– No tengo ningún derecho sobre nada tuyo -insistí-. Sólo soy tu sargento.
– Bueno, esto ha venido a mezclarse. Quizá porque yo he sido un poco tonta. El caso es que ahora creo que tengo que decírtelo.
– Hablamos de Anglada -me atreví a deducir.
– Sí.
– No hace falta que me cuentes nada, de veras.
– Voy a contártelo. Por mí. Me descargaré de un peso. Quiero que sepas por qué no la trago, y por qué no puedo dejar de lamentar que hayamos coincidido con ella en esta investigación.
Noté que el pulso se me aceleraba. No podía impedirlo.
– Algo te dejé caer, si no recuerdo mal -dijo-. Me llevo a matar con ella desde la academia. Y el caso es que al principio congeniamos, ya ves.
Se detuvo, y a punto estuve de pedirle que no siguiera. Pero no lo hice.
– Nos tocó en la misma camareta -continuó-, y durante los primeros días tuve la sensación de que era con la que más tenía en común de todas. Pero en seguida empecé a notar que había ciertos aspectos en los que éramos muy diferentes. Demasiado diferentes como para estar a gusto con ella.
Volvió a hacer una pausa. Le costaba ordenar su relato.
– En fin, no voy a aburrirte con rodeos. Pronto descubrí que Ruth tenía una visión de la vida muy distinta de la mía. Cuando por la noche empezaron las confidencias, siempre estaba con lo mismo. Puede que yo sea poco natural para estas cosas, no te digo que no. Pero el caso es que no me siento cómoda escuchando a una tía que no hace más que contarte con todo lujo de detalles cuántos tíos se ha tirado y cómo lo hace para ponerlos a cien y cómo lo pasó con éste y cómo la tiene aquél. Lo mismo me da que sea verdad o que sea mentira. No es mi tema favorito de conversación.
En la oscuridad de la noche, no pude ver cómo se ruborizaba. Tampoco ella pudo ver cómo la sangre acudía a mi rostro, pero yo sí lo noté.
– Si la cosa hubiera quedado ahí -añadió-, bueno. No sería mi modelo en la vida, pero nada más. El problema vino cuando fue más allá.
Volvió a quedarse callada, buscando las palabras.
– Mira -dijo, un poco nerviosa-. Yo no veo nada malo en que haya tías a las que les gusta acostarse con tías, eso por delante. Pero a mí, personalmente, no me va ese rollo. Entiendo que alguien, si va por ahí, pruebe suerte contigo, antes de saberlo. Lo que no entiendo es que te den el coñazo cuando ya les has dejado claro que eso no es lo tuyo. Y lo que me pone negra es que encima te dé la sensación de que lo hacen porque les divierte.
Sentí cuánto le había costado; como a un cowboy arrancarse una flecha.
– Vale, Virginia -le dije-. No hace falta que me cuentes más.
– Quería que supieras que tengo razones. Que no soy una histérica.
– Lo sé.
– Creo que he sabido llevarlo, a pesar de todo. Y no me ha sido fácil.
– Ya me doy cuenta.
– Pero si tú no lo crees así, me vuelvo a Madrid y que venga otro.
La voz se le había quebrado un poco en la última frase. La miré de reojo y vi el brillo de las lágrimas que temblaban entre sus párpados. Me sentí idiota, por lo que hubiera podido agravar su malestar, e inútil, porque veía que ella pasaba por un momento delicado y no sabía ayudarla.
– Tú no te vas a ninguna parte -dije-. No mientras yo no me vaya.
– Lo digo en serio.
– Ya veremos cómo lidiamos la situación, no te preocupes.
Yo, sin embargo, sí que estaba preocupado. Con la mirada fija en la niebla que ahora me reflejaba el resplandor de los faros, por aquella carretera de pronto interminable, pensaba en la manera en que había contribuido a embrollar aún más algo que ya de por sí era un buen embrollo. Me acordaba de Ruth, la veía a la nueva luz que Chamorro me acababa de revelar, y no sabía qué demonios iba a hacer para manejarme en adelante. Ni siquiera podía aclarar cuáles eran mis propios sentimientos respecto de ella.
– Mira -hice un supremo esfuerzo por parecer firme-. Vamos a resumir lo que está claro. Tú y yo formamos un equipo, punto. El equipo no se rompe por un tercero, y menos por la actitud improcedente de ese tercero. Si en algún momento alguien se comporta como no debe, y tan pronto como yo lo sepa, contra quien tomaré medidas será contra ese alguien. Así que te ruego que me mantengas informado de todo lo que pase a este respecto.
– Hasta ahora no ha pasado nada -dijo-. Ya he procurado no darle ocasión. Bueno, si exceptuamos el numerito del otro día en la playa.
– Dejemos eso correr. Pongamos que cada uno se baña como quiere.
– Mejor será, sí.
– Y seamos prácticos. Cuanto antes resolvamos este asunto, antes nos quitaremos el problema. Vamos a concentrarnos en el trabajo.
– Está bien.
– Pero ante todo, que te quede clara una cosa.
– Qué.
– Que puedes contar siempre conmigo. Para lo que sea.
Chamorro asintió con lentitud.
– Gracias -murmuró, y la culpa me atenazó la garganta.
Por fortuna, terminamos de cruzar aquel maldito bosque, la niebla se disipó y unos cuantos kilómetros más adelante la carretera se volvió bastante más ancha y llevadera. Entre unas cosas y otras, cuando por fin me acosté en la cama del hostal, estaba derrengado. Me vino bien, porque lo que necesitaba era dormir, y no enredarme en estériles elucubraciones.
Dormí, pero no hasta la hora que había programado en mi teléfono móvil. Cuando sonó, a eso de las cinco y cuarto, supe en seguida que algo no iba bien. No era la melodía del despertador, sino el tono de llamada.
– ¿Vila? -oí que decía una voz masculina, cuando me puse el auricular en la oreja. Creí que era un sueño. Aquel hombre estaba llorando.
– Vila, ¿me oyes? Joder, Vila. Está muerta. La han matado. Joder…
No soñaba, no. Pero así, con esas palabras, empezó la pesadilla.
Capítulo 16 COMO SI NO ESTUVIERA MUERTA
Las horas que transcurrieron a partir de entonces, desde que supe por el teniente Guzmán que a Anglada la habían encontrado en las afueras de San Sebastián de la Gomera, con un balazo en el corazón, las recuerdo como un túnel mal iluminado, con un continuo zumbido de fondo que distorsionaba los ruidos exteriores y bloqueaba los esfuerzos de mi cerebro por hallarle una lógica a lo que estaba ocurriendo. Recuerdo, también, la reacción de Chamorro, cuando la desperté para darle la noticia. Primero se mostró incrédula, pero casi inmediatamente, tras comprender que no podía dejar de ser verdad, que ninguna otra posibilidad, más que la real y efectiva muerte de nuestra compañera, podía explicar que llamase de madrugada a su puerta para descargarle semejante mazazo, se hundió en una especie de pozo del que tardó mucho tiempo en salir. Apenas reunió fuerzas para musitar:
– No. La pobre…
He visto muchos muertos, y con todos ellos, de una manera o de otra, he acabado estableciendo una relación. A veces, de cierta intensidad. Me he hecho a convivir con ellos, y con la idea de que a toda la gente le llega el día en que es un fardo de carne tirado en el suelo del que otros han de ocuparse. He aprendido a bromear con esa idea, y a reírme cuando por Halloween, desde que se ha importado la celebración foránea, todos los de la unidad que no se dedican a homicidios nos felicitan a los enterradores y nos dicen que si no vamos a organizar un vino para festejarlo. Incluso, puestos a aprender, he aprendido a compartir los chistes de los forenses mientras perpetran la carnicería y el destrozo de una autopsia. Nada de eso, sin embargo, te prepara para ver morir a alguien que te importa; a alguien con quien has vivido. No me ha pasado muchas veces, pero cuando me sucede, como constaté que me estaba sucediendo aquella gris mañana de febrero, mientras íbamos hacia el aeropuerto de La Palma, siento lo mismo que cualquier otro. Que todo se me viene abajo, y que saboreo, a través de esa persona cercana, la muerte que quizá no seré capaz de saborear en mí mismo, cuando me toque.
Desde que tomamos tierra en Tenerife y pude volver a encenderlo, no paró de sonarme el teléfono. Llamaron todos los que podían llamarme. Guzmán, que se había trasladado a La Gomera en el primer barco de la mañana, me telefoneó varias veces, para coordinarnos. También mi comandante, desde Madrid, se unió al carnaval; por un lado, para encargarme que transmitiera su pesar a la gente de allí, y por otro, para pedirme una explicación que hube de reconocer que no podía proporcionarle. Otro tanto hizo el subdelegado del gobierno, con quien tuve que reproducir el penoso informe que le había dado a Pereira. El hombre se apiadó de mi menesterosa situación:
– Está bien, sargento -dijo-. Le dejo trabajar. Pero téngame al corriente, por favor. Quiero que sepa que estoy decidido a poner todos los medios, primero para apoyar a la familia, y luego para encarcelar al asesino.