– No, no lo descartemos. Azuara, cuando termines de recogerla, te vas a Tenerife cagando leches para cruzarla con la base de datos. Y llévate también los cabellos y encárgate de enviarlos al laboratorio en Madrid. Que te lo hagan tan deprisa como puedan. Si hace falta, les dices para qué es.
– Por otra parte -añadí-, me gustaría sentarme en algún momento contigo para tratar de ordenar lo que tenemos y decidir cómo seguimos.
Guzmán miró su reloj.
– Lo charlamos más adelante, si quieres. Yo tengo que estar ahora pendiente de otra cosa. Los padres de Ruth vienen de camino. Me gustaría recibirlos cuando aterricen en Tenerife. Y me temo que voy a tener que irme en el mismo barco que Azuara, si quiero llegar con tiempo suficiente.
– Ah, ya.
– Organiza tú el trabajo hoy. Morcillo se queda contigo. Hasta que haga falta. ¿Me oíste, Morcillo? Te encomiendo al sargento. Cuídalo.
– Lo haré, mi teniente -repuso Morcillo, con su flema habitual.
– Sugiero que estéis atentos a la autopsia -agregó Guzmán-. La forense me ha dicho antes que pensaba hacerla en seguida. Tiene no sé qué luego.
Me representé lo que sería la autopsia, y comprendí que deseaba estar tan lejos de ella como fuera posible. Pero tenía un deber que cumplir.
– Gracias por la información, mi teniente. Me temo que sí, que eso es lo primero. Ya pensaremos en otras cosas después.
En ese punto nos separamos, Azuara y Guzmán camino del puerto, Nava y Valbuena rumbo a la casa-cuartel, y Siso, Morcillo, Chamorro y yo, al depósito municipal, donde iba a practicarse la autopsia. Mientras nos llevaba hacia allí, Siso no pudo reprimir por más tiempo la emoción.
– Me cago en la puta, no hay derecho, mi sargento -sollozó.
– Tranquilo -le puse una mano en el hombro-. Tenemos que aguantar.
– Me acuerdo de todas las horas que he pasado con ella -dijo-. Siempre estaba de coña, no recuerdo haber ido nunca de patrulla con alguien más cachondo, ni más inteligente, ni que tuviera tantas cosas dentro.
– Sin conocerla mucho, sé que era así -dije.
– Y ahora ya no es nada.
– Bueno, no sabemos. Algo es, si tú la recuerdas.
– Que si me voy a acordar de ella. Era una tía de puta madre, mi sargento. Este mundo es una mierda, cuando ella está muerta y tantos hijos de puta se pasean por ahí y se hacen viejos sin que nadie los moleste.
– Qué le vamos a hacer, compañero.
– No hace falta que se lo diga. Si lo coge, al que lo haya hecho, no me deje estar cerca en ningún momento. Porque le muerdo los sesos. Y me importa tres cojones que me manden a la cárcel veinte años.
– Cálmate. Lo vamos a coger. Y no vas a hacer nada de eso. Los veinte años se los va a comer él, y le darán para lamentarlo.
– No sé cómo puede verlo así de frío, mi sargento. Yo…
– No lo veo así de frío, Siso. Me estoy conteniendo para no pegarle un cabezazo a la ventanilla. Pero perdería tiempo limpiándome luego la sangre. Así que mejor centrarse y ponernos a lo que nos tenemos que poner.
Morcillo y Chamorro, en el asiento trasero, guardaban silencio. A partir de ese momento, Siso y yo dimos en imitarlas. Ninguno de los cuatro despegó los labios hasta que llegamos ante la fachada del depósito.
Fue triste incluso eso, el lugar donde se lo hicieron. Ya sé que la idea de una sala de autopsias, y cualquier género de alegría, vienen a ser extremos incompatibles. Y también conocía unas pocas de las instalaciones de esas características que salpican la geografía nacional, algunas de una desnudez y precariedad bastante acongojante. Pero ninguna me había producido la siniestra desazón que apenas me acerqué al umbral me produjo aquélla. La forense, ya vestida para faenar, nos saludó y no dejó de invitarnos:
– Si quieren asistir, voy a empezar ya.
Morcillo y Chamorro me miraron. Notaron que dudaba.
– Yo, si no es imprescindible, espero aquí -dijo Morcillo.
Si tienes oportunidad, y esta vez se nos ofrecía, es mejor ver todo lo que puedas de primera mano. Así lo creía yo, al menos, y Chamorro sabía por reiterada experiencia práctica que tal era mi opinión. Me había visto saltarme muy pocas autopsias de las que había tenido ocasión de presenciar. Pero tuve que admitir que no estaba en condiciones. Era embarazoso reconocerlo delante de todos. No me quedaba, sin embargo, otra opción.
– Chamorro -le dije-. Creo que yo no puedo. Y ya sé que así es un poco feo que te lo pida. Pero, ¿me harías el favor de pasar tú?
No sé qué pensaron la forense y Morcillo. Probablemente, que no tenía estómago y que además mi conducta rebelaba una desconcertante indelicadeza hacia mi subordinada. Las dos eran mujeres prácticas, expeditivas y bregadas, al menos en aquellos menesteres, y debieron de interpretar que estaban viviendo un aleccionador episodio de debilidad masculina. Pero no era nada de lo que ellas pudieran pensar lo que a mí me importaba. Lo que me preocupaba era lo que pudiera estar imaginando Chamorro, que me conocía como ellas dos no podían hacerlo, que sabía positivamente hasta dónde llegaba o dejaba de llegar mi estómago, mi delicadeza y, puestos a agotarlo todo, también tenía pistas para delimitar el territorio de mi debilidad. Me observó, sabiéndose a su vez observada, y no puedo decir si adivinó o no lo que había debajo de mi flaqueza. Nunca me dijo nada que me permitiera inferirlo. Nunca me será posible dejar de sospechar que algo se olió.
– Está bien. Paso yo -dijo.
Tampoco debió de ser un plato de gusto para ella. Pero si pude pedírselo, fue porque sabía que era capaz de encajarlo. Que entraría allí, y mientras la forense maniobraba, no dejaría de atender a cuanto hubiera de anotar. Y sobre todo, que lo haría sin dejarse entorpecer por lo que aquella mujer que estaba tendida en la mesa había sido para ella mientras estaba viva.
Cuando todo acabó, la forense salió la primera.
– Ya le dirá su compañera y les pasaré el informe, pero poca cosa, aparte de lo obvio. Si me disculpan, ya llego tarde a otro sitio.
Chamorro vino un poco después, sin prisa, sacándose con gesto ausente los guantes. En sus ojos se notaba el cansancio, un resto de horror.
– Apenas unas magulladuras en los hombros -informó-. Como si alguien la hubiera sujetado por ahí un poco fuerte, nada de golpes. Y el balazo. Muy cerca, a cañón tocante. La bala, confirmado, del calibre de su pistola, aproximadamente. Dudo que sea otra que la que recogimos.
– ¿Nada más?
– Nada más. El resto, intacto. Tersa como si no estuviera muerta.
Aún hoy me sorprende aquella póstuma ternura de Chamorro hacia Ruth. Me pareció, de pronto, que la muerte las había hermanado. Eso bueno tiene, al menos. Que nos muestra lo fútiles que son nuestras diferencias.
Capítulo 17 EL REY DEL MAMBO
La muerte, en sí misma, no existe. Por eso es un desperdicio estúpido temerla. Lo atroz de la muerte, lo que debería infundirnos miedo, son los recovecos de la vida a los que impone su estigma. Lo verdaderamente temible es aquello que la muerte no se lleva; los vestigios que quedan ahí para recordarnos, hasta el fin de nuestra memoria (todo el tiempo que ante nosotros se extiende), que aquel que murió estuvo con nosotros y ya no está.
La situación más terrible que viví con ocasión de la muerte de Ruth vino desprovista de toda solemnidad y de cualquier truculencia. Más espantoso que ver su pecho taladrado por la bala, más desgarrador que imaginarla agredida por los bisturíes y las sierras de la forense, fue el instante en que junto a su padre, el brigada Anglada, y su madre, que estaba y a la vez no estaba allí, entré en la habitación que ella había ocupado en el parador y descubrí todo aquello: su ropa en las perchas, su neceser en el baño, sus zapatillas en el suelo, su camiseta naranja sobre la cama que habíamos compartido. Mil veces más desolador que cualquier otra imagen que hubiera registrado mi retina en las horas precedentes, fue ver luego a aquella mujer recoger en silencio las cosas, mientras el padre lloraba y se limpiaba las lágrimas, también en silencio. Pero lo que hizo que me doliera el alma hasta resultarme intolerable fue oír al brigada decirme, apenas unos minutos después:
– Sólo tenía esta hija, sargento. No siempre la entendí, pero no era mala. Sé que no hace falta que te lo pida, pero te lo pido. Encuéntralo.
Ni una sola palabra de reproche brotó de sus labios. Ni una mirada que no fuera la limpia mirada de un animal herido salió de sus ojos pertinaces. Y cuando nos separamos y me dio la mano, en sus dedos había la fuerza y el calor de quien quiere sentirse contigo y que te sientas con él.
Hubo naturalmente un funeral oficial, con todos los requisitos. El ataúd con la bandera, el subdelegado del gobierno, jefes, periodistas, un sacerdote prometiendo la resurrección y la vida a los creyentes y tratando de animar a los que se quedaban, o mejor dicho, nos quedábamos sin Ruth. Asistí, y cargué el féretro a la entrada y a la salida del templo, aunque no tenía uniforme y desentonaba con Guzmán, Azuara, Nava y los demás compañeros que allí estaban tratando de contener el llanto que una y otra vez se les venía a los ojos. Luego la subimos a un coche que la llevaría al aeropuerto, donde embarcaría junto a los padres en un avión rumbo a Valencia. Del acto fúnebre no hay mucho más que contar. Los periodistas se marcharon, los jefes también, y el cura fue a quitarse sus adornos y a continuar con la rutina diaria. El subdelegado del gobierno, en su honor debo decirlo, no quiso irse sin saludar al personal de infantería. Se acercó a donde estábamos los que habíamos cargado el cajón en el coche y nos dio la mano a todos. A Guzmán y a mí nos llevó luego a un aparte. Con aire confidencial, nos comunicó: