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—Ya sé lo que son catorce millones de años. —Drake se rió, un ladrido sin gracia de incredulidad, mientras intentaba asimilar esa cantidad de tiempo. Al principio, en su inocencia, se había imaginado que permanecería congelado mil años. Entonces le pareció un intervalo inmenso.

Era un intervalo inmenso, un período de tiempo lo bastante largo como para que surgieran y desaparecieran civilizaciones, para que las ciudades y las dinastías se alzaran y desmoronaran. Roma había resistido y reinado mil años. Hubo un tiempo en que eso se consideraba un modelo de estabilidad humana. Pero mientras dormía, podrían haber aparecido catorce mil imperios romanos, uno detrás de otro. Cien mil Césares, suficientes para llenar un estadio de fútbol, podrían haber conquistado, gobernado y sido derrocados. Catorce mil Gibbons podrían haber escrito las crónicas de su auge y su cruenta caída.

—A lo mejor tienes razón —dijo Drake—. No sé lo que son catorce millones de años. Y supongo que estoy equivocado. No soy inmune a la conmoción temporal. Estoy en shock temporal. Dame un par de minutos, Milton.

—Todo el tiempo que usted necesite. —El Servidor retrocedió rodando unos metros y el hombre de melena rubia que estaba sentado en el sillón tomó el relevo.

—Deducimos que se refiere a minutos subjetivos. Una de las ventajas de la interfaz superconductora es la velocidad. Este encuentro está teniendo lugar con una tasa de tiempo subjetivo equivalente a menos de una milésima parte del tiempo real…

—Necesito saberlo —interrumpió Drake—. Tengo que saber qué ha sido del sistema solar…, por qué me habéis despertado…, si se ha avanzado en la solución del problema de Ana. —Se le ocurrió una idea emocionante—. ¿Sería posible enlazar con su cerebro, como habéis hecho con el mío?

—Por desgracia, no. Establecimos contacto con el residuo, hace tiempo. Hay muchas células cerebrales intactas, como podrá imaginarse. Pero la conectividad, el conjunto que hace posible el concepto de mente, ha sido destruida.

—Dejadme intentarlo a mí. —Drake descubrió que estaba temblando de ansiedad—. La conozco mejor que nadie. Ponedme en contacto con ella, dejad que haga mi propia evaluación.

—Consideramos que eso sería sumamente contraproducente. —El rostro de Ariel era tranquilo pero compasivo—. Contraproducente para usted. Como lo sería exponerle, de inmediato, a la humanidad tal y como existe hoy día. Es preciso un período de aclimatación. Su fuerza y su robustez mental son excepcionales desde cualquier punto de vista, pero no queremos forzar sus límites. Nos temíamos que pudiera refugiarse en la locura nada más ser contactado. No lo ha hecho. Pero encontrarse con el lastimoso y turbio remedo de mente que se aloja ahora en el cuerpo de Anastasia sometería su cordura a una prueba insuperable.

—Pero, ¿no ha habido ningún avance? Si su cerebro original no se puede reparar…

—Llegaremos a la cuestión de los avances científicos a su debido tiempo. Por ahora, consideramos que lo mejor será que empiece por algo conocido. Su Servidor le enseñará el sistema solar. Después tendremos tiempo de hablar de nuevo.

—No quiero un estúpido tour por el sistema solar. La última vez, eso sólo hizo que me sintiera peor. Me interesan las personas, no los planetas. Quiero saber qué cambios de los que se hayan producido en los últimos catorce millones de años pueden afectar al regreso de Ana.

Drake se inclinó hacia delante, preparado para discutir. No tuvo ocasión. Con un último aleteo de su mano, Ariel desapareció; al mismo tiempo, Drake apareció a bordo de una nave.

Aunque el cuerpo congelado de Drake seguía en la criomatriz, la ilusión de haber sido reanimado era casi perfecta. Milton y él parecían estar viajando juntos de verdad en una nave real, con su movimiento y avance constreñido por las leyes de la dinámica y la geometría del sistema solar. Experimentó hambre y cansancio auténticos. Tras dieciocho o veinte horas de vigilia subjetiva, empezaría a bostezar y sentiría la necesidad de dormir.

Era el nuevo sistema solar lo que parecía irreal.

Habían empezado cerca del Sol, donde la conocida y firme baliza ofrecía constancia y solaz. Un puñado de millones de años no era nada para el ciclo vital de una estrella de Clase G. Había asistido al nacimiento de Drake y, seguramente, contemplaría inalterado su muerte definitiva, cuando quiera que esta se produjera.

Pero, al contrario que su nacimiento, su muerte definitiva no tendría lugar en la Tierra. Drake había mirado por las ventanillas de la nave, impasible, mientras pasaban veloces junto al rescoldo candente de Mercurio y el mundo jardín de Venus, con su atmósfera azul y blanca, sus plácidos océanos y sus continentes esculpidos. La transformación del segundo planeta podría haber parecido algo asombroso y maravilloso en la época de Drake, pero ya se preveía en tiempos de Par Leon; la transformación estaba en una fase avanzada la última vez que resucitó.

Su interés se concentró en la Tierra mucho antes de que llegaran allí. El cambio medioambiental casi fatídico cuyas consecuencias había presenciado durante su última visita había durado varias decenas de miles de años, pero eso no era más que una irregularidad pasajera en el largo historial de la Tierra. Ana le había asegurado que se habían efectuado correcciones. Estaba convencida de que nunca volvería a cometerse un error parecido.

Así que, ¿qué habría sido de su planeta natal después de tantos millones de años de población y desarrollo?

Mientras se acercaban, Drake miraba una y otra vez. Algo iba mal pero ¿de qué se trataba?

El doblete formado por la Tierra y la Luna aumentaba de tamaño en los monitores de la nave. Las proporciones eran las adecuadas, el disco de la Tierra ocupaba más de diez veces la superficie de su satélite; pero los colores eran extraños. El mundo de menor tamaño era de un rojo chillón con manchas amarillas. El más grande, en lugar de presentar el familiar gris azulado de la Tierra, brillaba con un blanco monótono y moteado que resultaba irritantemente provocativo y conocido.

Se fijó en ese orbe pálido. El cambio de perspectiva tuvo lugar en su cabeza.

—¡El grande de ahí es la Luna, las marcas han cambiado pero ese es su color! Pero, entonces, ¿dónde está la Tierra? A menos que haya cambiado hasta parecerse a la Luna, y esta… Milton, sé que esto es una simulación. ¿Representa la realidad o la estás manipulando?

El Servidor estaba a su lado. Había dicho poco desde el inicio del viaje, pero ahora la respuesta fue inmediata.

—No es una simulación ortodoxa. Se trata de una representación. Lo que significa que, aunque todo nuestro viaje tiene lugar en la realidad derivada, lo que ve usted coincide exactamente con el sistema solar físico, tal y como existe hoy día.

—¿Qué le ha pasado a la Tierra?

—Es más sencillo explicar el porqué que el qué. Como ya le hemos dicho, durante su criosueño la humanidad ha cambiado de dirección en tres ocasiones. En dos de ellas, la tecnología fue ignorada. En la tercera, dio un salto que ni siquiera ahora somos capaces de comprender. El centro de esa nueva tecnología fue la Tierra. Un buen día, sin previo aviso, la Tierra se redujo a una fracción de su antiguo tamaño. Su superficie se cerró. Su masa permaneció inalterada.

—¿Encogió estando habitada todavía?

—Correcto.

Drake observó horrorizado el mermado orbe manchado de rojo y amarillo.

—¿De modo que todos y todo cuanto había en la Tierra fue destruido?

—Pensamos que no. Creemos que de algún modo ha sobrevivido todo cuanto había en la Tierra. El espacio interior se ha plegado, y creemos que en el interior no se produjo ningún encogimiento. No tenemos pruebas fehacientes de esto, puesto que incluso después de un millón de años terrestres, nadie ha conseguido penetrar la esfera que está usted viendo. Emite su propia radiación, pero es impermeable a todo elemento externo. A veces se aprecian cambios, en ocasiones se producen lo que parecen tormentas eléctricas a escala global. La teoría más extendida es que la esfera es mantenida constantemente por una sola entidad que la ocupa, una supermente, combinación de inteligencia orgánica e inorgánica.