relación? Pues eso, lo que ya te he dicho. Salíamos de vez en cuando de marcha, y bueno, el sexo. Pero sin compromiso.
– No os veíais regularmente.
Desirée me vigiló un instante de reojo. Pero luego se soltó:
– Verás, es que para mí el sexo es un juego. Yo no hago ni caso de todas esas tonterías de los curas y del Papa. Creo que el cuerpo es para disfrutarlo, con quien te dé la gana, ¿vale? Y que para eso no tienes por qué darle a ese alguien ningún derecho sobre tu vida. Yo voy a mi aire.
– ¿Te veías con otros?
– Pues claro.
– Y a él no le importaba.
– Y que le importara. Peor para él.
– ¿Dirías que para él también era un juego?
Desirée se rió.
– Fijo. A ver si te crees que él no andaba con otras. Y bien que se le daba.
Cuando hablaba de la cosa venérea, me resultaba francamente difícil conciliar su discurso con aquellos trémulos y carnosos labios de doncella de los que brotaba. Pero en mi condición de representante en la conversación de las generaciones veteranas, esto es, de aquellas condicionadas por una educación algo menos liberal que la que parecía haber recibido Desirée, creí que me correspondía a mí sacar el asunto que introduje seguidamente:
– El juego se fastidió cuando os pilló tu padre.
La alusión la tocó. No era tan dura. Pero se rehízo.
– Se puso más difícil, sí -reconoció-. Aunque no lo dejamos.
– Se lo tomó muy mal, tu padre.
– A ver, es mi padre -dijo-. Y es mayor. Tiene otra forma de ver la vida.
– ¿Qué te dijo, cuando se enteró?
Desirée bajó la cabeza.
– Menos que era una puta, que supongo que es lo que pensaba, todo. Que era una vergüenza, que no tenía cerebro, y que cómo iba con alguien tan mayor. Que tenía que juntarme con gente de mi edad, y no con asaltadores de cunas. Lo que le jodió más fue que nos lo hiciéramos en su casa, creo.
– De todos modos, un poco fuerte, la reacción -observé.
– Qué se le va a hacer. Cada uno es como es.
– Tampoco era tan grave, ¿no? Tenías casi dieciséis años, ahora los jóvenes maduráis antes, y a fin de cuentas Iván sólo tenía seis más.
– Eso es lo que pienso yo.
– Desirée.
Se volvió hacia mí, desprevenida.
– ¿Tú dirías que tu padre es un hombre violento?
– ¿Mi padre? -repitió, subrayando las palabras.
– Ajá. Tu padre.
– Puede tener otros defectos. Pero ése no. No recuerdo que nunca me haya puesto la mano encima. Ni a mí ni a mi hermano.
– Pero a Iván le amenazó. Y en público.
– Por el cabreo del momento -lo disculpó-. Y porque Iván se le puso gallito, todo hay que decirlo.
– Así que se puso gallito, Iván -dijo Chamorro.
– Sí. Tenía eso malo. Era un poco chulito, a veces.
La dejamos meditar durante unos segundos, mientras nosotros meditábamos también. Estábamos llegando al meollo de la charla, y quizá al meollo de aquella chica. Ésa es, posiblemente, la clave de un interrogatorio, por encima de los detalles concretos. Acabar sabiendo con quién te juegas los cuartos. Acabar sabiendo, en aquel caso, quién era Desirée Gómez, por debajo y más allá de su aspecto de barbie irresponsable y desvergonzada.
– Supongo que no van a molestarle más, a mi padre -dijo-. Ya le han hecho, o bueno, ya le he hecho bastante daño. Pero después del juicio ya no pueden volver a acusarle, ¿no? El jurado votó que era inocente.
– ¿Y qué piensas tú? -pregunté.
– Qué voy a pensar. Él no lo hizo, fijo. Alguien quiso hundirle.
– ¿Por qué pudo querer alguien eso?
– Y yo qué sé. Por la política, o por lo que fuera. Lo que me sienta fatal es que el pobre acabara metido en ese lío por mi culpa.
Le dolía sinceramente. Se retorcía las manos.
– No creo que fuera por tu culpa -dije-. La culpa será, en todo caso, del que lo organizó. Y el que lo organizó debió de ser el mismo que mató a Iván. Probablemente, uno de los que le vendían la droga. ¿De verdad que no te acuerdas de nadie, ni una cara, ni un comentario que hiciera Iván?
La chica volvió a menear la cabeza.
– De verdad que no me acuerdo de nada de eso, sargento. Si me acordara, se lo diría. No me iba a dar ningún miedo decirlo.
Las últimas palabras las pronunció con la cabeza alta, y con una luz de determinación incendiándole los hermosos ojos verdes. Me rendí a la evidencia. La creyera o no, tenía que resignarme a no sacar nada por ahí.
– ¿Cuándo fue la última vez que viste a Iván? -preguntó Chamorro.
– La última vez…
– Si lo recuerdas.
– Sí. Sí que me acuerdo. Muy bien. Por lo que luego salió en los periódicos, debió de ser el mismo día que lo mataron.
– ¿Dónde fue? ¿Qué te dijo?
– Fue en la plaza. No hablamos. Sólo lo vi pasar. Me saludó.
– ¿No hablasteis?
– Iba en la moto. Con una chica.
– ¿Qué hora podía ser? -pregunté.
– Pronto. Las cuatro y media o las cinco.
– ¿Recuerdas cómo era esa chica? ¿O llevaba casco?
Desirée arrugó la frente.
– No, no llevaba. Pero no la vi muy bien. Rubia, media melena. Más o menos de su edad. No estaba mal. Iván tenía buen gusto, yo qué voy a decir.
– ¿No la conocías?
Desirée pareció dudar un segundo, pero respondió, con firmeza:
– No.
– ¿Sería una turista, tal vez?
– Sería, no sé. Pasaron rápido, me saludó con la mano y desaparecieron.
– ¿Hacia dónde iban?
– Hacia la carretera.
– No has vuelto a verla, a esa chica -dedujo Chamorro.
– No.
– Y si la vieras, ¿la reconocerías?
– Puede. No estoy segura. Ya te digo que la vi muy poco.
Chamorro y yo nos observamos, alerta.
– ¿Creen que ella pudo ser la asesina? -preguntó Desirée.
Tardé en responderle.
– Nunca se sabe. Podría ser. Por qué no.
– Fíjate, nunca habría pensado que pudiera matarle una mujer -confesó, recobrando aquel candor que de pronto se mezclaba con su descaro.
Tampoco nosotros, hasta ese momento, habíamos pensado en la posibilidad de una asesina. Pero ahora, por remota o improbable que pudiera antojarse, nos tocaba pasar a considerarla. Una hipótesis más. No pude evitar pensar que en aquel asunto íbamos para atrás, como los cangrejos.