Drake se miró. En un espejo vio un marsupial afligido, un canguro con sobrepeso de panza bamboleante y alargado morro de camello. Las orejas, demasiado grandes, sobresalían para conseguir darle una expresión de perpetua sorpresa. Sacó la lengua. La cara del espejo extendió un apéndice negro de al menos treinta centímetros de largo. Parpadeó. Los oscuros ojos líquidos pestañearon a su vez, protegidos por una membrana interior transparente y unos párpados de pestañas lo bastante largas y espesas como para ser la envidia de cualquier reina del glamour.
Ana estaba dejando que la envolviera su propio simbionte.
—Ahora podemos salir —dijo, mientras su nuevo cuerpo parecía inflarse ante la mirada de Drake—. Sígueme.
Hasta el infierno, si tú me lo pides. Pero eso ya lo había hecho. Drake oyó un siseo cuando bajó la presión de la cabina de la nave. Se abrió la escotilla. No hizo nada, pero su enorme panza empezó a contraerse y expandirse a su propio ritmo. Vio que la barriga de Ana hacía lo mismo.
—Si decidieras vivir aquí —dijo Ana, con voz media octava más alta de lo normal—, no tendrías que elegir entre vivir en la superficie, donde no hay tanto oxígeno, o en las cavernas subterráneas, donde sí lo hay. Te limitarías a dejar que tu simbiotraje se ocupara de eso y cubriera tus necesidades. Los habitantes de la superficie de Marte nunca se separan de sus simbiotrajes. Comen, beben, duermen y mueren con ellos…, aun cuando bajan a las cavernas.
Drake entendió por qué cuando salieron de la nave y empezaron a recorrer la resquebrajada planicie del exterior. No tenía la impresión, en absoluto, de llevar un traje puesto. El simbionte era su propio cuerpo. Simplemente resultaba ser un nuevo cuerpo capaz de soportar el frío extremo y subsistir con menos de una cuarta parte del oxígeno que requeriría un humano.
—Comer, beber, dormir y morir. ¿También hacer el amor?
—¿Te imaginas a algún ser humano viviendo durante años en un entorno donde no pudieran hacer el amor? ¿Ves ese grupo de allí? —Ana estaba señalando el horizonte—. Ve a preguntarles.
Había aparecido media docena de personas/simbiontes. Se movían como verdaderos canguros, dando saltos de quince metros en la baja gravedad de Marte.
Drake los vio agitar los brazos y señalar, invitándolos a Ana y a él a una estructura abierta junto a un conjunto de rocas.
—Vale —dijo él—. Charlemos un rato.
Sentía curiosidad por saber cómo era la vida en la superficie de Marte, pero no quería interrogarlos sobre cómo se hacía el amor con un simbiotraje. Estaba más que capacitado para llevar a cabo sus propios experimentos a ese respecto.
El cambio se produjo su segundo día en Marte. Ana se volvió de repente reservada y distante. Drake no sabía a qué se debía aquello —¿algo que él había dicho o hecho?— y ella no se sentía con ganas de hablar.
Eso nunca había ocurrido en el pasado. No es que nunca discutieran. Pero tenían una norma para esos casos. En palabras de Ana: «No acostarse nunca enfadados. Aguantar despiertos y plantar cara».
Cuando los sentimientos de uno resultaban heridos, el otro siempre se percataba. Se sentaban y hablaban, discutían cuanto fuera necesario y sacaban a la luz todas las ofensas o contrariedades. Una vez expuesta la llaga, el otro podía curarla mejor.
Pero Ana se negaba a hacerlo.
—No es nada —se limitaba a decir, cuando era evidente que sí lo era.
El vuelo de regreso a Plutón, surcando el espacio hasta donde el Servidor de Drake aguardaba pacientemente —o impacientemente, quizá— su vuelta, fue silencioso e insatisfactorio. De acuerdo con Ana, el viaje había sido un éxito rotundo. Si alguna vez llegó a producirse algún impacto temporal, ya era cosa del pasado.
Pero, si había sido un éxito, ¿por qué estaba tan distante?
Lo descubrió la última mañana de vuelo, minutos antes de disponerse a aterrizar en la estación de Caronte. Ana se había mostrado considerablemente más animada en las últimas veinticuatro horas. Drake supuso que el problema, cualquiera que fuese, se había arreglado. Al bajar la guardia, el golpe fue mucho más difícil de encajar.
—¿A qué te refieres con nuestros últimos días juntos? —Drake estaba observando el acercamiento automático de la nave a Caronte, cuando la queda afirmación de Ana despertó sus sentidos.
¿Había oído bien? ¿De veras había dicho, «Ojalá hubiéramos podido aprovechar más nuestros últimos días juntos»?
—Pensaba que nos podríamos quedar aquí en el sistema exterior todo el tiempo que quisiéramos.
—Tú sí. —Ana se puso a su lado—. Pero yo no. Tengo promesas que cumplir. Las personas que van a Rigel Calorans me esperan, pero no esperarán eternamente. Tengo que ir a reunirme con ellas.
—Pero ¿qué pasa con nosotros? —Cuando Ana meneó la cabeza, continuó—. Mira, entiendo que te hayas comprometido con ellos, lo entiendo perfectamente. No quiero que faltes a tu palabra. Pero no hay nada que me ate al sistema solar… tan solo tú. Iré contigo, me uniré a tu grupo.
—No, Drake, no es tan sencillo. —Le tomó de la mano—. Me gustas mucho, y nunca olvidaré que te debo la vida. Pero no puedes quedarte conmigo. Permite que te sea sincera, aun a riesgo de parecer grosera: no quiero que te quedes conmigo. No te quiero como quieres tú a tu Ana.
—No te creo. Todo lo que nos hemos dicho, todo lo que hemos hecho…
—Todo lo que tú has dicho. Como amantes somos buenos y cariñosos el uno con el otro, físicamente encajamos a la perfección, no lo niego.
—Entonces, ¿dónde está el problema? Ana, podemos arreglar esto hablando, siempre lo hemos hecho.
—Ese es el problema, precisamente. No soy Ana… tu Ana. Soy yo. Tú y yo nunca hemos arreglado nada hablando. Piénsalo y verás que digo la verdad. —Le soltó la mano y se apartó—. Drake, todo esto es culpa mía. No tendría que haberte revivido. Te veo cuando me miras y sé que estás viendo a otra persona.
—No quiero a otra persona. Te quiero a ti.
—No. Estás ciego. Quieres lo que ves, lo que crees que soy. Ana y tú compartisteis tantas cosas. Yo no tengo esa experiencia, pero tú ni siquiera te das cuenta de su ausencia. Deja que te dé un ejemplo. Supusiste que yo sabría por qué llamas Milton a tu Servidor, de modo que no te molestaste en explicármelo. Pero el caso es que no lo sé.
—«Aquellos que esperan parados sirven a su vez». Lo escribió John Milton, un poeta del pasado. Fue una especie de broma cuando le puse ese nombre, porque el Servidor…
—Drake, no lo sé y no quiero saberlo. Quiero irme, ahora mismo.
—No te puedes ir. ¿Qué voy a hacer sin ti?
—Volverás a ser el que eras antes de que yo apareciera para complicarte la vida: fuerte, decidido y valiente. —Se acercó a él, vaciló, y por fin le besó rápidamente en los labios mientras se abría la escotilla—. No es solo eso, Drake. Pensé que lo habrías deducido, pero al parecer no es así. Quise decírtelo una vez, pero me interrumpiste como si no quisieras hablar de ello.
Drake se giró. Melissa Bierly estaba de pie en la puerta. Sus brillantes ojos de zafiro sonreían en ademán de bienvenida. En su rostro había un resplandor y una serenidad que Drake no había visto nunca antes. En ese momento, Ana cruzó corriendo la distancia que las separaba y las dos mujeres se abrazaron apasionadamente.
—Hola, Drake Merlin. —Melissa habló en voz baja, casi con timidez—. Me alegra volver a verte.
—¿Tú…? ¿Y Ana…?
—Somos compañeras. Pareja de por vida. Vamos a ir juntas a Rigel Calorans. —Melissa, con la mano de Ana cogida aún entre las suyas, se acercó a él—. Te debemos mucho.
—Todo —añadió Ana—. Gracias a ti nos conocimos Melissa y yo. No estabas aquí, Drake, pero fuiste tú el que nos unió. La busqué porque te conocía.